¡Noticias de último minuto! No, no puedes quedarte con la tarifa de empresa si no viajas por trabajo
Todos los que han trabajado en recepción de hotel en Latinoamérica conocen ese tipo de huésped: el que llega con más exigencias que ganas de pagar. Pero, ¿qué pasa cuando se topa con un recepcionista que no se deja engañar y, de paso, tiene un día de locos? Esta es la historia de un huésped que, como buen “sabelotodo”, intentó por todos los medios conseguir una tarifa especial… sin tener derecho a ella. Prepárate para reír y reflexionar sobre el arte de pedir descuentos en los hoteles.
Las peripecias de un día en recepción: cuando todo sale mal
Imagina un día típico en un hotel de ciudad latinoamericana. Quedan apenas tres habitaciones disponibles, la lavadora está inundando la lavandería (más de uno se ha sentido como plomero improvisado en estos trabajos), y la piscina está cerrada porque el único encargado de mantenimiento se llevó la llave… ¡hace dos días! Para colmo, el hombre se enfermó y nadie puede usar la piscina. Sí, así de surrealista como cualquier capítulo de una telenovela.
En medio del caos, aparece nuestro protagonista: un señor que llamaremos “Ares” (como el dios griego del conflicto, y el apodo le queda pintado). Llega acompañado de un joven, “El Muchacho”, que en realidad ya tiene barba de universitario, pero para efectos dramáticos se presenta como si estuviera a punto de dormir en la calle.
Ares, con toda la seguridad del que cree tener la vida resuelta, lanza sobre el mostrador su identificación, tarjeta de crédito y una membresía de almacén mayorista (una especie de “Costco” pero con otro nombre para no meternos en líos). Exige la tarifa especial de empresa, como si el simple hecho de tener esa tarjeta fuera suficiente.
El arte de pedir un descuento… sin tener derecho
Aquí viene lo bueno. El recepcionista, fiel a su deber y con la paciencia de un santo, le explica que el hotel sólo otorga tarifas de empresa a quienes realmente están viajando por trabajo con esa empresa y pueden comprobarlo. Ares intenta de todo: que si la tarifa del hospital (“¿Tiene credencial o cita?” “No”), que si su papá trabajó 50 años para la empresa dueña del hotel, que él mismo fue gerente de recepción (“¡10 años, joven, 10 años!”), que si le van a dejar dormir al pobre muchacho en la calle… En fin, ¡todo un show!
Como bien lo comentó un usuario en la discusión original: “El sentido de derecho de este señor es más fuerte que el café de olla en la central de autobuses”. Otro añadió que “si los hoteles de la competencia no hacen preguntas, pues ahí tiene la solución, señor, ¡váyase para allá!”. Y es que, seamos honestos, ¿cuántas veces hemos escuchado esa frase de “en otros lados sí me dan el descuento”?
El verdadero precio de la grosería: karma hotelero
Al no lograr su cometido, Ares amenaza al recepcionista, lo insulta y hasta le augura el desempleo. Pero como buen profesional latino, el recepcionista le ofrece dos opciones: acepta la tarifa regular o busca hospedaje en otro lado. Finalmente, Ares cede y paga la tarifa completa, aunque no sin antes quejarse de todo lo posible durante su estancia: que si el aire acondicionado hace un ruidito (de esos que uno sólo escucha si está buscando excusas para alegar), que si no puede entrar a la piscina (intentó abrir la puerta a la fuerza y la abolló, ganándose una “multa por daños”, o como diríamos en México, le salió el tiro por la culata), y que el domingo en el desayuno no había jugo de naranja.
Como bien apuntó otro usuario: “La única queja legítima es la del jugo de naranja. Y seguro esa fue su karma por portarse así”. Otro, con humor muy de nuestra tierra, señaló: “El que mucho pide, poco recibe”. Y como remató el propio autor de la historia, el siguiente huésped, que fue amable y paciente, ¡recibió un descuento de $20 dólares solo por ser buena onda!
Reflexión: ¿Cuántos descuentos puedes pedir antes de que te digan “ya estuvo”?
En Latinoamérica, pedir descuentos es casi un deporte nacional. Pero incluso aquí hay reglas: sólo puedes acceder a tarifas especiales si tienes cómo comprobarlo. No importa si eres primo de la secretaria del dueño o si tu tío fue gerente hace veinte años. Como dijeron varios en los comentarios, no es una tienda de ropa donde puedes combinar cupones hasta que te salga gratis el pantalón. En los hoteles, las promociones no se suman como si fueran puntos de la tanda.
Además, la amabilidad abre más puertas que cualquier tarjeta de membresía. No por nada existe el dicho: “Con miel se atrapan más moscas que con vinagre”. Y en el mundo de la hospitalidad, la gente amable suele recibir mejores tratos, upgrades inesperados y hasta algún detalle de cortesía.
¿Y el hotel? Bueno, también tiene lo suyo…
Algunos lectores no dejaron pasar los detalles del caos: ¿cómo es posible que sólo haya una llave de la piscina? ¿Por qué el recepcionista termina arreglando la lavadora? Y sí, en muchos hoteles de Latinoamérica, la multitarea es la norma y a veces la administración deja mucho que desear. Pero eso no justifica que los huespédes abusen o intenten pasarse de listos.
Conclusión: Sé amable, paga tu tarifa y disfruta tu estancia
La moraleja de esta historia es sencilla: en los hoteles, como en la vida, la honestidad y la educación valen oro. Si quieres una tarifa especial, ten cómo comprobarlo. Si tienes un problema real, exprésalo con respeto. Y si no hay jugo de naranja, pues te conformas con el café y agradeces que al menos no te tocó dormir en la lavandería junto a la lavadora rebelde.
¿Te ha tocado vivir una situación parecida? Cuéntanos en los comentarios cuál ha sido el cliente más “creativo” que te ha tocado, o si alguna vez te salvaste de pagar de más solo por ser buena onda con el personal. ¡Nos leemos abajo!
Publicación Original en Reddit: BREAKING NEWS: You don't get to stay on a company's rate if you aren't traveling for the company!