Seis meses con un Kevin inolvidable: la tragicomedia de la fábrica mexicana
¿Alguna vez has tenido un compañero de trabajo tan fuera de lugar que sus ocurrencias se convierten en leyendas de pasillo? Pues hoy te traigo la historia de “Kevin”, ese personaje que, aunque sacaba canas verdes a más de uno, terminó haciendo el trabajo más entretenido de todos. Prepárate para reírte (o llorar) con las peripecias de este ingeniero que nadie sabe de dónde salió, pero que dejó huella durante sus seis meses en una fábrica mexicana de electrónicos para carros de marca famosa (que, dicho sea de paso, ya no me atrevo a comprar).
Si crees que sólo en tu oficina hay personajes raros, espera a conocer a Kevin. Spoiler: no explotó ningún volcán, pero sí muchos cerebros con sus locuras.
El arribo de Kevin y sus teorías apocalípticas
Llegué a la empresa lleno de ánimos, listo para ensuciarme las manos y dejar atrás los desastres del trabajo anterior. Coincidimos cinco ingenieros nuevos en el mismo día, y entre ellos, Kevin. Bajo de estatura, medio calvo, flaco pero con aires de grandeza –como si quisiera imitar a Homelander de The Boys, pero en versión barata y nerviosa–. Nadie entendía su currículum: un día decía que venía saliendo de la universidad, otro que comandaba a 28 ingenieros, y luego que tenía su taller de reparación de computadoras. Total, un misterio peor que el “Chupacabras”.
En la primera semana, mientras todos armábamos la línea de producción, Kevin se la pasaba “supervisando” desde la orillita, con la esperanza de que lo viéramos como jefe. Pero lo mejor vino cuando, de la nada, nos salió con que “debajo de la ciudad hay un volcán gigante que podría explotar el próximo año”. Cuando le cuestionamos, juró que era información clasificada de la universidad, cortesía de su hermana. Obvio, nadie le creyó, y ese fue el primer gran meme de la planta: “¿Ya explotó el volcán, Kevin?”.
De la mala suerte al surrealismo: las joyas de Kevin en la fábrica
A Kevin le duró poco el puesto de ingeniero porque, sinceramente, era más peligroso que una licuadora sin tapa. Lo mandaron al área de retrabajo, donde se supone que el daño ya está hecho y hay poco que empeorar… pero él sí podía. Sus “reparaciones” dejaban los productos peor que antes, así que le encargaron tareas básicas como escanear datos de los equipos defectuosos. Pero ni así, porque cuando intentaron capacitarlo en tareas sencillas, Kevin explotó gritando “¡Déjenme, yo hago esto todos los días!”. Spoiler: era la primera vez que lo intentaba.
En el segundo mes, Kevin alcanzó el estatus de leyenda urbana. Un día nos soltó, con toda seriedad, que la “energía negativa” de las personas estaba arruinando los componentes electrónicos. Nosotros, con cara de “¿qué le pasa?”, tratamos de entender si hablaba de electricidad estática, pero no, él insistía en que necesitábamos un chamán para limpiar las malas vibras y así reducir los fallos de producción. El jefe, un tipazo de Tamaulipas, le soltó: “No vayas a traer tus cuarzos y sahumerios aquí, eso no es apto para ESD, Kevin”. Risas por toda la planta y, desde entonces, “la energía negativa” y “los tornillos de 120 volts” (sí, también inventó eso) se volvieron chistes clásicos.
Como comentó uno de los lectores en Reddit: “Hay Kevins en todos lados, sólo cambian de forma”. Y vaya que razón no le falta.
El colapso social y el adiós más dramático
Con el tiempo, Kevin ya no era bienvenido ni para el café. Aun así, él seguía creyendo que todos querían ser sus amigos, hasta que cometió el error de burlarse del ingeniero menos bromista del grupo. La reacción fue tan intensa que Kevin ni las manos metió; se fue con la cola entre las piernas y nunca volvió a ser el mismo.
Al sexto mes, la crónica de una salida anunciada llegó. Cambiaron su horario para que trabajara los sábados (y descansara los lunes, lejos de todos). Pero ni así. Lo cacharon durmiendo en plena área visible, envuelto en su bata antiestática como si fuera cobija. El gerente general, un taiwanés que no perdonaba una, lo encontró y lo despidió en corto. Y para rematar, nos dejó un mensaje larguísimo en WhatsApp donde nos llamó hipócritas, traidores y que nunca debimos haberle dado la espalda… Un drama digno de telenovela, que hasta ganas me dieron de imprimir su despedida y enmarcarla.
Como bien dijo otro usuario en Reddit: “Después de seis meses ni siquiera estamos seguros si era ingeniero de verdad”. Y la neta, yo tampoco.
Bonus: Kevin y la destrucción de la “unidad dorada”
Para cerrar con broche de oro: un día le entregaron dos “unidades doradas” (productos perfectos para calibrar máquinas) y, en vez de cuidarlas con su vida, las desarmó completamente ¡y luego olvidó cómo armarlas! El jefe de ingeniería casi le da un infarto y Kevin tuvo que pedir ayuda para juntar las piezas. Si eso no es ser Kevin, no sé qué lo sea.
En la cultura laboral de Latinoamérica, siempre hay personajes que se convierten en el alma (o el tormento) de la oficina. Pero pocos logran el estatus de leyenda como Kevin. Como comentó un colega: “Al menos este Kevin hacía el trabajo divertido, no como otros que sólo lo arruinan”. Y sí, entre volcanes imaginarios, vibras negativas y tornillos mágicos, Kevin nos regaló anécdotas para toda la vida.
¿Tienes tu propio Kevin en la chamba? Cuéntame tu historia en los comentarios, ¡y sigamos compartiendo las mejores (y peores) anécdotas de oficina!
Publicación Original en Reddit: 6 Months Of A Weird Kevin (Sequel to previous post)