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El día que conocí al único hombre que iba al cielo… y me acosó en la recepción del hotel

¿Alguna vez sentiste que estabas viviendo una serie de Netflix en vez de una jornada normal de trabajo? Pues así me sentí yo en el “Worst Eastern Hometown”, ese hotel donde cada turno podría ser el inicio de una novela de realismo mágico… o de terror psicológico. Y es que, aunque suelo bromear con mis amigos sobre las cosas raras que pasan entre huéspedes y recepcionistas, lo que viví esta semana se lleva la palma: conocí al “único hombre que irá al cielo”, y de paso, me llevé una dosis gratis de acoso y surrealismo.

La verdad, pensé que sería una semana aburrida. Ya hasta extrañaba tener anécdotas para justificarme y no hacer la tarea pendiente. Pero el universo tiene esas formas tan suyas de darte justo lo que no pediste, y vaya que esta vez se lució.

Cuando la recepción es un confesionario… y un campo de batalla

Todo empezó una noche cualquiera. Yo, con mi look bien colorido (sí, ese de pelo rosa, tatuajes a la vista y accesorios que ni la Rosalía), estaba en la oficina del hotel, disfrutando de la tranquilidad que solo el turno nocturno puede dar. Pero la calma duró menos que un meme viral: de repente, alguien tocó la ventana. Confieso que casi brinco del susto, porque uno piensa “es un compañero haciendo bromas”, pero no, era un desconocido. Saludé con la incomodidad de quien no sabe si reír o llamar a seguridad.

El tipo, después de ese saludo fantasmagórico, apareció en la recepción diciendo que quería extender su reserva. Pero lo que realmente quería era conversar… y vaya que sí. Me contó que era “muy cristiano”, que tenía problemas de pareja y que, básicamente, era el paladín de la fe. Yo, mientras tanto, pensando: “¿Esto será una señal del más allá o solo otro huésped excéntrico?”

No pasó mucho para que la situación subiera de nivel. Unos minutos después, una pareja se quejó porque alguien les dejó flores y una nota religiosa en el coche. Señores, ¡qué miedo! Eso no pasa ni en las telenovelas de las nueve. Como buena recepcionista latina, avisé al gerente, pero ni loca salía sola al estacionamiento de noche. Recuerda, en nuestros países uno aprende rápido que “mujer precavida vale por dos”.

Entre lo divino, lo terrenal… y lo incómodo

La mañana siguiente, después de mi recarga de energía con desayuno en casa de mis papás y unos mimos al cachorro nuevo, volví al hotel y la rutina siguió. Pero, claro, el “elegido” volvió a aparecer. Ahora quería platos desechables y cubiertos, pero lo que realmente quería era otra confesión: que su abuelo había “ganado la guerra de Vietnam”, que le regalaron cien dólares y que él era el único hombre destinado al cielo. En serio, parecía sacado de una mezcla entre “El Chavo del 8” y una novela de Gabriel García Márquez.

Mientras tanto, la comunidad de Reddit comentaba que, aunque la salud mental es delicada y merece empatía, una cosa es estar mal y otra hacer sentir incómoda a otra persona. Como bien dijo uno de los usuarios: “Sí es acoso sexual. Nadie merece sentirse inseguro, tenga o no problemas mentales”. ¡Y cómo no darles la razón! Porque, aunque me reía por dentro de lo surrealista, por fuera ya buscaba pretextos para regresar a la oficina cada vez que el “elegido” se ponía intenso.

No faltó quien en los comentarios compartiera historias similares. Una chica contó cómo un huésped la acosaba hasta que tuvo que dejar de ser amable y ponerle un alto. Otra persona narró una experiencia casi de película, donde un hombre decía ser el “segundo Jesús” y terminó haciendo ruidos de metralleta frente a los niños. ¡Esto es más común de lo que parece en los hoteles!

Sobrevivir al “elegido” y otros milagros cotidianos

Lo más curioso es que, pese a mis vibras de “no religiosa y bien queer”, el tipo insistía en que yo estaba “salvada”. Me lanzaba piropos (no solicitados, claro), preguntaba por mi origen étnico y hasta soltó comentarios sobre escenas sexuales en novelas viejas. Ya para ese punto, yo me refugiaba detrás del “tengo mucho papeleo que hacer”, ese clásico latinoamericano para zafarse sin ofender.

Más tarde, la situación se puso tensa cuando él intentó que le hiciera una llave de habitación usando el nombre de otra persona. Dijo que era su esposa o novia (a la que, por cierto, bauticé mentalmente como “María” para seguir la temática bíblica). La pobre María también parecía abrumada, pero al menos me regaló un cumplido sobre mi cabello antes de que su acompañante retomara su retahíla de teorías celestiales.

Por si fuera poco, cuando pensaba que la noche no podía ponerse más rara, el “único hombre que irá al cielo” regresó para decirme: “Avísame si cruzo algún límite”. Y yo, como buena latina, preferí reírme y no armar pleito. Pero por dentro, ya estaba mandando mensajes a mi papá para que viniera a acompañarme a recoger mis cosas y salir bien custodiada.

Reflexiones finales: ¿Dónde está el límite entre la empatía y la seguridad?

Si algo me enseñó este episodio es lo importante de poner límites, pero también de entender que trabajar en atención al cliente en Latinoamérica es enfrentarse a lo inesperado con una sonrisa, mucho ingenio y, a veces, con la ayuda de la familia.

Como dijeron varios en la comunidad, los hoteles no son hospitales psiquiátricos y el bienestar del personal debe estar por encima de cualquier excusa. Y aunque siempre trato de ser empática, tampoco hay que aguantar lo inaguantable. Una cosa es entender la locura ajena y otra dejar que traspasen tu tranquilidad.

¿Te ha pasado algo parecido en tu trabajo? ¿Cómo manejas esas situaciones que van más allá de lo profesional? Cuéntame en los comentarios, ¡no me dejes sola en esta cruzada! Y recuerda: si alguna vez te topas con el “elegido” del cielo, mejor ten a la mano una excusa para salir corriendo… y el respaldo de tu gente, como buen latino.

¿Listos para una nueva jornada en la recepción? Porque aquí, cada día es un milagro… o una prueba de paciencia.


Publicación Original en Reddit: I met the only man going to heaven, and he sexually harassed me.