La dulce venganza del retrete: cómo un alcalde tacaño terminó nadando en su propio lío
¿Alguna vez has sentido esas ganas irresistibles de cobrarte una pequeña venganza? No hablamos de algo grave, sino de una de esas travesuras que, aunque simples, dejan una gran lección (y a veces un desastre inolvidable). Hoy te traigo la historia de una de las venganzas más ingeniosas, escatológicas y, sobre todo, satisfactorias que he leído en internet. Prepárate porque esta historia, aunque sucedió en Francia, podría haber pasado en cualquier pueblito de Latinoamérica donde la comunidad es cerrada, todos se conocen… ¡y los chismes corren más rápido que el Wi-Fi!
Un pueblito, un “forastero” y un alcalde más tacaño que un clavo en yeso
Todo comenzó en uno de esos pueblos donde si no naciste ahí, eres extranjero aunque lleves más de una década viviendo entre ellos. ¿Te suena? Seguro sí. Los habitantes de ese rincón rural del sur de Francia llevaban la desconfianza y la austeridad en la sangre, al punto de preferir un cáñamo como cinturón antes que comprar uno nuevo. La familia del protagonista, tras adquirir un terreno “abandonado” al productor local, fue vista como invasora. Los nativos jamás olvidaron ese “crimen imperdonable” y, durante años, les hicieron sentir el rigor de no ser “de los suyos”. Bullying escolar, miradas feas y hasta intentos burocráticos de atravesarles la sala con una carretera comunal (que solo se frenó cuando mencionaron abogados). En resumen, pura vida de pueblo chico, infierno grande.
El colmo: el alcalde y su alcantarilla de la vergüenza
Como en toda buena novela de pueblo, no podía faltar el alcalde típico: más agarrado que abrazo de suegra y maestro del “haz lo que yo digo, no lo que yo hago”. Cuando llegó el momento de modernizar el pueblo con un sistema de aguas negras digno del siglo XX, todos debían cooperar… menos él, porque decidió excluir su casa del proyecto para ahorrarse unos billetes. ¿La consecuencia? Sus desechos seguían bajando por el desagüe, directo a la calle, mientras el resto se aguantaba la peste y el coraje.
Imagínate vivir años escuchando a tu papá maldecir cada vez que pasaba frente a ese “hueco inmundo”, soñando con taparlo con espuma expansiva. Hasta que llegó el día: el protagonista, estrenando motoneta y con la complicidad de su mejor amigo, fue a la ferretería, compró cuatro latas de espuma y, bajo la luna, selló la entrada y la salida del “trono” del alcalde. Como decimos aquí, “la venganza es dulce… y a veces apestosa”.
Un amanecer inolvidable (y un alcalde patinando en su propio desastre)
La mañana siguiente fue digna de telenovela. El excusado del alcalde reventó, y el pobre hombre, apurado por ver qué pasaba, terminó resbalando en una mezcla de orines y “regalitos” justo en su puerta. Porque, claro, si vas a hacer una travesura, que se note en grande: el protagonista y su amigo también decoraron la entrada principal del alcalde con un poco de la famosa espuma, para que no quedara duda de su obra de arte.
Años después, el pueblo seguía hablando de “ese día” con carcajadas y hasta una pizca de admiración. Como comentó un usuario en el foro, “te otorgo el título de Caballero del Suelo Fecal”. Y es que, aunque algunos dijeron que la historia era larga (“¡Esto se pudo haber contado en la mitad del texto!”), otro replicó con picardía: “El alcalde ha entrado al chat”. No faltó quien sugirió que el autor tiene material de sobra para escribir un libro sobre las locuras y secretos de ese pueblo, porque, como pasa en muchos lugares pintorescos, la belleza es solo fachada y lo podrido suele estar bien escondido.
¿Y las consecuencias? El karma del que nadie quiso hablar
Si pensabas que habría castigo, te equivocas. Como en tantas historias de justicia poética, el alcalde jamás llamó a la policía porque hacerlo sería admitir que tenía su casa fuera de norma, con riesgos sanitarios y legales que lo hubieran dejado peor parado. Los rumores y las risas duraron años. El protagonista, quien siempre fue visto como “niño bueno”, ni siquiera figuró entre los sospechosos principales. Como suele pasar en las mejores historias de pueblo, la justicia llegó de la mano menos esperada.
Y entre bromas, uno de los comentaristas dejó caer: “¡Venganza de baño!” mientras otro afirmaba: “¡Maestro del relato de venganza pequeña!”. Así, la comunidad celebró la creatividad y el valor de hacer lo que medio pueblo soñaba pero nadie se atrevía.
Reflexión final: cuando la venganza tiene aroma a justicia
Esta historia nos recuerda que, aunque la vida en comunidad puede ser dura y los caciques locales creen tener el poder, a veces alguien encuentra la forma de devolver el golpe con ingenio. La próxima vez que te sientas víctima de una injusticia de alguien “más arriba”, piensa que, con un poco de creatividad y mucho humor, la justicia puede ser tan inesperada como resbalosa.
¿Tienes alguna historia de venganza pequeña digna de contarse? ¡Cuéntanos en los comentarios! Y recuerda: en el pueblo, todos se enteran… pero nadie olvida.
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