La venganza más pequeña: cuando un compañero de trabajo te hace dudar de tu realidad
¿Alguna vez has sentido que alguien en el trabajo está jugando con tu mente? Imagina llegar a tu chamba y que, de repente, empiezas a notar que tus cosas no están donde las dejaste, o peor aún, desaparecen y luego reaparecen exactamente en el mismo lugar. Empiezas a preguntarte si te estás volviendo loco... hasta que descubres que todo es parte de una bromita de un compañero. ¿Qué harías en esa situación? Pues hoy te cuento una historia real, sacada directamente del internet gringo, que se siente tan cercana como cualquier anécdota de chamba en Latinoamérica.
Esta es la historia de una venganza pequeña, de esas que no involucran gritos ni peleas, solo mucho ingenio, paciencia y un poco de malicia. Porque, como dicen por acá, “el que ríe al último, ríe mejor”.
Cuando la oficina se convierte en un episodio de "Black Mirror"
Todo comenzó con una simple travesura. Nuestro protagonista, por motivos de privacidad lo llamaremos Lulu (como en la historia original), soportó durante una jornada entera que su amigo Joel en el trabajo le estuviera moviendo y escondiendo sus cosas. Imagínate: llegas, dejas tu espátula al lado de la plancha, la buscas, desapareció; minutos después, reaparece donde la habías puesto. Así, una y otra vez, hasta que Lulu ya no sabía si estaba perdiendo la cabeza o si el turno se le estaba haciendo eterno. Para rematar, Joel jugaba al gaslighting: “¿Seguro que sí la pusiste ahí?”.
Finalmente, Lulu lo pescó con las manos en la masa. Joel confesó entre risas y, como buen latino, Lulu le juró venganza. Pero la venganza, como el buen mole o el mejor ceviche, se sirve fría y con paciencia.
“Despierta, Joel”: El arte de torturar con sutileza
Inspirado por un capítulo clásico de Futurama (sí, ese donde Leela se pregunta si está soñando o no), Lulu puso en marcha su plan. Durante todo un turno, cada vez que Joel no lo miraba directamente, Lulu le susurraba al oído, apenas audible: “Necesito que despiertes”. Al principio, Joel pensó que era una simple broma. Pero Lulu, con una actuación digna de telenovela mexicana, fingía molestarse si lo acusaban. Incluso una compañera, Brandy, se unió al juego y, con una cara de piedra, también le soltó la frase en el momento justo. La confusión de Joel iba en aumento.
No era solo la frase: Lulu mezclaba el susurro en medio de frases cotidianas, cambiando el tono de voz y el ritmo, como quien le mete sabor a una cumbia. “¿Ya pusiste la hamburguesa en la parrilla?” se convertía en “¿Ya pusiste... (susurro) necesito que despiertes... la parrilla?”. Cuando Joel le preguntaba, cada vez más alterado, Lulu le respondía con cara de “¿de qué hablas?”, hasta cuestionarle si había fumado de más o se había echado una chela antes de entrar.
La cosa se puso tan intensa que Joel empezó a pellizcarse, mirar fijamente las paredes, dejar caer cosas y observar a ver si pasaba algo raro, todo para comprobar si estaba soñando. Hasta estuvo a punto de meter la mano en la freidora para “probar” que todo era real. Ahí Lulu frenó. La venganza había sido suficiente... pero no resistió una última puñalada: al salir del trabajo, le gritó desde su carro: “¡Por cierto, Joel, necesito que despiertes!”. El “¡ching... a tu madre!” que recibió de vuelta fue para la historia.
Entre risas, traumas y lecciones de oficina
Al día siguiente, Joel llegó con ojeras, como si hubiera sobrevivido a un turno de noche en el IMSS. Frente a frente, le soltó: “¡No vuelvas a hacer eso nunca! No pude dormir porque no sabía si iba a despertar”. Lulu, con una sonrisa de diablo, solo le pidió que dejara de moverle las cosas. Ahí firmaron la tregua: sí a las bromas, pero no a las que te mandan directo a terapia.
Lo más divertido es que, en los comentarios del post original, la gente no se aguantó. Uno soltó: “¡Eres un monstruo, pero qué risa!”. Otro comparó el nivel de maldad con los mejores villanos de telenovela: “Eso es una clase maestra de venganza pequeña. ¡Bien hecho!”. Hasta salió el típico nostálgico diciendo: “¡No puedo creer que ese capítulo de Futurama tenga más de 20 años! Ya me siento ruco”.
Un usuario compartió su propia versión: su compañero slurpeaba el café tan fuerte que un día, para devolverle la locura, todos en la oficina fingieron ser NPCs de videojuego, quedándose estáticos y actuando raro hasta que el pobre tipo pidió piedad.
Y claro, no faltó quien dijo que todo esto es “psicológicamente cruel”, aunque la mayoría estuvo de acuerdo en que, después de ser víctima de gaslighting laboral, la venganza estaba más que justificada. Como diríamos aquí: ojo por ojo, diente por diente... pero con creatividad.
¿Venganza o justicia? Lo que nos deja esta historia
Lo cierto es que en muchas oficinas y trabajos de Latinoamérica, el ambiente relajado muchas veces se rompe con bromas, pero siempre hay una línea que no se debe cruzar. Esta historia nos enseña que, a veces, la mejor forma de hacerle ver a alguien lo que se siente es con una cucharada de su propio chocolate. Y claro, como dice el dicho: “El karma no tiene menú, te sirve lo que mereces”.
Así que la próxima vez que un compañero te quiera volver loco moviéndote la comida del refri o escondiéndote el tupper, ya sabes que hay formas ingeniosas y memorables de devolver el favor... aunque mejor no lleves a nadie al borde de una crisis existencial.
¿Y tú? ¿Cuál ha sido la mejor (o peor) broma que te han hecho en el trabajo? ¿Te animarías a hacerle algo así a alguien? Cuéntanos tu historia en los comentarios. ¡Aquí todos somos cómplices del buen humor!
Publicación Original en Reddit: I psychologically tortured a friend at work one night.