La dulce paz de hotel: cuando no pasa nada... ¡y es lo mejor del mundo!
En el mundo de la hotelería, donde casi siempre reina el caos entre huéspedes apurados, niños corriendo y llamadas interminables, hay algo que pocos aprecian: el bendito momento en que no pasa absolutamente nada. Sí, así como lo lees. Nada. Y para quienes trabajan tras el mostrador, ese “nada” es un verdadero regalo de los dioses.
Hace unos días, uno de esos milagros ocurrió. No había quejas, ni filas eternas, ni preguntas existenciales sobre la ubicación de la tina. Solo tranquilidad, series de televisión y hasta la posibilidad de comerse una torta sin interrupciones. Permíteme contarte por qué ese instante es el verdadero lujo, incluso más que una suite con jacuzzi y vista al mar.
El paraíso inesperado: cuando el hotel se queda en silencio
Los hoteles suelen estar llenos de vida... y de problemas. Pero, justo entre el final de las vacaciones de verano y el arranque de la temporada de “turismo otoñal”, sucede algo mágico: una tregua. Es ese pequeño espacio entre el bullicio de las familias veraneantes y la llegada de los “turistas de septiembre” —esos abuelitos expertos en encontrar ofertas, pero con expectativas de servicio cinco estrellas, aun pagando la habitación más barata de la zona.
Durante estos días, el hotel parece otro. Solo alojamos a trabajadores que llegan, saludan, saben de memoria el número de su placa y pagan con la tarjeta de la empresa. No hay dramas, no hay “¿por qué está tan lleno el hotel?” ni “¿seguro que tengo que dar mi número de placa?” Simplemente llegan, descansan y nos dejan en paz. Hasta el teléfono descansa. Es tan raro que hasta uno se pregunta si de verdad sigue habiendo vida allá afuera.
Como bien comentó un colega hotelero en línea: “¡Amo vacacionar en noviembre! No hay multitudes, puedes pasar desapercibido y, siendo sincero, lo único que quiero es que me dejen en paz después de semanas hablando con gente todo el día.” Y no puedo estar más de acuerdo.
El regreso de los “turistas de septiembre”: dramas nivel telenovela
Pero ese paraíso no dura mucho. Apenas se asoma un fin de semana largo, la paz desaparece y empiezan a llegar los personajes de siempre: el que jura que ya pagó, la señora que no entiende el concepto de poner el bolígrafo en su lugar y el clásico “dejé la tarjeta en el coche, ¿es indispensable?”. Es como si de repente el hotel se convirtiera en un episodio de “La Rosa de Guadalupe”.
Una escena memorable: mientras una señora discutía conmigo porque no quería dejar el depósito con tarjeta (según ella, solo traía débito), al mismo tiempo sonaba el teléfono. Era otra huésped preguntando, muy preocupada, cuántas estrellas tiene el hotel. “¿Solo tres? Uy, eso es poco, ¿no?” Y después, el clásico interrogatorio sobre la ubicación de la tina, como si el destino de sus vacaciones dependiera de ese dato. Cuando le pedí que llamara más tarde porque había fila, insistió: “Entonces pásame con alguien más”. Señora, no soy la central telefónica de Soriana, soy el único aquí. La paciencia es un músculo que se entrena, pero hay días en que uno siente que está en los Juegos Olímpicos de la tolerancia.
Como bien decía otro colega en los comentarios: “¿Quién, en su sano juicio, deja la tarjeta de crédito en el carro? ¡Hasta la cartera dejan! Y cuando es de esas de metal, llegan hirviendo después de horas al sol.” Uno no sabe si reír o llorar.
Noviembre: el mes soñado (y por qué todos queremos trabajar ese mes)
¿Sabes por qué todos los que trabajamos en hoteles soñamos con noviembre? Porque es el mes donde el bullicio baja, los eventos deportivos aún no arrancan y la clientela se reduce a quienes realmente quieren descansar. Uno lo siente como una mini-vacación pagada antes de la temporada de pesadilla: el temido “hockey season”.
Y créeme, si nunca has vivido un fin de semana con familias de hockey, no sabes lo que es el caos. Como comentó el autor original: “Son peores que monos sueltos. Los papás beben desde temprano, los niños corren y gritan por todos lados, y la última vez terminó con ocho patrullas en el hotel.” En ese contexto, noviembre parece el edén. Hasta un compañero lo resumió perfecto: “En noviembre, hasta la comida sabe mejor porque la puedes comer caliente y tranquilo”.
Eso sí, nunca falta quien dice: “No tomes vacaciones en noviembre, tómalas cuando más te necesiten, en septiembre u octubre. Así sí descansas de verdad.” Y aunque suena lógico, la mayoría preferimos ese respiro cuando la marea está baja.
Los héroes anónimos detrás del mostrador (y por qué a veces solo queremos que no pase nada)
Al final, trabajar en un hotel es como ser el director de una obra donde los actores cambian cada noche. Hay días en que la audiencia aplaude, y otros en que solo quieres que baje el telón y se apague la luz. Pero esos momentos de silencio, donde lo único que tienes que hacer es existir, son los que te salvan el ánimo y te recuerdan por qué sigues allí.
Así que si eres de los que viajan en temporada baja, no te sientas mal si no hablas mucho con el personal. La mayoría lo agradecemos. Como dijo un usuario: “A veces solo quiero interactuar lo mínimo y que me dejen resetear la mente.” Y nosotros también.
¿Y tú? ¿Eres de los que viajan en temporada alta y hacen mil preguntas, o prefieres la tranquilidad de noviembre, lejos del bullicio? Cuéntame tu peor (o mejor) experiencia en hoteles, ¡las anécdotas siempre se agradecen!
¿Nos vemos en noviembre? Yo, al menos, ya estoy contando los días para que vuelva ese “nada” tan delicioso.
Publicación Original en Reddit: A tale about nothing happening