El huésped brillante y el misterio del mal olor: historias desde la recepción de hotel
¿Alguna vez te ha tocado lidiar con un aroma tan fuerte que parece que te persigue, incluso después de que la persona ya se fue? En los hoteles, como en la vida, uno se encuentra con todo tipo de personajes; pero hay historias que quedan impregnadas —literalmente— en la memoria (y en la alfombra). Hoy te traigo una anécdota que nos recuerda que el olfato, a veces, tiene más memoria que el corazón.
El huésped "shiny" que llegó para quedarse... y oler
Todo comenzó una mañana cualquiera, cuando un huésped de esos con membresía brillante (de esos que se sienten como si fueran embajadores de la ONU por tantos puntos acumulados) llegó al hotel a las 10 de la mañana y pidió hacer check-in anticipado. La recepcionista, fiel a las reglas del juego, le explicó que a esa hora había que pagar un extra, aunque él insistió en recordarle su estatus VIP. Finalmente, aceptó el cargo; después de todo, lo había dejado el Uber y no tenía a dónde ir.
Hasta ahí, todo bien. Pero pronto el personal se dio cuenta de algo que no se podía ignorar: el señor traía una nube invisible pegada a él, y no precisamente de buen perfume. Si entrabas al elevador después de él, sentías que estabas en una competencia de aguante nasal. "¡No, hombre, esto no es normal!", pensaba la recepcionista cada vez que tenía que acercarse a conversar con él (que, por cierto, era muy simpático y educado, siempre y cuando se mantuviera a distancia).
El huésped renovaba su estancia día tras día, lo que en el mundo hotelero suele ser señal de alerta. Pero, fuera del aroma, era un huésped modelo: pagaba puntual, no hacía ruido y hasta contaba que trabajaba en un restaurante cercano. ¿Pero cómo aguantaban los comensales, si el aroma era tan... peculiar?
Entre la cortesía y el dilema del mal olor
Como buen hotel, el personal de limpieza (las famosas "HK", o housekeeping) intentaba hacer su trabajo cada tres días. Pero cada vez que entraban a su habitación, salían con cara de haber visto al diablo. "Jefa, el aroma está fuerte", decían, aunque lo que querían decir era: "¡Ayúdenos, por favor!".
Uno pensaría que el hombre, con tanto acceso a duchas de hotel (¡y con agua caliente!), aprovecharía para refrescarse. Pero no. Después de un tiempo y con ayuda de señas y palabras cruzadas con el equipo de limpieza, descubrieron lo impensable: ¡el huésped jamás usaba la regadera! Todo un misterio digno de novela policiaca: ¿por qué alguien con acceso a un buen baño no lo usaría ni una sola vez?
Unos comentaristas en el foro donde se compartió la historia decían que en otras culturas la ducha diaria no es costumbre, sobre todo en lugares con clima seco o donde escasea el agua. Uno incluso recordó a sus colegas del Medio Oriente, explicando que allá el baño puede ser mensual. Pero como decimos en Latinoamérica: "Donde fueres, haz lo que vieres". Aquí, bañarse es básico, sobre todo cuando el calor aprieta.
El día en que el huésped se esfumó (pero el olor quedó)
Un día, la recepcionista llamó al huésped para recordarle el pago del día. Nada fuera de lo común. Pero él no bajó, ni contestó después. Finalmente, el equipo subió a su habitación. Todo estaba perfectamente empacado junto a la puerta, pero ni rastro del huésped. Solo quedaba el fantasma de su aroma, impregnado en cada rincón.
Pasaron días. Cuando regresó, explicó que había tenido que ir de urgencia a cuidar a su madre enferma. La recepcionista, que de verdad le tenía aprecio, escuchó con empatía. Sin embargo, las órdenes del gerente eran claras: ya no podían alojarlo. No se dijo la verdadera razón (el olor), sino que se mencionó "la desaparición" como motivo.
Muchos empleados de hotel en el foro compartieron anécdotas similares. Algunos hablaban de la "ceguera nasal", esa costumbre de no percibir el propio olor. Otros recordaban que a veces el problema es de acceso al agua o cuestiones culturales. Incluso hubo quien mencionó que las personas con autismo pueden tener aversión al agua por temas sensoriales. Pero la realidad es que, en el mundo laboral latinoamericano, el tema del mal olor es tabú: nadie se atreve a decírtelo de frente, pero todos lo comentan en voz baja.
Soluciones, reflexiones y un poco de humor
¿Y cómo se quita el olor? Hubo quienes recomendaron desde el clásico Odo-Ban (sí, ese que usan para el olor a mascotas) hasta máquinas de ozono, que son como exorcismos para los hoteles. Otros bromearon con dar "kits de bienvenida" con jabón y desodorante de cortesía, o crear un nuevo nivel de membresía: "Shiny, pero perfumado".
En la cultura latina, solemos usar mil trucos para evitar los olores: desde el típico "baño de pueblo" con agua fría y jabón zote, hasta el perfume de feria que se pone en exceso, como le pasó a un colega del foro que casi asfixia a sus compañeros por pasarse de fragancia. Al final, como dijo la mamá de un usuario: "Cuando tú ya te hueles, los demás llevan tres días sufriendo".
El desenlace: cuando el corazón y la nariz no se ponen de acuerdo
La historia termina con la recepcionista deseando lo mejor para aquel huésped. Porque, aunque el olfato es implacable, el corazón suele ser más noble. A veces la vida nos pone en situaciones incómodas, pero también nos recuerda que detrás de cada olor, hay una historia.
¿Y tú? ¿Alguna vez te ha tocado lidiar con un "aroma inolvidable" en el trabajo, en el transporte o en casa? ¿Te animarías a decirle a alguien que necesita un baño? Cuéntanos en los comentarios, que aquí nadie te va a juzgar... pero sí te vamos a leer con una naricita tapada.
Publicación Original en Reddit: The Nose Knows