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La desfachatez de una huésped: Crónica de una familia imposible en el hotel

En el mundo de la hotelería latinoamericana uno ya ha visto de todo: desde el viajero despistado que pide tacos a las 2 de la mañana, hasta la abuelita que cree que el control remoto es el teléfono. Pero hay historias que de plano se llevan el premio mayor, como la de “Mildred”, la protagonista de esta anécdota sacada de un hotel que bien podría estar en cualquier ciudad de México, Colombia, o Argentina. Prepárate para reír, indignarte y—¿por qué no?—sentirte identificado si alguna vez atendiste clientes imposibles.

Cuando el cliente cree que el hotel es su casa… y tú, su mayordomo

Todo comenzó cuando Mildred y su familia llegaron al hotel, enviados por un programa de asistencia por desastres. Desde antes de pisar su habitación ya venían con exigencias: querían ver los cuartos, asegurarse de que estuvieran cerca y, por supuesto, todo debía ser a su modo. El recepcionista, con la paciencia de un santo y la diplomacia de un político en campaña, les enseñó las habitaciones disponibles y les explicó la situación: el hotel estaba casi lleno, pero haría lo posible por acomodarlos juntos o al menos en pisos consecutivos, como quien arma el Tetris de la hospitalidad.

Mildred, de esas personas que parecen no entender la palabra “no se puede”, aceptó la opción de repartir a la familia en dos pisos, con cuartos lo más cercanos posible. Todo quedó por escrito en un mapa, con círculos y flechitas. Pero ya sabemos cómo es esto: al día siguiente, el mapa misteriosamente desapareció, y Mildred empezó a reclamar que le habían prometido todos los cuartos juntos y pegaditos. La típica jugada de “yo no fui, fue Teté”.

Quejas, hojas caídas y la paciencia como deporte extremo

Aquí es donde la historia se pone digna de telenovela. Mildred no sólo insistía en que le movieran a otros huéspedes para estar “todos juntos”, sino que cada día encontraba una nueva razón para quejarse: el clima, el ruido, ¡hasta las hojas que caían en el patio! Como bien comentó un usuario en el foro: “¿Y qué quería? ¿Un jardinero con rastrillo a disposición, esperando que cayera una hoja para correr a recogerla?”. En Latinoamérica, sabemos que si llueve, se moja uno; si hay árboles, caen hojas. Así de simple.

La situación se volvió tan insostenible que el recepcionista consideró llamar al servicio de vivienda para que se llevaran a Mildred. Pero, como en las buenas novelas, la protagonista siempre encuentra la manera de quedarse un capítulo más: su estadía fue extendida sin consultar al personal de recepción, y el calvario continuó.

Como bien señaló alguien en la conversación, “pasar las quejas al gerente fue la mejor jugada”. En Latinoamérica decimos: “Al toro por los cuernos”, y eso hizo el recepcionista, mandando todas las quejas directamente al jefe. Fue hasta que el gerente tuvo que lidiar con Mildred que entendió la dimensión del problema. A veces, sólo viviendo el infierno ajeno se aprende la lección.

El regreso de la huésped “peste” y la dignidad del trabajador hotelero

Finalmente, llegó el tan ansiado día de la partida. El staff celebró en silencio, como quien se quita una piedrita del zapato... pero la paz duró poco. Al poco tiempo, Mildred regresó, saludando como si fueran los mejores amigos. Esta vez, venía a pedir que le reservaran hotel en otro estado, como si la recepción fuera agencia de viajes y ellos, sus asistentes personales.

La respuesta fue clara y firme: “Señora, sólo puedo reservar en este hotel, y no tengo acceso a sus puntos ni puedo ver la disponibilidad de otros hoteles. Para eso está internet, ¿no?”. Aquí aplica el dicho: “El que no quiere caldo, le dan dos tazas”. Mildred se fue indignada, pero ahora, gracias a la intervención del personal, quedó vetada de volver a hospedarse ahí.

Como aportó un usuario en el foro: “Algunos flotan por la vida esperando que los demás les resuelvan todo”. Y vaya que Mildred flotaba... pero sobre la paciencia de todos.

Reflexión final: Entre el servicio y la dignidad

La historia de Mildred es el reflejo de quienes creen que “el cliente siempre tiene la razón”, pero olvidan que el respeto es de ida y vuelta. El personal de hotel, como tantas y tantos trabajadores de servicios en Latinoamérica, sabe lidiar con clientes difíciles, pero también merece un límite. Como aconsejó otro comentarista: “No siempre hay que disculparse. Si no es tu culpa, mejor explica y sigue con lo tuyo”.

Y tú, ¿alguna vez te tocó un cliente así? ¿Qué límites pondrías? ¿O eres el alma de la fiesta que pide cambio de cuarto hasta por el canto de los grillos? Cuéntanos en los comentarios, porque si algo nos une en Latinoamérica, es el arte de contar historias y reírnos del absurdo.

¡Hasta la próxima anécdota hotelera, y que Mildred no se cruce en tu camino!


Publicación Original en Reddit: The Audacity of Former Guest