Trabajar en hoteles: una montaña rusa de historias escatológicas (¡y no es broma!)
Dicen que trabajar en un hotel es una experiencia única, llena de sorpresas, pero pocos imaginan hasta dónde puede llegar la creatividad (y el estómago) de los huéspedes. Si alguna vez pensaste que la peor parte era lidiar con quejas sobre la almohada o el desayuno frío, prepárate: la realidad supera la ficción. Hoy te traigo historias reales —y escatológicas— de un recepcionista que aprendió, a punta de anécdotas, que el verdadero “servicio al cliente” en hoteles es para valientes.
Bienvenidos al “hotel de los horrores”
En el mundo hotelero, uno cree que lo ha visto todo… hasta que llega el siguiente turno. Nuestro protagonista, un joven recepcionista en su primer trabajo, vivió en carne propia la frase “aquí pasa de todo”. Desde el primer día, se topó con situaciones tan absurdas que parecen sacadas de una película de Almodóvar.
Por ejemplo, una noche llegó a su turno y el auditor nocturno lo llevó directo a la sala de vigilancia. ¿El motivo? Un video que parecía broma: un hombre sin hogar caminando hacia el baño, sacudiéndose el pantalón como si bailara cumbia, pero en realidad, estaba dejando un “regalito” justo afuera de la puerta. Sí, lo que imaginas: el pobre personal de limpieza se encontró con un “trofeo” humano en pleno pasillo. Dicen que en ese momento, “la mierda se puso real”, como comentó un usuario entre risas.
Pero no fue el único caso escatológico. Una huésped, que además de extravagante tenía un perro del tamaño de un pony, fue desalojada por falta de pago. ¿Su venganza? El can dejó su huella en todo el piso, al punto que la limpieza pidió no asignar habitaciones ahí “hasta nuevo aviso” por el hedor. Tuvieron que traer ventiladores industriales, porque ni el aroma de los chilaquiles del restaurante de al lado podía con eso.
Baños públicos: campo de batalla
Las historias de los baños merecen un capítulo aparte. Un día, un huésped se acercó a la recepción con la seriedad de quien va a denunciar un crimen: “Disculpe, no quiero ser grosero, pero alguien se cagó en todas las paredes del baño de hombres”. El recepcionista, que tiene el mal hábito de reírse cuando no debe, casi se hace pis de la risa. “Gracias por avisarnos, señor. Lamentamos el inconveniente”, respondió, mientras por dentro pensaba que su día ya era digno de meme.
Pero la joya llegó con un grupo que parecía sacado de una novela de realismo mágico: una especie de secta de autoayuda que se hospedó para un retiro. Parte de su “terapia” incluía vestirse de Cupido con alas, pañales y mucho, pero mucho glitter. Imagina el baño lleno de adultos semi-desnudos y relucientes como piñatas. Un compañero entró por error y salió tan impactado que ni la tía más chismosa del pueblo lo habría convencido de volver.
Como bien resumió un comentarista, “hay pocas cosas que te preparan para ver gente desnuda y llena de brillantina invitándote a pasar como si nada”. ¡Ni en el Carnaval de Veracruz!
La comida: placer y castigo
Si pensabas que el peligro venía solo de los huéspedes, aquí va otra: la comida también puede ser tu peor enemiga. Nuestro protagonista tenía una debilidad por los burritos de un local cercano. Sabía que le caían mal, pero eran tan adictivos que el sacrificio valía la pena. Un día, le regaló uno a su jefe —ambos mexicanos de corazón, acostumbrados a picante y garnachas—, sin advertirle de sus poderes laxantes.
El desenlace fue épico: “No es por ser explícito, pero nunca había cagado así en mi vida. ¿Qué traía ese burrito? Pensé que me habías envenenado”, reclamó el jefe entre risas y sudor frío. Desde entonces, cada vez que pedían comida, preguntaba con terror: “¿Otra vez los burritos asesinos?”. Como bien comentó un usuario, “ese tipo de comida no perdona… pero es tan buena que uno cae en la tentación”.
Más allá de la limpieza: lo que nadie te cuenta
En los comentarios de la comunidad, muchos compartieron sus propias batallas: desde limpiar desechos humanos en tiendas de especias (“tuvimos que cerrar el baño al público porque nadie quería limpiarlo”) hasta encontrar shorts manchados y abandonados detrás de los basureros, cortesía de algún cliente “creativo”. Otros recordaron hoteles donde los huéspedes “creían que, por llevarse una cobija gratis, tenían derecho al desayuno buffet y a una habitación”. Aquí aplica el dicho: “le das la mano y te agarran el pie”.
Y no todo es humor: algunos trabajadores señalaron la falta de apoyo de los dueños ante situaciones de riesgo, como agujas de drogas encontradas en colchones. “Un día un empleado va a demandar y ahí sí van a pagar caro”, advirtió un comentarista, reflejando una realidad que también se vive en muchos hoteles de Latinoamérica.
Conclusión: Si puedes reírte, ya ganaste
Trabajar en un hotel es como jugar a la lotería: nunca sabes qué historia te va a tocar. Desde huéspedes que confunden el pasillo con el baño, hasta fiestas de Cupidos cubiertos de glitter, pasando por burritos letales, el hotel es un microcosmos donde todo puede pasar… y usualmente pasa.
Así que la próxima vez que te hospedes en un hotel y veas al personal sonreír, recuerda: probablemente están pensando en alguna anécdota que supera cualquier capítulo de “La Rosa de Guadalupe”. ¿Te animarías a trabajar ahí? ¿Tienes alguna historia digna de contar? Cuéntanos en los comentarios, porque como dicen: “El que no ha visto cosas raras en un hotel, es porque nunca ha trabajado en uno”.
¿Y tú, qué hubieras hecho en su lugar? ¡Déjanos tu historia o la peor anécdota hotelera que conozcas y sigamos riendo juntos!
Publicación Original en Reddit: You have to deal with a lot of shit working in hotels …literally and figuratively.