La venganza burocrática del abuelo: cómo unos formularios derrotaron al ejército
En Latinoamérica, todos conocemos a ese familiar que tiene una historia de guerra imposible, un tío abuelo que asegura haber peleado con medio ejército solo armado con terquedad y un bolígrafo. Pero la anécdota de hoy supera cualquier sobremesa: es la historia de Alan, un bisabuelo persistente que, con pura paciencia y papeles, le ganó a la mismísima burocracia militar. Si alguna vez pensaste que llenar formularios era una pérdida de tiempo, prepárate para ver cómo pueden convertirse en el arma más poderosa de todas.
¿Quién dijo que la paciencia no era una forma de rebeldía?
La historia, contada por el bisnieto de Alan en Reddit, comienza en los años 40 o 50, cuando el joven Alan se enlistó en el ejército. Como buen soldado novato, estaba listo para lo que fuera… incluso para cruzar el océano. Cuando los sargentos preguntaron quién quería servir en el extranjero, Alan fue de los primeros en levantar la mano y llenar el dichoso formulario.
Pero aquí es donde la vida militar se parece tanto a la vida de oficina en Latinoamérica: llenas papeles, haces filas, saludas sonriente, y al final, tu solicitud desaparece como si nada. De los 20 reclutas, 16 lograron irse al extranjero, pero Alan, ni sus luces. Cuando fue a reclamar, el comandante le soltó la clásica: “Tú no estás en la lista, así que sigue tu camino” (o, en versión militar, “no sé ni me importa, retírate”).
El arte latinoamericano de insistir hasta ganar (aunque te llamen necio)
Molesto pero no vencido, Alan recurrió a la vieja táctica que todos aprendemos desde chicos: si no te hacen caso, ¡insiste! El destino (o la buena onda de la recepcionista) le sonrió, y le revelaron un pequeño secreto digno de cualquier oficina pública en México, Colombia o Argentina: “Tienes derecho a mandar todos los formularios que quieras, y nadie puede castigarte por eso”.
¿Te imaginas? ¡Una licencia para llenar papeles sin parar! Así que Alan, terco como buen latino, llenó otro formulario, y otro, y otro… Todos negados. Pero él seguía, como ese cliente que no se mueve de la ventanilla hasta que le resuelvan.
La rebelión del bolígrafo: cómo un formulario puede tumbar a un general
Después de una avalancha de formularios y negativas, el comandante perdió la paciencia y lo llamó a su oficina. Lo regañó como si fuera su hijo, le dijo que estaba perdiendo el tiempo del ejército y amenazó con castigos si seguía. Pero Alan, recordando el consejo de la recepcionista (que seguro era la tía buena onda de toda oficina), supo que legalmente no podían sancionarlo.
¿El resultado? Alan llenó otro formulario y lo mandó, desafiando al sistema con una sonrisa pícara. Al día siguiente, el comandante, ya resignado, le preguntó: “Si acepto este, ¿pararás de mandar papeles?” Alan, rápido como buena gente de barrio, respondió que sí. ¡Y por fin le sellaron el tan ansiado “ACEPTADO”!
Un comentario le dio en el clavo: “¿Quién iba a pensar que llenar formularios podía sentirse como un acto de protesta?” Y es que en Latinoamérica, entre tanto trámite y papeleo, cualquiera se siente guerrillero frente a la burocracia.
El mito del “formulario infinito” y la tradición de la picardía
Varios usuarios de Reddit, que también sirvieron en las fuerzas armadas, reconocieron la historia como algo muy real. Uno escribió: “Solo quienes han vivido la vida militar saben que estas cosas pasan. ¡Esta historia me suena a tantas anécdotas de mi tiempo en la Marina!” Otro agregó entre risas: “Esto es como las historias de mi papá en la milicia, pero aquí Alan fue el más vivo, usando la ley a su favor”.
Y es que, como decimos en México, “el que persevera, alcanza”. Alan nos recuerda a esos abuelos que, a base de insistir y conocer las vueltas del sistema, lograron milagros: desde conseguir una cita médica imposible hasta que les arreglaran la pensión.
Incluso el propio narrador admitió que la memoria puede fallar, pero la esencia de la anécdota sigue viva: la de un hombre que, con paciencia y un poco de rebeldía ancestral, consiguió lo que quería. Como comentó otro usuario: “Las historias de nuestros viejos siempre tienen algo de exageración, pero esta es tan absurda que seguro es real”.
Bonus: La segunda rebelión de Alan (el flojo que ganó la guerra de los uniformes)
¿Pensabas que Alan solo era bueno con los formularios? El narrador agregó otro episodio: cuando los oficiales revisaban los uniformes para dejar ir a los soldados a dormir, Alan se dio cuenta de que siempre lo regresaban a “arreglar” el uniforme, sin importar qué tan bien lo hiciera. Así que, en vez de perder el tiempo, se iba directo a la cama y solo regresaba cuando lo llamaban, hasta que los oficiales se cansaron y lo dejaron dormir. ¡Eso es tener colmillo!
Conclusión: ¿Y tú, cuándo has vencido a la burocracia?
La historia de Alan nos deja una lección muy latina: la burocracia puede ser lenta, absurda y exasperante, pero con ingenio y paciencia, hasta el sistema más terco termina cediendo. ¿Quién necesita un arma cuando tienes un formulario y ganas de insistir?
¿Tienes alguna anécdota de “venganza burocrática” o de cómo te las ingeniaste para que te hicieran caso en el trabajo, la escuela o el gobierno? ¡Cuéntala en los comentarios! Y recuerda: no subestimes nunca el poder de un formulario bien rellenado (y de la terquedad bien aplicada).
¿A poco no todos llevamos un Alan por dentro?
Publicación Original en Reddit: Won't let your soldier overseas, enjoy the paperwork.