Saltar a contenido

El frasco de las groserías: Cómo una venganza inocente dejó a papá sin cambio

Hermanos alrededor de una mesa, sorprendidos por un frasco de maldiciones, capturando un momento nostálgico de la infancia.
En esta escena cinematográfica, vemos a los hermanos en la mesa, sorprendidos por la inesperada regla de su padre: el frasco de maldiciones. Este momento juguetón pero serio nos recuerda las travesuras de la infancia y las lecciones aprendidas en las comidas familiares.

¿Alguna vez te han querido corregir con una de esas reglas familiares que, en vez de imponer orden, terminan volviéndose en contra de quien las inventó? Prepárate para reírte con esta historia digna de sobremesa, donde las malas palabras dejaron de ser pecado... y empezaron a valer 25 centavos cada una.

En Latinoamérica, todos hemos conocido a ese tío, papá o abuelita que, aunque se la pase regañándonos por decir "groserías", suelta una tras otra cuando se le cae el café o pierde el América. Pero, ¿te imaginas poder cobrarle por cada palabrota? Pues eso le pasó a una familia gringa y, la verdad, no tiene desperdicio.

De la buena intención al negocio familiar

Todo empezó como en muchas casas: los hijos, medio traviesos, dejan escapar una que otra mala palabra en la mesa. Nada grave, puro “ay, caray” o “chin”, pero una noche, el hermano mayor suelta el famoso “F-bomb” en pleno momento familiar. El papá, harto de los “malos ejemplos”, decreta la ley del frasco de groserías: ¡25 centavos por cada palabrota! Y no sólo para los chamacos, sino para todos en casa.

Aquí es donde la historia se pone buena. Porque, como bien dicen, “el pez por la boca muere”. Los hijos se miran y preguntan: “¿Para todos?” Y el papá, confiado, responde que sí. Lo que no calculó fue que el principal inspirador de las groserías era él mismo.

¡Papá, a pagar! El karma cobra con intereses

Esa primera noche, entre risas y miradas cómplices, los hijos empiezan a contar cada “palabrota” del papá. Al final de la cena, ya le habían sacado 50 centavos. Pero ahí no termina la cosa: durante toda la semana, los hijos se convierten en auditores del lenguaje, cazando cada “carajo” y “maldita sea” que se le escapa al jefe de familia. ¿El resultado? En solo siete días, el frasco acumuló la increíble suma de ¡53 dólares! Imagínate la cantidad de tacos al pastor que podrías comprar con ese dinero en la esquina.

La comunidad de Reddit se volvió loca con la historia. Un usuario comentó: “Eso sí que es interesante, ¡pero cuidado con el puto lenguaje!” Otro bromeó: “¡Eso es un chingo de dinero!” Y así, entre carcajadas y recuerdos, varios lectores compartieron sus propias anécdotas, como la mamá que confundía “líquido” con “licor” en la escuela, o el que terminó lavándose la boca con jabón por preguntar inocentemente qué significaba “pissed”.

Entre jabones y palabras prohibidas: Historias que nos unen

No sólo en Estados Unidos existen estas “técnicas de corrección”. En Latinoamérica, ¿quién no ha recibido un buen jalón de orejas, o hasta un lavado de boca con jabón Zote, por decir una grosería? Una lectora contó cómo en su casa, la palabra “gordo” era casi una mala palabra, y su hija pequeña preguntó si podía decir la “palabra con C”... refiriéndose a “caca”. ¡Hasta el más estricto termina soltando la risa!

Otra historia destacada fue la del jefe que, harto de escuchar groserías en la fábrica, impuso el famoso frasco. Pero bastó una noche de máquinas rebeldes y palabras altisonantes para que la operadora prefiriera dejar unos pesos de una vez, “para cubrir todas las que iba a decir”. Al final, terminaron gastando el frasco en botanas y refrescos para el equipo.

Como bien comentó un usuario: “Si hubiéramos tenido frasco de groserías en mi casa, yo estaría en bancarrota desde hace años”. ¡Cuántos se sentirán identificados!

La verdadera lección: reírse juntos… y cenar gratis

Al final, el papá de la historia reconoció la jugada maestra de sus hijos y, lejos de enojarse, usó el dinero acumulado para invitarlos a cenar. Después de ese viaje de negocios, nadie volvió a mencionar el frasco de las groserías. ¿La moraleja? A veces, las reglas estrictas solo sirven para unir más a la familia… y para recordar que todos somos humanos, hasta el más regañón del hogar.

Así que la próxima vez que te quieran poner una “multa” por decir groserías, recuerda esta historia. Quizás, si tienes suerte, termines celebrando con una buena cena y una anécdota para toda la vida.

¿En tu familia hay alguna regla divertida o castigo curioso por decir groserías? ¿Alguna vez el castigo se te volvió en contra? ¡Cuéntanos en los comentarios y comparte tu experiencia! Porque en cada casa, las groserías tienen su propio precio… y a veces, ¡valen oro!


Publicación Original en Reddit: The curse jar