Venganza al estilo hawaiano: Cuando tu jefe entrometido se queda sin resort ni clase ejecutiva
¿Quién no ha tenido ese compañero o jefe metiche que se mete donde no lo llaman? Todos, en algún momento de la vida laboral, hemos tenido un “Tom” en la oficina: ese que presume de todo, se adueña de tus ideas y encima espera que le aplaudas. Hoy te traigo una historia de venganza, de esas pequeñitas pero sabrosas, que sucedió nada menos que en un resort de Hawái y que está haciendo reír (y debatir) a miles en internet.
Prepárate para conocer cómo un empleado, cansado de las actitudes de su supervisor, le dio una cucharada de su propio chocolate… ¡y todo sin levantar sospechas! Si alguna vez te has sentido tentado a ponerle un poco de picante a la rutina de oficina, esta historia te inspirará.
El jefe metiche y el viaje soñado
Imagina que llevas años trabajando en una empresa. Has pagado derecho de piso, tienes tus rutinas y hasta un viaje anual a una conferencia en Hawái que te ganas a pulso. Todo marcha bien, hasta que llega Tom, el nuevo supervisor. No eres su subordinado, pero el tipo tiene la manía de husmear en los papeles de todos, hacer copias de tus informes y repartirlos como si fueran suyos. Encima, se la pasa presumiendo los logros de sus “chicos” y haciendo ruido de cada cosa que hace.
Como suele pasar en muchas oficinas latinoamericanas, el verdadero problema no es compartir la información, sino la forma: la falta de respeto y la viveza a escondidas. “No era por el trabajo, era por lo sneaky”, como se dice en inglés, pero aquí le diremos “manoseo de escritorio”.
La conferencia en Hawái era el premio dorado de la oficina. Solo dos podían ir, y los lugares en el resort de Waikiki se acababan rápido. Nuestro protagonista y su amigo Bert ya eran fijos en ese viaje. Pero Tom vio la autorización de viaje sobre el escritorio, se apuntó para ir, movió sus influencias y, por jerarquía, desplazó a uno. Al final, por pura suerte de volado, nuestro protagonista ganó su lugar.
Vuela alto… pero no tanto
Aquí es donde la historia se pone sabrosa. Resulta que por la distancia, la empresa autorizaba el viaje en clase ejecutiva. Pero nuestro protagonista, que no quería tener a Tom dándole lata todo el vuelo, usó sus millas acumuladas para subirse a primera clase. Nada mal, ¿no? Mientras tanto, Tom se la pasaba en la oficina presumiendo que iba a viajar en “Business” y quedarse en el resort, como si fuera el rey del mambo.
Pero el remate vino cuando, siguiendo la vieja costumbre de confirmar la reservación (algo que en Latinoamérica muchos aprendimos a la mala), el protagonista descubre que ya no hay lugares en clase ejecutiva, solo turista. Haciendo gala de esa picardía latinoamericana, llama anónimamente y cambia la reservación de Tom para el lunes, y cancela su habitación en el hotel. Como bien apuntó un usuario en Reddit, en los noventa y principios de los 2000 era facilísimo hacer estos cambios con solo el nombre y el número de vuelo. Nada de contraseñas, ni verificación en dos pasos. “Antes uno hacía travesuras con un par de llamadas”, comentó nostálgicamente un lector, a lo que otro agregó: “Hoy todo es clave, token y autenticación… ¡qué tiempos aquellos!”
Tom, por supuesto, llega el domingo al aeropuerto y solo encuentra asiento en turista, en medio de una fila de cinco. Imagínate a tu jefe presumiendo el viaje y terminando apretujado, mientras tú disfrutas de la copa en primera clase. Como dijo un usuario: “Para ese tipo de personalidad, le arruinaste el viaje por completo. Bien hecho.”
El resort, la cereza del pastel y la “maldición del metiche”
Llegan a Hawái, y en el hotel, la bomba: la reservación de Tom no existe. El resort está lleno. Lo mandan a un motel a diez minutos caminando, mientras el protagonista disfruta su suite con balcón y vista al mar. Tom, furioso, llama para pedirle compartir habitación, y recibe un educado “solo tengo una cama”.
En las sesiones del congreso, Tom no tenía más remedio que seguir al protagonista como sombra. Hasta lo invitaron a cenar por lástima… y seguro la comida le supo a poco. De regreso, cada quien en su clase, sin más que discutir.
Lo divertido es que Tom jamás se enteró de lo que realmente pasó. “Lo más bonito es que seguro va a culpar a la aerolínea de por vida, sin darse cuenta de que fue su propio ego el que lo metió en ese lío”, opinó un usuario, y no puedo estar más de acuerdo. Es la clásica moraleja: “El que a hierro mata, a hierro muere.”
¿Venganza justa o exceso de creatividad?
No faltaron quienes opinaron que fue demasiado lejos. Algunos dijeron que la venganza afectó también al personal del hotel y de la aerolínea, que no tenían vela en el entierro. Otros aplaudieron la jugada y sugirieron: “La próxima, deja papeles falsos en el escritorio para que el metiche caiga en su propia trampa”. ¡Eso sí es creatividad de oficina!
En las empresas latinoamericanas, lidiar con el “jefe metiche” es casi un deporte nacional. Pero ojo, como bien dijo otro lector: “Hazlo, pero hazte responsable. Nada de decir ‘tú me obligaste’.” Al final, todos recordamos que lo importante es no perder el toque humano, aunque a veces la tentación de la venganza, por pequeña que sea, es irresistible.
¿Y tú, qué hubieras hecho?
Esta historia nos deja una reflexión sobre el poder de la astucia y la importancia de no dejarse pisotear… pero sin perder el sentido del humor. ¿Alguna vez tuviste un “Tom” en tu trabajo? ¿Te animarías a hacer algo así o prefieres el karma silencioso?
Cuéntame en los comentarios: ¿cuál ha sido tu pequeña gran venganza de oficina? Y si tienes un jefe metiche, ya sabes: ¡mejor cuida tus papeles… o déjale una trampa!
Publicación Original en Reddit: Hawaiian Resort