Renuncié al hotel: la historia de cómo por fin escapé de la hospitalidad (y no pienso volver)
¿Alguna vez has sentido que tu trabajo es como una telenovela donde los villanos no descansan y el capítulo final nunca llega? Así era mi vida en un hotel cerca del aeropuerto: pilotos con ínfulas de rockstars, jefes peores que “La Doña” y compañeros más flojos que lunes sin café. Pero un día, después de mucho aguantar, dije “¡Hasta aquí llegué!” y esta es mi historia de liberación.
Si alguna vez pensaste que la hospitalidad era puro glamour y sonrisas de anuncio, prepárate para conocer el detrás de cámaras. Spoiler: aquí nadie pone la otra mejilla… ¡y menos cuando te suspenden por hacer tu trabajo!
Bienvenido al circo hotelero: gerentes mudos y colegas “fantasmas”
Trabajar en un hotel junto al aeropuerto suena como una buena oportunidad, ¿no? Pues sí… hasta que conoces a los personajes. Mi jefa de operaciones (pongámosle “M”) era experta en cambiar horarios sin avisar. Un día te toca de noche, otro día de tarde, y si te quejas, te mira como si fueras el problema. ¿Comunicación? Eso solo existe en los cursos de recursos humanos, porque en este hotel, cada quien hacía lo que quería.
Y ni hablar de la auditora nocturna, “H”, la reina del drama y la queja. Se la pasaba hablando mal de todos, pero si había que ayudar… desaparecía como fantasma en Día de Muertos. Lo peor: ella y “M” se aliaban para criticar al resto del equipo, como si fueran las juezas de un reality show.
Los clientes “intocables” y la ley del más fuerte
Pero nada se compara con los clientes especiales: la tripulación de las aerolíneas. En especial una que todos conocemos, pero aquí la llamaremos “la del suroeste”. Imagínate un grupo de personas convencidas de que el mundo gira a su alrededor, que las reglas son para los demás y que te tratan como si fueras invisible… o peor, como si fueras su sirviente personal.
Esa noche me tocó recibir a un piloto que, apenas llegué a pedirle su identificación (como siempre nos decían que hiciéramos), explotó. Me llamó “chica”, me dijo que era terrible en mi trabajo y hasta soltó comentarios de mal gusto sobre la ciudad. Le pedí que bajara el tono, pero eso solo lo enfureció más. ¿El resultado? Llamó a la policía. Sí, leíste bien, ¡él llamó a la policía porque le pedí una identificación!
Cuando los jefes cambian las reglas para salvar su pellejo
Después de ese show, el gerente de recepción (llamémosle “B”) me apoyó y confirmó que siempre se debe pedir identificación. Sentí un pequeño alivio, pero al llegar la mañana y contarle a “M”, su reacción fue digna de un premio a la hipocresía: “¡Ellos son un cliente importante, no podemos perderlos! Olvida lo de la identificación, ya no la pidas a la tripulación”. ¿Perdón? ¡Si apenas hace unas horas era obligatorio!
Como diría cualquier latino: “Ni que fuéramos magos para adivinar qué quieren hoy”. Al final, recibí un mensaje grupal diciendo que estaba suspendida mientras investigaban “los hechos de la noche anterior”. Pero nadie me decía qué había hecho mal. Eso sí, para cambiar las reglas de un día a otro, ahí sí son rapidísimos. Fue el colmo. “¿Me suspenden por seguir las reglas que ustedes mismos pusieron?” Hasta aquí llegué. Renuncié y sentí como si me hubiera quitado un costal de piedras de encima.
Lo que opina la comunidad: ¿es la hospitalidad o son los malos jefes?
No soy la única que ha pasado por esto. En redes sociales, la historia causó revuelo. Un usuario comentó: “Siempre pedimos identificación, no importa quién sea. Solo los verdaderos VIPs tienen excepción, y tiene lógica: ¿y si alguien se hace pasar por otro?”. Otro fue más directo: “Tu jefa es la rara aquí. No merecías una suspensión por seguir las reglas”.
También hubo quien dijo: “Me alegro que hayas salido cuando cambiaron las reglas y te echaron la culpa. ¡Eso es acoso laboral!” Y ojo, no faltaron las historias de azafatas que, en 20 años de vuelo, nunca les pidieron identificación. ¡En cada hotel se cuecen habas!
Pero el consenso fue claro: el problema no es la hospitalidad, ni siquiera los clientes difíciles. El verdadero cáncer son los jefes que prefieren proteger a un “cliente grande” que cuidar a su propio equipo. Como en cualquier empresa latinoamericana, cuando el gerente prefiere quedar bien con el cliente que con su gente, termina perdiendo lo más valioso: la confianza y la dignidad del equipo.
La moraleja: a veces renunciar es el mejor autoabrazo
Si algo aprendí es que ningún trabajo vale tu salud mental. En Latinoamérica, a veces nos enseñan a “aguantar vara”, pero hay límites. Renunciar no es fracaso, es amor propio. Ahora, fuera de la hospitalidad, estoy más feliz, más sana y, sobre todo, con la certeza de que a veces decir “no más” es el paso más valiente.
¿Te pasó algo parecido en tu chamba? ¿Algún jefe que cambia las reglas según le conviene? Cuéntamelo en los comentarios, porque aquí sí nos escuchamos y nos entendemos, sin miedo a los “clientes importantes”.
¿Y tú, te animarías a renunciar por tu bienestar?
Publicación Original en Reddit: Finally out of hospitality. My quitting story