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Vecino necio, bocina vieja: la pequeña venganza que hizo temblar el edificio

Vecino bloqueando mi bicicleta en la entrada de Porto, con grandes altavoces vintage de fondo, capturando un momento tenso.
En esta imagen fotorrealista, la estrecha entrada de mi edificio en Porto resalta la tensión con mi vecino, quien bloquea mi bicicleta mientras presume de sus enormes altavoces vintage. ¡Descubre cómo decidí subir el volumen en nuestro pequeño enfrentamiento!

¿Quién no ha tenido alguna vez un vecino necio que parece pensar que es el dueño del edificio? Esa clase de persona que, por más indirectas (o directas) que les lances, simplemente no entiende razones. Hoy te traigo la historia de una venganza chiquita pero sabrosa, de esas que nos hacen sonreír por lo ingenioso y justiciero del asunto. Prepárate para reír y, quizá, tomar nota para la próxima vez que te toque lidiar con un “yo, yo, yo” en tu edificio.

El vecino, su moto y un espacio mínimo

Todo comenzó en un edificio antiguo en Porto, con ese típico zaguán diminuto donde los vecinos dejan bicicletas, cajas viejas y hasta el árbol de Navidad de hace tres años. Nuestro protagonista, que lleva dos años dejando ahí su bici, ve cómo la llegada de un nuevo vecino lo cambia todo: este personaje se instala en el tercer piso y, como si estuviera en una película de Hollywood, aparece con una motocicleta vintage gigante, cubierta con una lona tan elegante que casi parece la capa de un mago. La cuida más que a su propia salud, la pule a cada rato y, claro, la estaciona justo enfrente de la bici ajena. ¿Resultado? Para sacar la bici, hay que mover la moto, que pesa más que el remordimiento de comerse la última empanada en una reunión familiar.

Pero aquí no acaba el asunto. El protagonista deja notitas amables, le pide de favor que deje espacio, y el vecino responde con esa típica frase que todos hemos escuchado: “Hay espacio de sobra, sólo rodea.” Claro, como si fuera tan fácil. Así pasaron tres semanas, con la moto bloqueando la bici diariamente y el riesgo constante de que, al moverla, termine en el suelo y se arme la de San Quintín.

Cuando la paciencia se agota… y el portero eléctrico entra en acción

Ahora, aquí es donde la historia se pone buena. Resulta que el vecino motoquero es fanático del rock clásico estadounidense, y no lo esconde: cada fin de semana, a las 7 de la mañana, pone la música tan fuerte que hasta en el Oxxo de la esquina se escucha a Led Zeppelin. Y como en muchos edificios viejos de Latinoamérica, las paredes son tan delgadas que hasta los chismes del vecino del 4º se oyen nítidos.

Pero el verdadero tesoro del edificio es el sistema de portero eléctrico. Un aparato viejísimo, de esos que parecen reliquia del Museo de Tecnología, conectado a una bocina en cada departamento. No importa si eres fan de la música o del silencio: cuando suena, todos se enteran, y no hay forma de bajarle el volumen.

Así que, como quien no quiere la cosa, el protagonista empieza a “confundirse” de botón cada vez que piensa en el vecino. Un martes a las 9:30 am, timbra. Un jueves a las 3 pm, timbra de nuevo. Un sábado a las 8 pm, ahí va otro timbrazo. La bocina, que seguro pensaba que su época de gloria quedó en los ochenta, vuelve a trabajar a todo volumen.

Un comentarista del post original lo describe perfecto: “A los fastidiosos sólo se les educa con su propio idioma: lo fuerte y lo molesto.” Y no es para menos, porque después de unos cinco días de timbrazos repartidos, el vecino baja furioso a preguntar si están timbrando a propósito. La respuesta: “Uy, perdón, seguro me confundí de botón, estos sistemas viejos son un enredo.” ¿Quién no ha escuchado una excusa así de un adulto mayor luchando con la tecnología? Pura actuación digna de telenovela.

El poder de la venganza chiquita (y un poco de nostalgia ochentera)

Aquí es donde el karma hace su trabajo. De repente, la moto aparece estacionada al otro lado del zaguán, dejando espacio de sobra para la bici. Sin dramas, sin gritos, sin peleas de vecinos que terminan en juntas interminables de condominio. Sólo una lección silenciosa: no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran.

Y cómo no reírse con los comentarios de la comunidad, que no perdonan ni la edad del sistema de portero. “¿Antiguo? ¿De los ochenta? Me sentí atacado,” dice uno, y otro le responde: “Pero la música de finales del siglo pasado sí que era buena.” Hasta hubo quien sugirió seguir timbrando de vez en cuando “para que no se le olvide la lección,” como cuando tu abuelita te da un pellizco para que aprendas.

Por cierto, hubo quien preguntó por qué el título decía que las “bocinas caras” del vecino se pusieron a trabajar, si en realidad era la bocina del portero. Pero ya sabemos cómo funciona esto: a veces el título sólo es para darle sabor al caldo, como dirían en México.

Vecinos difíciles: ¿mejor ignorar o devolver la moneda?

La moraleja aquí es clara y bien latina: a veces la justicia se sirve fría… y con un timbrazo bien dado. Como bien apuntó otro usuario: “A los necios sólo se les educa con su propio idioma.” Y aunque hubo quien recomendó medidas más extremas (“yo le habría bajado el aire a las llantas” o “que lo mueva él cada vez que bloquea”), la mayoría celebró la creatividad y el ingenio de usar lo que hay a mano, sin violencia ni dramas.

En todos nuestros países, los vecinos difíciles son parte del folclore urbano. Pero así como hay quien se gana tu corazón con una sonrisa y un saludo, también hay quien merece una dosis de su propia medicina. Porque al final, el respeto se construye día a día, y a veces con pequeños gestos (o timbrazos) se logra mucho más que con grandes peleas.

¿Te ha tocado lidiar con un vecino así? ¿Cuál ha sido tu “venganza chiquita” favorita? Cuéntanos en los comentarios y comparte esta historia con ese amigo que vive lidiando con el vecino más necio del edificio. ¡Nos leemos!


Publicación Original en Reddit: Neighbor kept blocking my bike, so I made sure his expensive speakers got a workout