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Mi vida como jefe de hotel: ascensos, dramas y una mamá en la reunión

Ilustración estilo anime de un profesional ocupado reflexionando sobre cambios y desafíos tras 195 días.
En esta vibrante escena inspirada en el anime, nuestro protagonista navega por el torbellino de cambios en la vida, equilibrando nuevas responsabilidades y crecimiento personal durante los últimos 195 días. ¡Acompáñame en este viaje de transformación y reflexión!

¿Alguna vez pensaste que trabajar en un hotel era pura elegancia y glamour? Déjame contarte que la realidad es más parecida a una telenovela de horario estelar. Hace 195 días era un simple mortal en la oficina de ventas, ahora soy Director de Ventas Y Subgerente General. A veces siento que subí dos escalones y caí en una alberca de locuras.

Entre ascensos inesperados, empleados que parecen niños peleando por el control remoto, y clientes que creen que el desayuno buffet es barra libre, mi vida se volvió una montaña rusa. Pero lo que me pasó en mi primera gran reunión como Subgerente General supera cualquier episodio de “La Rosa de Guadalupe”.

Del anonimato al ojo del huracán: cuando ser jefe no era mi sueño

Confieso que cuando acepté el puesto de Director de Ventas, lo que más me emocionaba era no tener gente a mi cargo. Soñaba con esconderme en mi oficina, tomar café y hacer PowerPoints. Pero en este hotel, el universo tiene sentido del humor: la Gerente General (GM) estaba lidiando con tanto drama entre los empleados que casi la mandan directo a la playa… o al psiquiatra.

Para echarle la mano y no quedarme con el circo completo si ella renunciaba, acepté supervisar a los conductores del shuttle. Me dije: “¿Qué tan difícil puede ser?”. Spoiler: es como intentar organizar una piñata con niños hiperactivos.

La cosa mejoró, pero no faltan los detallitos. La GM sigue metiendo cuchara y a veces, con sus comentarios, solo echa más leña al fuego. Pero ahí voy, poco a poco, enseñándoles disciplina y buenas mañas.

Cuando no eres “el jefe”... hasta que sí lo eres (y te toca sudar la gota gorda)

Resulta que, aunque tenía mi oficina y mis tarjetas de presentación bien bonitas, algunos de recepción ni me veían como jefe. La GM y el dueño se ofendieron más que si les hubieran servido café frío. Así que, casi por despecho, me nombraron Subgerente General. Yo, la verdad, lo acepté con gusto: “Ahora sí, ¡agárrense!”.

Mi debut como jefe fue organizar una reunión obligatoria para recepción. Nada de regaños ni caras largas, quería que fuera útil, dinámica y, por qué no, con donas gratis. Preparé el manual actualizado, un PowerPoint con imágenes y enlaces, y hasta contraté el desayuno más dulce de la ciudad. Todo estaba listo… hasta que la realidad me dio un zape.

Uno de los agentes, a quien llamaremos Portia (para proteger identidades y porque así la bautizó el internet), simplemente no apareció. ¿La razón? Se fue fuera del estado ese mismo día, sin avisar, sin excusas.

Portia, la mamá misteriosa y el arte de poner límites

Aquí es donde la historia se pone surrealista: la mamá de Portia, que suele pasar por el hotel más que el camión de la basura, estaba platicando en el lobby. Pero Portia, nada. Pregunté, revisé mensajes, y nada. Su teléfono, en modo “no molestar” y la mamá sin dar pista alguna. Los compañeros me miraban, esperando el show. Algunos sugirieron reprogramar la reunión, pero no era justo para los que sí llegaron en su día libre (y sí, se les pagó por asistir, como bien preguntó uno de los lectores en Reddit).

Así que tomé una decisión de jefe: Portia se ganó mi primer acta administrativa. Nunca lo había hecho antes, pero alguien tenía que poner orden. Y es que, como bien comentó un usuario: “Mandar a tu mamá a la reunión de trabajo es como llevar a tu abuelita a la entrevista de trabajo, ¡de risa loca!”. Aquí en Latinoamérica, la mamá es sagrada, pero hasta ahí.

Otro comentario acertó: “No eres el amigo, eres el jefe. Hay que ser justo, dar la cara y poner límites, aunque incomode”. Y así fue. Porque si uno no pone la raya desde el principio, después todos terminan haciendo lo que quieren. Como diría mi abuelita, “al flojo y al mezquino, el trabajo doble les vino”.

¿Reuniones, donas y cultura laboral latina?

Varios lectores opinaron sobre el arte de las reuniones. Unos decían que mejor hacer fiestas (¡ojalá!), otros que las juntas deben ser raras para no generar resentimientos. Pero todos coincidieron en algo: si te avisan con una semana de anticipación, y encima te pagan, no hay excusa para no ir o al menos avisar. Aquí no hay “ay, se me olvidó”, ni “es que me fui de viaje y no avisé”.

En nuestros países, a veces las empresas se pasan con las juntas eternas que bien podrían ser un correo, pero también es cierto que la comunicación cara a cara evita malentendidos y chismes. Y si hay donas, mejor aún.

Al final, mi primera reunión como Subgerente fue una mezcla de triunfo y anécdota para contar en la sobremesa. Me di cuenta que liderar no es ser simpático ni el compa de todos, sino guiar, poner reglas claras y, sobre todo, tener paciencia para los dramas que ni “Betty la Fea” se imaginaría.

Conclusión: El hotel, un microcosmos de la vida real

Ser jefe en un hotel latinoamericano es como ser árbitro en un partido de barrio: todos quieren opinar, algunos quieren hacer trampa y otros simplemente no aparecen. Pero si tienes mano firme y el corazón dispuesto, hasta la mamá de Portia terminará respetándote (o al menos, no te mandará a reuniones en su lugar).

Así que, si alguna vez te toca ser el jefe, no temas poner límites, lleva donas (eso nunca falla) y recuerda: siempre habrá historias para contar… y para reírse en el café del lunes.

¿Te ha pasado algo parecido en tu trabajo? ¿Qué harías si te mandan a la mamá como “representante” en una reunión? ¡Cuéntame tu anécdota en los comentarios y sigamos haciendo catarsis juntos!


Publicación Original en Reddit: Well F*** Me I Guess