La legendaria bodega de bicicletas que nadie podía encontrar: una odisea hotelera
Septiembre en el hotel siempre trae un cambio de aires. Se va el bullicio de las vacaciones y llegan los trabajadores de la construcción, esos huéspedes silenciosos y cumplidos que solo usan la habitación para dormir y salir temprano a ganarse el pan. El hotel sigue con buen porcentaje de ocupación, pero se siente tan vacío como una taquería en plena cuaresma. Sin embargo, de vez en cuando aparece una pareja de viajeros “casuales” —sí, esos señores de cierta edad que buscan precios bajos y tranquilidad— y ahí es cuando empieza la verdadera aventura… aunque no siempre para bien.
Septiembre: el mes de los trabajadores… y de los exploradores confundidos
Quienes han trabajado en hoteles de Latinoamérica lo saben: septiembre es ese mes en que la clientela cambia de mochileros a obreros. Estos trabajadores llegan, saludan de lejos y no dan problemas. Como bromeaba un comentarista en el foro, “solo queremos una cama limpia, silencio y un microondas; ni nos quejamos del shampoo ni del piso”. Incluso algunos cuentan que llegan tan calladitos que parecen ratones jugando videojuegos en la habitación para no molestar ni a los fantasmas.
Pero cuando entra una pareja de esos viajeros “experimentados” que creen que todo debe estar hecho a su modo… ¡agárrense! En la historia de hoy, una pareja llega, lista para encontrarle tres pies al gato desde el check-in. Lo primero: intentan cancelar una noche de las dos reservadas. La recepcionista explica, amablemente pero firme, que la política del hotel es clara y no se pueden hacer cambios con tan poca antelación. “¡Pero reservé ayer!”, reclama la señora, que al parecer piensa que las reglas del hotel son opcionales. La respuesta: “Puedo pedirle mañana al gerente que haga una excepción”. Pero la dama, con tono de telenovela, ruge: “¿¡Mañana!?”. Y así empezó la función.
La bodega de bicicletas: ¿mito, leyenda o prueba de paciencia?
Justo cuando parecía que la situación se calmaba, surge el segundo acto: la infame bodega de bicicletas. La recepcionista, con la paciencia de un santo, les entrega la llave y les da indicaciones clarísimas: “Entran por la puerta del medio, doblan a la derecha y ahí dice ‘Bodega de bicicletas’”. Fácil, ¿no? Pues no para nuestros protagonistas.
Cinco minutos después, regresa el señor, sudando y con voz de trueno: “¿Dónde está la bodega de bicicletas?” La recepcionista repite, palabra por palabra, las instrucciones. Pero él insiste: “¡Es una puerta de vidrio!”. —“¡Pues sí, es por ahí!”.
Nada. Al rato, la señora aparece, con la llave en la mano y la cara de quien acaba de perderse en el metro de la Ciudad de México: “Fue muy complicado, dimos vueltas y vueltas por todo el edificio”. La recepcionista ya no sabe si reír, llorar o marcarle a Google Maps para que les haga un tour virtual.
Lo irónico, y aquí va la anécdota que muchos en el gremio reconocen, es que todo el verano decenas de huéspedes —incluso niños— encontraron la bodega sin problemas. Como comentó una persona en el foro: “Uno se pregunta cómo estas personas han llegado tan lejos en la vida”. Otro, con humor mexicano, remató: “Seguro ignoraron todos los letreros y siguieron caminando a ver qué se encontraban”.
El encuentro sorpresa en el baño: cuando el huésped va más allá
La cereza en el pastel llegó horas después. La recepcionista, buscando un momento de paz, fue al baño de la alberca. Al abrir la puerta… ¡zas! Se topa de frente con la señora, a escasos centímetros, como si estuviera esperando para hacerle una entrevista. “¿Dónde está el carro de equipaje?”, pregunta con urgencia. La recepcionista casi se infarta del susto —y no la culpamos, porque hasta en Latinoamérica nos enseñan que ni la suegra debe esperarte afuera del baño.
Como bien dijo otro comentarista: “Eso ya es pasarse de la raya, ¡ni en las telenovelas!”. Y no falta el que cuenta que, de haberle pasado, seguro habría gritado del susto, solo para que la señora luego se quejara también de eso.
Reflexión y risas: el arte de sobrevivir al servicio al cliente
La verdad es que trabajar en recepción de hotel es como tener un reality show sin cámaras. Los trabajadores son los huéspedes ideales: entran y salen sin hacer ruido, a veces hasta traen sus videojuegos, y lo máximo que piden es un microondas. Los “exploradores” de septiembre, en cambio, pueden convertir lo más sencillo en una expedición épica.
Así es la vida en el hotel: una mezcla de paciencia infinita, historias para contar y, a veces, la sensación de que ni con un mapa del tesoro algunos huéspedes logran encontrar lo que buscan. Como decimos en México: “No hay peor ciego que el que no quiere ver”.
¿Te ha pasado algo parecido? ¿Tienes anécdotas de huéspedes despistados? ¡Cuéntanos en los comentarios y comparte este blog con tus amigos! Porque en el mundo hotelero, cada día es una nueva aventura digna de contarse.
Publicación Original en Reddit: The unfindable bike locker