Me llamo Kau’i, no “Katherine”: La pequeña venganza que le dio una lección a mi maestra
¿Alguna vez te han cambiado el nombre solo porque a alguien le dio flojera aprenderlo? La historia de hoy nos hará reír, reflexionar… ¡y hasta soltar un “bien hecho!”! Prepárate para sumergirte en la vida de Kau’i, una chica mitad japonesa, mitad hawaiana que vivió el clásico “no me llamo así” en carne propia. Pero lo que empezó como una falta de respeto terminó en una venganza tan sutil como deliciosa.
Porque si algo nos une en Latinoamérica, es el orgullo por nuestros nombres y apellidos (aunque te llames “Juan de los Palotes” o tengas un apellido que nadie puede pronunciar bien la primera vez). ¿Listos para descubrir cómo una simple corrección puede volverse una historia viral?
¿Por qué tanto lío con los nombres?
En nuestra cultura, el nombre es sagrado. Es lo que nos conecta con nuestra historia, nuestras raíces, nuestros abuelos y hasta con aquel tío que nadie recuerda pero del que heredamos el tercer nombre. Por eso, cuando alguien decide ignorar cómo te llamas y te pone un apodo solo porque le parece más fácil, se siente como una bofetada de indolencia.
A Kau’i le pasó exactamente eso en sexto grado. Su maestra, la muy estricta “Ms. White” (sí, literal, como “blanca”), decidió que pronunciar “Kau’i” era demasiado complicado y, sin pedir permiso, la bautizó “Katherine”. ¿Te imaginas? ¡Ni siquiera preguntó si prefería un apodo o su segundo nombre! Y eso que en la escuela había niños de todos los colores y sabores, así que la diversidad no era excusa.
Como bien lo contó Kau’i (la autora original de esta historia viral en Reddit), ella al principio dejó pasar el asunto. Pero después de dos semanas de escuchar “Katherine” y ver cero esfuerzo por aprender su verdadero nombre, algo dentro de ella hizo “clic”. Porque, seamos honestos, en Latinoamérica también nos ha pasado: la profe que te llama por el nombre de tu hermano, el jefe que nunca dice bien tu apellido, o el compañero que te rebautiza sin razón.
La dulce venganza: “Jessica, ¿me explicas el número tres?”
Aquí es donde la historia se pone buena. Kau’i, con la astucia de quien ha aguantado demasiado, decidió nivelar la balanza. ¿La estrategia? Empezar a llamar a su maestra por su nombre de pila: Jessica. Y no solo eso, sino que empezó a inventar diminutivos y apodos como “Jess”, “Jessie”, “JJ”… ¡todo un repertorio digno de tía chismosa!
¿La reacción de la maestra? Siempre tratando de corregir: “Es Ms. White”, decía, pero Kau’i la ignoraba olímpicamente. Imagina la cara de la profe cada vez que escuchaba su nombre usado tan informalmente en plena clase. En palabras de un comentarista en Reddit, “viviste sin pagar renta en su cabeza el resto del año”. ¡Y vaya que sí! Porque, aunque la maestra nunca explotó, quedó claro que le hirvió la sangre.
Este tipo de venganza, tan sutil y elegante, nos recuerda a esas ocasiones en las que, por respeto, no armamos escándalo, pero sí dejamos claro que no nos dejamos pisotear. Como dijo otro usuario: “Mi papá me dijo: ‘Si quieres que te responda, llámalo como se llama’”. ¡Sabiduría de padre latino!
“Pero, ¿por qué nos cuesta tanto aprender nombres?”
Muchos en el hilo de Reddit intentaron justificar a los maestros: que si tienen cientos de alumnos, que si los nombres se mezclan, que si el cerebro ya no da para tanto. Y claro, es cierto que la memoria a veces falla, sobre todo cuando uno es profe de primaria y se aprende los nombres de todo el colegio. Pero como bien señalaron varios lectores, lo mínimo es intentar pronunciarlo bien, preguntar y corregirse.
Un usuario compartió: “Mi esposa maestra aprende 400 nombres cada año, pero SIEMPRE se esfuerza por decirlos bien. Si duda, pide ayuda al niño y hasta les da dulces cuando se equivoca, ¡lo convierte en juego!”. Otro, con tono más ácido, contó cómo su maestra anglicanizaba los nombres mexicanos: “Jorge se volvía George. ¡Qué falta de respeto!”. ¿Te suena familiar?
Además, la historia sirvió para que muchos compartieran sus “batallas de nombres” personales: desde quienes fueron llamados por el nombre del hermano o la hermana durante años, hasta quienes tenían apellidos difíciles y los maestros se ofendían si los corregían. En Latinoamérica, siempre habrá un “Profe, no soy Luis, soy Luis Ángel” o un “Mi apellido se escribe con Z, no con S”.
Identidad, raíces y el poder de nombrarnos
Al final, Kau’i nunca logró que la maestra le dijera bien su nombre (spoiler: la profe fue despedida dos años después por microagresiones a estudiantes de color, lo que confirma que el problema era más profundo). Pero lo importante es que defendió su identidad, se divirtió un poco en el proceso y dejó una lección: los nombres importan.
Un detalle curioso que Kau’i explicó fue cómo se pronuncia realmente su nombre en hawaiano (algo que nos recuerda a los nombres indígenas de nuestra región): cada vocal se pronuncia, el okina (esa especie de apóstrofo) es una pausa, y aunque “Kau’i” suena parecido a “Maui”, sí hay diferencia. “No pasa nada si no lo dices perfecto”, decía la autora, “pero haz el intento”.
Así como aquí nos enorgullecemos de nuestros nombres largos, dobles, con diminutivos y apellidos compuestos, la historia de Kau’i es una llamada a respetar la identidad de los demás, a preguntar antes de asumir y a no tener miedo de defender lo que nos hace únicos.
¿Y tú, cómo defiendes tu nombre?
¿Alguna vez te cambiaron el nombre en la escuela, el trabajo o la vida diaria? ¿Qué hiciste? ¿Te armaste de valor como Kau’i o preferiste ignorar? Cuéntanos tu historia en los comentarios y celebremos juntos el poder de llamarnos, con orgullo, por nuestro verdadero nombre.
Porque en Latinoamérica, si hay algo que no perdonamos fácilmente… ¡es que no nos llamen como somos!
Publicación Original en Reddit: Teacher called me Katherine because she couldn’t bother to learn how to pronounce my name, so I called her by her first name for the rest of the year!