El ladrón de plumas y la venganza más rosa de la oficina
¿Alguna vez has sentido que en tu oficina hay un duende que se lleva tus cosas? ¿O peor aún, que ese “duende” tiene corbata, cargo de jefe y la manía de robarse hasta tu pluma favorita? Pues hoy te traigo una historia que parece sacada de una telenovela de horario estelar, pero en realidad es el tipo de venganza chiquita pero sabrosa que todos hemos soñado con ejecutar alguna vez en el trabajo.
Prepárate para reír, indignarte y, quizá, tomar nota para tu propia oficina, porque la creatividad latinoamericana es capaz de convertir hasta una pluma rosa en un arma de justicia poética.
El jefe tacaño, homofóbico y... ¡ladrón de plumas!
Todo empezó en una oficina cualquiera, de esas donde el aire acondicionado nunca funciona, el café sabe a calcetín y los chismes corren más rápido que los reportes de ventas. El protagonista de nuestra historia tenía un jefe de esos que se creen “muy machos”, que presume de ser el más rudo de la cuadra, pero que se ahorra hasta el último peso en el presupuesto de la empresa.
Para colmo, el tipo era homofóbico (lo cual, tristemente, obligó a su propio hijo a ocultar su orientación sexual) y tan codo que hasta las plumas para los empleados tenían que salir del bolsillo de cada quién. Nada de usar las plumas bonitas con el logo de la empresa; esas eran solo para los clientes. El resto, a comprar sus propias plumas o resignarse a escribir con lo que apareciera por ahí.
Pero hay algo que no perdona un godín: que le roben sus plumas, sobre todo si son esas gel que escriben suavecito, más si uno las compra con su propio dinero. El caso es que nuestro protagonista comenzó a notar que, misteriosamente, sus plumas desaparecían. Hasta que un día, vio a su jefe con dos de ellas en el escritorio. ¡El colmo!
El ingenio latinoamericano: venganza color rosa
Aquí es donde entra la magia del ingenio. Un amigo le sugirió una jugada digna de aplauso: comprar plumas negras y plumas rosas, intercambiar los cartuchos para que las plumas rosas escribieran en negro (y así nadie quisiera robárselas), y dejar las negras con tinta rosa para la trampa final.
Así, llenó su escritorio de plumas rosas con tinta negra, y dejó también algunas negras con tinta rosa, esperando el momento perfecto. Y claro, el destino es travieso: días después, el jefe tuvo una reunión importante con un cliente abiertamente gay (lo que ya de por sí lo ponía de malas, porque tenía que fingir tolerancia para cerrar la venta).
La escena fue de novela: el cliente, con toda la gracia del mundo, le dice al jefe “¡Me encanta que hayas firmado el contrato con tinta rosa!”. Mientras tanto, el autor de la venganza, escuchando desde la oficina de al lado, tuvo que aguantarse la risa para no delatarse. Dicen que el jefe tenía humo saliéndole por las orejas, pero no le quedó otra que sonreír y seguir con el show de “todo por la venta”.
¿Y la moraleja? El jefe nunca dejó de robar plumas, pero al menos, después del oso, mandó comprar suficientes plumas negras y azules para la oficina. ¡Victoria para el pueblo!
El arte de la venganza pequeña: creatividad y humor latino
Esta historia no solo nos saca una carcajada, sino que demuestra cómo, en Latinoamérica, hasta lo más cotidiano puede convertirse en una batalla épica de ingenio. En los comentarios de la comunidad, muchos compartieron sus propias estrategias para combatir a los “ladrones de plumas”:
Un usuario contó que en su trabajo con personas en situación de calle, pintó todas sus herramientas de color rosa fosforescente: “¡Siempre que alguien encontraba una herramienta rosa perdida, sabía que era mía y la devolvía!”. Otro compartió que en las obras de construcción, las herramientas rosas o con flores nunca se las robaban, porque los “machos” no querían ni tocarlas. Incluso surgió la anécdota de una notaria que usaba plumas con pompón o Hello Kitty, y jamás volvió a perder una.
Un comentarista resumió el sentir de todos: “En las oficinas, todos tenemos la historia del ladrón de plumas. Lo importante es aprender a reír y, si se puede, devolver la jugada con creatividad”.
Y por supuesto, no faltó el toque de humor ácido latino: “Ese jefe merece atorarse con un hueso de pollo y que nadie lo ayude”, dijo el autor original, con una maldición tan específica que parece sacada de la abuela más bruja del barrio.
¿Por qué es tan importante una pluma en la oficina?
En la cultura godín latinoamericana, una pluma no es solo una herramienta de trabajo. Es casi un símbolo de identidad, de espacio propio, de resistencia ante el caos laboral. Así como el mate en las oficinas argentinas o la taza personalizada en toda Latinoamérica, la pluma es ese pequeño lujo que nos recuerda que, en medio de la rutina, todavía podemos tener algo solo nuestro.
Por eso, cuando alguien se roba tu pluma, no solo te quita un objeto: te roba un poco de dignidad. Pero, como demuestra esta historia, siempre hay formas ingeniosas de plantarse, reírse y, de paso, darle una lección a los abusivos.
Conclusión: ¿Qué harías tú ante un ladrón de plumas?
Ahora te toca a ti: ¿te ha pasado algo parecido en tu trabajo? ¿Qué trucos usas para que tus cosas no “caminen solas”? Cuéntanos en los comentarios tu mejor historia de venganza pequeña, porque en cada oficina latinoamericana hay un héroe anónimo listo para defender el último bolígrafo.
Y recuerda: en la guerra de las plumas, ¡la creatividad siempre gana!
Publicación Original en Reddit: Another pen stealer