Venganza infantil: Cuando la travesura vence al descaro… ¡y a la caca ajena!
Hay historias que solo pueden pasar en verano, cuando los niños tienen tiempo, imaginación y una paciencia que raya en la obsesión. Y si eres de los que crecieron en los 90, seguro recuerdas esas tardes eternas donde cualquier pequeña injusticia del barrio podía desatar la más ingeniosa de las venganzas. Hoy te traigo una de esas historias: la de dos hermanas, una vecina astuta y, por supuesto, una muy desafortunada caca de perro.
La caca misteriosa y la vecina del terror
Todo comenzó con un misterio digno de Sherlock Holmes versión infantil: durante casi cuatro meses, cada semana aparecía una nueva caca de perro en el jardín delantero de la familia. Lo curioso era que sus propios perros tenían todo un patio trasero para hacer sus necesidades, así que el culpable solo podía ser un perro ajeno. Los vecinos que paseaban a sus lomitos por la cuadra siempre recogían, como buenos ciudadanos. Pero el enigma persistía… hasta que un día, por fin, las piezas encajaron.
En una de esas salidas familiares que solo recuerdas por el drama y no por el destino, las niñas y su papá vieron en acción a la responsable: la abuelita de la esquina, dueña de un perro mezcla de chihuahua y salchicha, dejó que su mascota hiciera lo suyo en medio del césped... y ni se inmutó ante el comentario sarcástico del papá sobre recoger el “regalito”. Como buena vecina que vive al límite del fraccionamiento (y de la decencia), parecía que prefería ensuciar el jardín ajeno antes que arriesgarse a una multa de la asociación de vecinos.
La gota que derramó el vaso… o el zapato
La paciencia tiene un límite, y para una de las niñas, ese límite se cruzó el día que pisó una de esas cacas fresquitas y la embarró por todo el asiento trasero del sedán de su mamá. ¿Quién no ha sentido esa desesperación (y asco) que solo provoca un zapato apestado? Para muchos adultos, este sería un momento para respirar hondo y dejarlo pasar, pero para dos niñas de 8 y 11 años, era hora de hacer justicia… al puro estilo de las caricaturas.
Aunque el papá prometió ir a reclamar, las pequeñas sabían que, como muchos papás latinos, a veces “puro pico y no hace nada”. Así que pusieron manos a la obra. ¿Qué niño no ha vigilado la ventana como un pequeño guardia de seguridad, esperando el momento perfecto para actuar? Así, con sigilo y astucia, esperaron a la vecina y, cuando la oportunidad se presentó, recogieron la caca aún calientita y tramaron su legendaria venganza.
Venganza creativa: “Se le cayó esto, vecina”
Aquí es donde la historia alcanza nivel de leyenda urbana. Nada de bolsas de papel ni fuegos artificiales como en las películas gringas (además, ni sabían usar encendedores y no había bolsas a la mano). La solución fue más sencilla y, por lo tanto, más efectiva: con una palita de jardinería de su mamá y un pulso de cirujano, caminaron hasta la casa de la vecina y depositaron el “regalito” directamente en el tapete de la puerta. Para darle el toque final, escribieron una nota en crayones (como solo haría un niño): “Se le cayó esto”.
Por si fuera poco, aplicaron la famosa técnica del “toca y corre”, ese clásico latino de la infancia, y se escondieron tras unos arbustos para ver el desenlace. Y aquí viene el giro inesperado: no fue la vecina quien abrió la puerta, sino su esposo… ¡y descalzo! El pobre hombre, indignado, pisó la caca y salió a gritar, mientras las niñas corrían a su casa a fingir inocencia.
Justicia vecinal y moralejas del barrio
Lo más sabroso de esta historia es cómo la comunidad reaccionó: en los comentarios de la publicación original, muchos celebraron la creatividad de las niñas y el “toque artístico” de la nota. Un usuario comentó, adaptando la frase: “No esperaba ese comportamiento de dos niñas pequeñas”. Otro, con ese humor picante que tanto nos gusta, respondió: “Bueno, yo tampoco esperaba ese descaro de una señora adulta, así que todos aprendimos algo hoy”.
Algunos lectores confesaron que esperaban soluciones más explosivas, como lanzar la caca con una catapulta (¿quién no tuvo un primo travieso que haría eso?). Pero la mayoría coincidió en que la simpleza del acto fue lo que la hizo memorable. Incluso la autora original admitió entre risas que si hubiera habido celulares con cámara en esa época, el video del operativo sería viral.
¿Y la moraleja? Desde ese día, la vecina dejó de pasear a su perro por esa casa. La justicia, aunque pequeña y olorosa, triunfó.
La historia nos deja claro que a veces, los problemas del barrio se resuelven con ingenio, un poco de desparpajo y mucha solidaridad infantil. ¿Alguna vez tuviste que tomar cartas en el asunto con un vecino incómodo? Cuéntanos tu historia en los comentarios y comparte este relato con ese amigo que seguro haría lo mismo. ¡Porque en cada cuadra hay una anécdota esperando convertirse en leyenda!
Publicación Original en Reddit: A Dog, A Poo, and a Ding Dong Ditch