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La princesa del caos: una noche en la recepción de hotel que nadie olvida

Escena cinematográfica que muestra una conversación humorística sobre excusas y relatos de vacaciones.
En esta ilustración cinematográfica, comparto risas con mi jefe sobre las excusas disparatadas que la gente inventa en temporada de fiestas. No sabía que la primera llamada del día traería una clásica historia de alguien que cree que su situación es una excepción a las reglas.

Si trabajas en un hotel, sabes que cada día es como una novela: nunca sabes si te va a tocar el capítulo del romance, el drama o la comedia. Y es que la recepción de un hotel en temporada alta —o en fechas como Navidad— es tierra de historias insólitas, personajes pintorescos y, claro, los famosos “cuentos tristes” que intentan romper todas las reglas del manual. ¿Quién no ha escuchado el clásico “Es que mi caso es diferente”? Bueno, hoy les traigo una historia que parece sacada de una de esas telenovelas de las ocho.

El cuento de la hermana y la cédula perdida

Eran días cercanos a Navidad. Yo, como buena recepcionista, me preparaba mentalmente para la avalancha de excusas y peticiones imposibles: “¡Pero es Navidad, tenga piedad!” pensé, bromeando con mi jefe sobre cuántos cuentos tristes escucharíamos ese día. No pasaron ni dos horas y ya sonaba el teléfono; del otro lado, un hombre con voz de urgencia empezó su relato.

El tipo quería reservarle una habitación a su hermana, pero había un pequeño (gran) problema: la identificación de ella estaba en su casa, no con ella. “¿Le puedo enviar una foto de la cédula para que pueda hacer el check-in? Yo pago la habitación”, me dijo como quien pide fiado en la tiendita de la esquina. Le respondí amablemente que no, que la persona tenía que presentar su identificación y una tarjeta para el depósito, porque reglas son reglas, aunque uno quiera jugar al Santa Claus de la recepción.

El hombre insistió: “En otro hotel sí me dejaron”. Y yo, por dentro, pensando: “¿Y por qué ya no está allá tu hermana, compadre?”. Pero bueno, uno debe ser profesional. Así que le repetí la política. Resulta que la hermana estaba en la tienda de enfrente porque le habían negado el teléfono (al parecer, lo había perdido esa mañana), y él solo quería ayudarla. Ya en ese punto, sospechaba que el hermano tenía más experiencia lidiando con estos líos que un papá con adolescente rebelde.

Cuando los problemas llegan en persona

No pasó mucho y la famosa hermana apareció en la recepción. Se veía y se escuchaba como si estuviera en otro planeta, preguntando si su hermano ya había reservado. Le expliqué que sin la identificación, ni modo. Ella empezó a quejarse como niña cuando no le compran dulces, y pidió usar el teléfono. Generalmente no dejo, porque solo hay una línea, pero la vi tan necesitada que decidí evitarme un dolor de cabeza mayor y accedí, solo por unos minutos.

Pero, ¡ay, ingenua yo! La “llamada rápida” se convirtió en diez minutos de lamentos y exigencias a su hermano: que le consiguiera un Uber, que le apartara otro hotel, que apurara todo porque ella no podía esperar. Cada vez que se alejaba del mostrador, yo la recordaba que era la única línea y que había que colgar pronto. Al final, el hermano llamó para avisar el modelo del vehículo que la recogería. Yo pensé: “Por fin, se acaba el show”.

Esperando la carroza… pero versión mexicana

La princesa del caos, vestida de amarillo chillón, se fue a esperar su Uber. Pero para ella, la espera de catorce minutos debió sentirse como una eternidad. A los diez minutos, regresó preocupada porque “seguro habían cancelado, ya era mucho tiempo”. Le mostré mi reloj y le expliqué que apenas iban diez minutos. Hizo puchero como si le hubieran quitado el pan dulce y regresó al sillón.

En ese rato, llegó una camioneta que no tenía nada que ver con la descripción. Ella, ni tarda ni perezosa, preguntó si era su Uber. No era. Finalmente, llegó el vehículo correcto y la hermana partió en busca de su próxima aventura… o más bien, a convertirse en el problema de otro recepcionista. Probablemente, el hermano seguiría lidiando con sus travesuras.

Reflexiones y moralejas de la comunidad

Lo más curioso de estas historias es que, como comentó alguien en la comunidad de Reddit: “Nunca sabes si el hermano realmente está preocupado o si todo es parte de un enredo para colarse gratis o usar una tarjeta robada. Hay muchas señales de alerta”. Otro usuario bromeó que, en estos casos, “la gente que quiere pasarse de lista nunca tiene celular que funcione”. Y es cierto: en Latinoamérica también hemos visto mil veces al cliente que “se le acabó el saldo”, “le robaron el celular” o “no puede contactar a nadie”.

Al final, como bien dijo el propio autor original, a veces uno no siente que lo quieren estafar, sino que el pobre hermano ya está cansado de cargar con el paquete una y otra vez. Hay que tener empatía, pero sin dejar que te agarren de piñata.

¿Y tú, qué hubieras hecho?

En los hoteles de Latinoamérica, estas historias son el pan de cada día. Aquí, las reglas están para cuidar a todos, no solo para molestar al cliente. Pero siempre hay quienes piensan que pueden romperlas “porque su caso es especial”.

¿Has vivido algo parecido en tu trabajo? ¿Cuál ha sido el cuento más absurdo que te han contado para que rompas las reglas? Cuéntanos tu experiencia en los comentarios. ¡Quién sabe, tal vez tu historia sea la próxima novela de la recepción!

Porque, al final, cada turno en la recepción es un episodio nuevo en la telenovela interminable de los hoteles. No te lo pierdas… ¡ni aunque quieras!


Publicación Original en Reddit: Crackhead Princess Sister