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¡La camilla es mía y hago lo que quiero! Una historia de venganza en el trabajo

Escena cinematográfica de un vehículo médico no urgente con una camilla específica, resaltando la mala fe menor.
En este momento cinematográfico, capturamos la esencia de la mala fe menor dentro de un equipo médico no urgente. La historia se desarrolla cuando un camión y una camilla favoritos se convierten en el centro de un divertido enfrentamiento en el trabajo.

¿Alguna vez has tenido un compañero de trabajo tan especialito que parece que el mundo gira alrededor de sus caprichos? Bueno, prepárate para reírte (y tal vez identificarte) con esta historia real de “cumplimiento malicioso”, donde una simple camilla se convirtió en el trofeo de una batalla de egos y reglas absurdas en un equipo de transporte médico no urgente. Y es que, en cualquier oficina o ambulancia de Latinoamérica, siempre hay uno que “se siente el jefe” y otro que, con una sonrisa pícara, decide darle una cucharada de su propia medicina.

El “dueño” de la camilla y su mundo aparte

Todo comienza con nuestro protagonista, trabajador de un equipo médico, quien ya estaba cansado de las mañas de un colega musculoso y desordenado, apodado por algunos como “el niño grande”. Este personaje tenía la costumbre de exigir SIEMPRE el mismo camión (el #26) y, sobre todo, su camilla favorita, marcada con su nombre como si fuera el “trapo de la Selección”. Según cuenta el autor, ningún otro conductor era tan exigente. Los demás usaban la camilla que les tocara: manual, de bariátrica (para pacientes con sobrepeso) o eléctrica. Pero este compañero, no solo quería su camilla, ¡sino que la trataba como si fuera la Copa Libertadores!

Como pasa en cualquier chamba, un día su camión favorito se va al taller y lo asignan a otro (#29). Nuestro narrador, que no quería problemas, le acomodó su camilla y todo su equipo en el nuevo camión, dándose cuenta de que estaba consintiendo a un verdadero “divo de la ambulancia”.

Un berrinche digno de telenovela

El problema estalló cuando, para el día siguiente, el camión #29 fue asignado a otro conductor y el camión original seguía en el taller. Muy profesional, el narrador fue a avisarle al “dueño de la camilla” que movería su preciada cama rodante al camión #34, que estaba libre. Pero en ese momento, el otro se puso como si le hubieran cambiado el final de su novela favorita: “¡No toques mis cosas, carajo! ¡No voy a usar otro camión, que se quede aquí mi camilla!”

¿Quién no ha tenido un compañero así, de esos que arman un drama por cualquier cambio, como si fuera cuestión de vida o muerte? En ese momento, el narrador decidió aplicar la ley del mínimo esfuerzo (y máxima malicia): obedeció al pie de la letra y dejó todo donde estaba.

“Malicia indígena” al rescate: cumplimiento al pie de la letra

Aquí viene la parte sabrosa. Resulta que el camión #29, donde quedó la camilla, salía a la calle una hora antes de que el “divo” siquiera llegara a trabajar. ¿Y qué camilla llevaba ese camión? ¡Pues la suya! Así que, gracias a su propio berrinche, el “dueño de la camilla” se quedó sin su tesoro... y le tocó aprender, a la mala, que en el trabajo nadie es indispensable.

En los comentarios del post original, varios usuarios se divirtieron con la historia y hasta dieron ideas para una “venganza aún más sabrosa”, como ponerle la etiqueta de su nombre a todas las camillas (“¡Que todas sean suyas!”), o simplemente dejar la camilla fuera de servicio de vez en cuando para ver qué hacía el susodicho. Otros, como un usuario que decía “Este tipo es todo músculo y nada de cerebro”, señalaban que además era el más desordenado y olvidadizo, ¡dejando hasta los tanques de oxígeno abiertos y poniendo a todos en peligro! Un comentario incluso preguntó si eso no era un riesgo de incendio, a lo que respondieron que sí, que era cosa seria.

Y no faltó el clásico “¿Y qué pasó después?”, porque todos querían saber si el “niño grande” aprendió la lección o armó otro berrinche. El narrador cerró con un “Esa aventura será para el yo del mañana”, dejando a todos con ganas de palomitas y chisme.

Reflexión final: Lecciones de la vida laboral latinoamericana

Esta historia, aunque sucedió en Estados Unidos, podría pasar igualito en cualquier empresa de México, Colombia, Argentina o Perú. Porque en todas partes hay quienes se creen dueños de todo, y otros que aplican la picardía para ponerlos en su lugar. El “cumplimiento malicioso” es ese arte de obedecer órdenes al pie de la letra, pero con un giro que termina exponiendo lo absurdo de las reglas o de los berrinches ajenos.

¿La moraleja? A veces, lo mejor es dejar que la gente se enrede sola con sus propias exigencias. Como diría cualquier tía en la sobremesa: “Cada quien cava su propia tumba”. Y tú, ¿has vivido algo parecido en tu trabajo? ¿Te han dado ganas de aplicar un “cumplimiento malicioso” a algún jefe o compañero necio?

Cuéntanos tu historia en los comentarios y, si te gustó este chisme, ¡compártelo con tus amigos que siempre tienen una anécdota de oficina bajo la manga!


Publicación Original en Reddit: who's cot is it anyway!?