“¡Si no te gusta, despídeme!”: Cuando el bocón se topó con la realidad en la Marina Holandesa
En las oficinas, talleres y hasta en los cuarteles de Latinoamérica siempre hay un personaje: el que cree que la empresa no puede vivir sin él, el que desafía a todos, se burla de las reglas y, cuando se siente acorralado, suelta la frase mágica: “¡Pues si no te gusta, despídeme!”. ¿Alguna vez te ha tocado lidiar con alguien así? Prepárate porque la historia de hoy, aunque ocurrió en la lejana Holanda, podría pasar perfectamente en cualquier empresa mexicana, argentina, colombiana o chilena. ¡Y el final es digno de telenovela!
El “intocable” del trabajo: Todos conocemos a un Adam
Hace unos 20 años, en Den Helder (una ciudad costera de los Países Bajos famosa por su base naval), un grupo de marinos holandeses tenía en su equipo a un compañero que, como decimos por acá, “se sentía la última Coca-Cola del desierto”. Vamos a llamarlo Adam. Era el típico bocón: presumido, arrogante, y convencido de que su antigüedad en la Marina le daba inmunidad absoluta.
Adam no solo era el alma de las fiestas… para mal. Se la pasaba presumiendo sus infidelidades, pero aseguraba que amaba a su prometida “con todo el corazón” (¡vaya contradicción!). Si alguien se atrevía a señalarle su doble moral, se ponía como león enjaulado: gritaba, insultaba y remataba con frases tipo “Tú no entiendes nada, mejor cierra el hocico”.
Además, criticaba TODAS las políticas nuevas, pero nunca aportaba soluciones, y siempre lo hacía en el tono más ofensivo posible. Se peleaba con los jefes, desafiaba la autoridad, y manejaba maquinaria pesada de forma imprudente (imagínate a un operador de montacargas haciendo drifting en la bodega). Lo peor: se sentía tan intocable que hasta grababa sus locuras —como manejar un autobús en la autopista parado, sosteniendo el volante con una mano y grabando con su celular marca Nokia— para presumirlas a sus colegas. Cuando los superiores se enteraban, él lo negaba todo y se burlaba: “¿Qué van a hacer? ¿Despedirme? Ja”.
Cuando el “si no te gusta, despídeme” sale mal
La cosa se fue poniendo cada vez más tensa. Los jefes ya no lo soportaban, y el ambiente de trabajo estaba tan enrarecido como oficina en viernes antes de puente. Adam, ya envalentonado, empezó a gritar aún más fuerte su mantra: “¡Si no les gusta, despídanme!”. Lo decía una y otra vez, convencido de que nadie se atrevería.
Pero como dice el dicho: “Tanto va el cántaro al agua, hasta que se rompe”. Un día, después de otra de sus peleas, Adam lanzó su reto habitual… y esta vez el jefe no se anduvo con rodeos: “Perfecto, estás despedido. Vamos a mi oficina a hacerlo oficial”.
El silencio se apoderó del lugar. Adam, que siempre había sido el gallito del corral, entró a la oficina gritando, pero poco a poco su tono cambió de soberbia a desesperación. Cuando salió, tenía los ojos rojos y no le habló a nadie. Y así, el “intocable” se fue con la cola entre las piernas, gastando sus últimos días de vacaciones en silencio. El ambiente laboral mejoró de inmediato, y más de uno respiró aliviado.
“Juega estúpidos juegos, gana estúpidos premios”
Esta historia no solo se viralizó en Reddit, sino que provocó una ola de comentarios de todo el mundo que demuestran que el “malcriadez” laboral es universal. Un usuario lo resumió con humor: “La estupidez es un idioma internacional”. Otro, con sabiduría de tía, dijo: “Juega juegos tontos, gana premios tontos”.
Varios compartieron anécdotas similares de oficinas y fábricas donde el “indispensable” acaba siendo reemplazado en menos de una semana, y el ambiente laboral mejora como por arte de magia. Como dijo alguien: “No seas la razón del próximo curso de seguridad en la empresa”. En Latinoamérica, bien podríamos decir: “No seas el protagonista del próximo chisme de pasillo”.
No faltó quien filosofó, “Es reconfortante saber que hay cosas universales, como la gente que se cree intocable… hasta que ya no lo es”. Y claro, la clásica conclusión: “Al final, nadie es indispensable, y el karma siempre cobra factura”.
¿Y si esto pasara en tu oficina?
Aunque la historia es holandesa, cualquiera que haya trabajado en una oficina, taller o fábrica latinoamericana sabe que el “Adam” está en todos lados. A veces es el que lleva años en el puesto, el que presume ser “el alma de la empresa”, o la que amenaza con renunciar cada vez que pierde un privilegio. Y siempre hay un momento en que los jefes, hartos, le toman la palabra.
En nuestra cultura, solemos ser pacientes, pero también tenemos ese gusto por ver cómo el que siembra vientos, cosecha tempestades. En palabras de un usuario: “El karma por fin alcanzó… ¡y ahora sí hay paz!”.
¿Te identificaste? ¿Tienes un Adam en tu trabajo o alguna vez te tocó ver cómo uno caía de su pedestal? Cuéntanos tu historia en los comentarios.
Conclusión: Nadie es imprescindible… y el respeto se gana
La moraleja es sencilla y bien latina: nadie es imprescindible y, tarde o temprano, el respeto se gana… o se pierde. No importa si trabajas en la Marina, en una oficina de gobierno, en un call center o en el taller mecánico: la soberbia y la prepotencia tienen fecha de caducidad.
Así que, la próxima vez que escuches un “¡Pues si no le gusta, despídame!”, recuerda la historia de Adam… y sonríe, porque el destino siempre cobra.
¿Te ha tocado vivir algo parecido? ¡Déjalo en los comentarios y hagamos catarsis juntos!
Publicación Original en Reddit: If you don’t like it, then fire me!