El día que la grúa levantó más que egos: Venganza en el escuadrón antibombas
Hay días en el trabajo donde uno se siente como actor secundario en una telenovela de Televisa, pero con cascos de seguridad en vez de tacones. Así fue para el operador de grúa de nuestra historia, quien, armado con paciencia y un poco de picardía, terminó dándole una cucharada de su propio chocolate a un compañero que, como decimos en México, se sentía el último bolillo del paquete.
¿Quién iba a pensar que una simple grúa y un poco de “red tape” gubernamental podrían orquestar una venganza tan sabrosa, digna de cualquier sobremesa familiar? Prepárate para conocer cómo un escuadrón antibombas terminó aprendiendo que no todo explota… a veces las cosas solo se elevan.
Cuando el jefe se cree dueño de la calle (y del estacionamiento)
Todo comenzó en un edificio gubernamental, de esos donde el papeleo es más grueso que los tamales de la abuela en Navidad. El equipo de nuestro protagonista llegó con todo en regla: permisos, horarios y la mejor actitud para hacer una mejora en las instalaciones del escuadrón antibombas. Pero, como suele suceder en muchos trabajos en Latinoamérica, siempre hay alguien que se siente el rey del gallinero.
El supervisor del escuadrón salió hecho un energúmeno apenas vieron la grúa. Que si estaban bloqueando la salida, que si eran una unidad de emergencia, que si “aquí mis chicharrones truenan”. Pero, sorpresa, la entrada circular estaba 100% libre. Nuestro operador, con el clásico sarcasmo de quien ya ha visto de todo, le preguntó: “¿Y esa entrada de allá, apá?” Y ahí fue donde el hombre casi explota, como torta de tamal en microondas.
Lo que siguió fue una escena digna de cualquier oficina pública: jefes por aquí, jefes por allá, trajes, corbatas y caras largas. Entre tanta burocracia, el equipo de la grúa fue enviado a una “comida larga” (sí, de esas que empiezan con café y terminan en sobremesa de chistes de suegras) mientras los de arriba resolvían el pleito.
El karma llega en grúa (y con almuerzo pagado)
Pero lo mejor estaba por venir. Cuando todo se calmó, regresaron al trabajo y, de pronto, el jefe del supervisor conflictivo se acercó con una propuesta digna de novela: “¿Oye, puedes levantar ese coche con la grúa?” Resulta que ese coche no era cualquiera, era el del mismísimo supervisor que les había hecho la vida imposible.
Aquí algunos lectores pensarán: “Eso huele a trampa”. Pero, como diría cualquier tía en un bautizo: “Cuando el río suena, es porque agua lleva”. Y es que, según los comentarios de la comunidad de Reddit, para que los altos mandos autoricen dejar un auto colgando todo el día, el tipo tenía que ser un dolor de muelas profesional. Como dijo alguien: “Eso no pasa a menos que todos ya odien a ese tipo. Ese tipo de aprobación grita ‘no es su primer incidente’”.
Así que, con el apoyo de los jefes y la ley de “aquí mando yo”, el operador levantó el coche unos metros y se fue de nuevo a comer, pero ahora con el almuerzo pagado por el mismísimo jefe del escuadrón. Todo un plot twist digno de película argentina.
La dulce victoria: de villano a “el compa buena onda”
¿El resultado? El coche del supervisor quedó flotando durante horas, y a él no le quedó más que negociar su “rescate” con una disculpa pública. Solo después de pedir perdón y prometer buen comportamiento, le devolvieron su nave… ¡una hora después de su salida! Y como broche de oro, de ahí en adelante fue el tipo más amable del edificio. Como bien comentó alguien en Reddit, “Fue más dulce que los calcetines de la tía Jenny envueltos en una caja tamaño PlayStation”.
Este tipo de historias resuena mucho en nuestra cultura laboral latinoamericana, donde la convivencia diaria se cuece a fuego lento entre bromas, indirectas y, claro, ese arte tan nuestro de la venganza sutil pero efectiva. Si trabajas en oficinas públicas, sabes que las reglas no escritas y el “quítate que ahí te voy” son el pan de cada día.
Reflexiones de la comunidad: explosiones, grúas y buen humor
Lo mejor de todo es que esta historia encendió los mejores comentarios en la comunidad, llenos de juegos de palabras y sarcasmo. “Los del escuadrón antibombas no deberían tener la mecha tan corta”, bromeó uno. Otro añadió: “¡Los temperamentos explosivos se sienten en casa en el escuadrón antibombas!” Y no faltó el que remató: “Esto sí que fue uplifting”, jugando con la palabra “levantar” y el ánimo del día.
Incluso hubo expertos que señalaron que dejar un auto colgando así podría ser un “OSHA violation” (algo así como la STPS gringa), pero como aclaró el protagonista, esto fue hace más de 30 años y en instalaciones gubernamentales donde las reglas son, digamos, flexibles… cuando conviene.
Algunos lectores, con años de experiencia en el sector público, aplaudieron la táctica: “Mi venganza siempre fue usar sus acciones en su contra y decir: ‘¡Solo seguía órdenes, jefe!’”, lo que aplica igual en una oficina de México, Argentina o Colombia. Porque si algo sabemos hacer en Latinoamérica es sobrevivir a los jefes complicados… y, cuando se puede, darles una pequeña lección.
¿Y tú, qué hubieras hecho?
Esta historia nos recuerda que, en el trabajo, el karma tiene muchas formas. A veces, solo hay que esperar el momento justo y tener una buena grúa a la mano. ¿Te ha tocado lidiar con un jefe o compañero así de “explosivo”? ¿Cuál ha sido tu pequeña venganza en la oficina? Cuéntanos tu anécdota y no olvides compartir este relato con ese compa que también sueña con ver el auto de su jefe flotando (metafóricamente… o no).
Porque, como decimos por acá, “El que se lleva, se aguanta”. Y a veces, la vida laboral sí te da el chance de ver la justicia en el aire… aunque sea por cinco pies.
¿Te gustó la historia? ¿Tienes una mejor? ¡Déjala en los comentarios y sigamos levantando el ánimo (y los autos) juntos!
Publicación Original en Reddit: Revenge on a bomb squad