Cuando las reglas absurdas se topan con el sentido común (y un poco de picardía corporativa)
¿Quién no ha tenido que lidiar con reglas absurdas en el trabajo? De esas que parecen escritas por el enemigo, no por el jefe. Pues hoy te traigo una historia digna de café y carcajada: la de un empleado que decidió cumplir al pie de la letra una política tan ridícula que, al final, la empresa tuvo que tragarse su orgullo y cambiarla.
Imagínate estar en plena tarde, con la presión de una tarea urgente, y darte cuenta que todo depende de un simple código... que sólo puede asignar un equipo en otro país, nueve horas adelante. ¿Te suena a comedia de enredos? Pues sigue leyendo, porque esto se pone mejor.