Señor, esto es un hotel respetable, no una cueva de estafadores
¿Alguna vez has imaginado que trabajar en la recepción de un hotel puede ser una mezcla entre ser detective privado, niñera y juez de paz? Pues sí, así de intensa puede ser la vida tras el mostrador, especialmente cuando se trata de las famosas tarifas de descuento para empleados, familiares y “amigos” (que a veces parecen más bien fans de la picaresca).
Hoy te traigo una historia real, de esas que solo pueden pasar en un hotel donde los huéspedes llegan con todo, menos con ganas de hacer las cosas bien. Prepárate para un viaje lleno de anécdotas, enredos y una que otra carcajada.
Tarifas con trampa: El pan de cada día
En muchos hoteles, sobre todo de cadenas internacionales, existen tarifas especiales para empleados, familiares y amigos. En el papel suena bonito: “Si trabajas aquí, puedes traer a tu mamá, tus primos, tu compadre y hasta el perro con descuento.” Pero la realidad, como en tantas cosas, es otra.
El problema comienza cuando todo el mundo quiere aprovecharse del sistema. Según cuenta el protagonista de nuestra historia, la política para obtener estos descuentos era más complicada que sacar visa para Estados Unidos. Había que llenar un formulario, presentar identificación, firmar aquí, allá y acullá, y encima verificarlo en un sitio web arcaico. Por si fuera poco, todo debía ser físico, porque “los de aquí son mayores y no quieren nada digital”.
¿Y los huéspedes? Pues algunos llegaban sin imprimir ni un papel. Como dijo un comentarista en la historia original: “¿Por qué no traen el formulario impreso y listo para el check-in?” Pero claro, siempre hay quien quiere hacerle la vida imposible al recepcionista y, como buenos mexicanos, argentinos o colombianos, buscan la vuelta para no cumplir ninguna regla.
Los reyes del drama: Clientes de descuento y sus novelas
Hay un dicho muy popular en Latinoamérica: “El que no llora, no mama.” Y vaya que aplica cuando se trata de descuentos. Muchos de estos clientes se quejaban diciendo “En el otro hotel no me pidieron nada”, o el clásico “¡Nadie me avisó de esto!”. Como si eso fuera excusa para saltarse el reglamento, ¿no?
Lo más divertido (o trágico) era ver a los “familiares” intentando colar más habitaciones de las permitidas. El límite era claro: dos para empleados, una para familia directa, y amigos/extendidos, pues, ¡infinito! Pero si se pasaban, tocaba ponerles la tarifa normal y ahí ardía Troya. Algunos incluso llegaban con formularios editados en Photoshop, cambiaban nombres o presentaban documentos vencidos. “He visto de todo”, escribió otro comentarista, “desde hijos de empleados sacados del hotel porque intentaron pasarse de listos, hasta huéspedes que querían reservar tres habitaciones con el descuento familiar y ni siquiera traían la forma correcta”.
Y cuando les pedían copia de la identificación, ahí sí que se ponía buena la telenovela. “¿Cómo sé que ustedes no van a hacer cargos a mi nombre? ¡Esto está lleno de estafadores!” reclamaban algunos. A lo que, con paciencia de santo, el recepcionista explicaba: “Señor, esto es un hotel respetable, no una cueva de ladrones. Si no le gusta, puede irse a otro hotel y no le cobramos.”
La vida tras el mostrador: Entre el deber y la locura
La mayoría de los que trabajan en hoteles saben que lidiar con la política de descuentos saca lo peor de algunos huéspedes. Como compartió un colega en los comentarios, “Mientras más bajo el precio, peor la calidad del huésped”. Y es que, a veces, pareciera que regalarles la habitación también incluye regalarles paciencia, tolerancia y, claro, ¡aguantar sus dramas!
Muchos en la comunidad hotelera coinciden: la principal preocupación de los huéspedes no es el hotel, sino el recepcionista que gana sueldo mínimo. “No me preocupa el hotel, sino el empleado que puede hacerme un cargo extra”, decía un usuario, reflejando la desconfianza típica de nuestra tierra. Pero, como bien aclaró otro: “Necesito este trabajo más que arriesgarme a que me corran por andar estafando tarjetas de crédito.”
Y claro, siempre hay quien intenta jugar la carta de la discriminación para zafarse de las reglas. “Una vez acusaron a mi jefa de racismo solo porque no les permitió más habitaciones de descuento. ¡Y eso que eran del mismo tono de piel!” contó entre risas otro empleado.
Moraleja: Si vas a pedir descuento, hazlo bien (y con buena onda)
Trabajar en un hotel latinoamericano es como estar en una película: nunca sabes si el siguiente huésped será un santo o un actor de telenovela en pleno drama. Pero si algo queda claro, es que las reglas existen por algo. Si quieres aprovechar un descuento, hazlo bien: trae tus formularios, tu identificación y, sobre todo, ¡tu mejor actitud!
Y a los que trabajan tras el mostrador, ¡ánimo! Sabemos que a veces dan ganas de salir corriendo, pero al final, cada historia deja una anécdota para reír con los amigos en la próxima salida.
¿Te ha pasado algo parecido? ¿Eres de los que ha intentado “pasar de listo” en un hotel o te ha tocado lidiar con estos personajes? Cuéntanos tu historia en los comentarios y comparte este post con ese amigo que siempre busca el “descuentazo”.
¡Hasta la próxima, y que tus check-ins sean cortos y sin drama!
Publicación Original en Reddit: Sir, This Is a Reputable Hotel, Not a Scam Ring