El día que conocí a la Reina de los Pierogi: una odisea en la tienda de congelados
¿Has tenido de esos días en el trabajo en los que sientes que lo has visto todo… y de repente la vida te sorprende con algo aún más extraño? Así fue una tarde otoñal en una pequeña tienda de comidas congeladas, cuando una señora diminuta, pero con una presencia que hacía temblar hasta los refrigeradores, irrumpió exigiendo justicia… y un reembolso por unos pierogis que parecían haber sobrevivido la Tercera Guerra Mundial.
Si alguna vez pensaste que trabajar en ventas minoristas era aburrido, esta historia te hará cambiar de opinión. Prepárate para reír, indignarte y preguntarte: ¿hasta dónde puede llegar un cliente para defender su comida?
El Asalto de la Reina de los Pierogi
Todo comenzó como cualquier otro turno lento: uno en el que casi puedes escuchar el zumbido de los congeladores más fuerte que el murmullo de los clientes. Yo estaba en la caja, medio distraído, cuando la puerta principal se abrió de golpe como si alguien estuviera recreando una telenovela dramática. Entra la “Reina de los Pierogi”, una señora bajita de unos sesenta o setenta años, furiosa, cargando una bolsa sudorosa cerrada con una liga para el cabello.
Sin saludar ni preguntar, se planta frente a mí y azota la bolsa sobre el mostrador:
—“¡Exijo un reembolso! ¡Preparé estos pierogis para mi familia y estaban duros como piedras y asquerosos!”
Intenté mantener la calma, como buen vendedor latinoamericano acostumbrado a clientes que piensan que “el cliente siempre tiene la razón” incluso cuando la razón está en otro continente. Busqué el código en la bolsa para procesar la devolución, pero era imposible: el plástico estaba tan viejo y arrugado que ni con una lupa de Sherlock Holmes se veía algo.
El Misterio del Código Perdido y el Congelador del Olvido
Mientras trataba de encontrar el producto en el sistema, me enfrenté a la otra pesadilla de cualquier tienda: el bendito sistema de punto de venta, que ese día decidió hacer huelga y no mostrar nada. La fila detrás de la señora crecía, la presión aumentaba y yo sentía que el sudor frío me bajaba por la espalda. Mi compañero estaba perdido en el freezer (literalmente), así que me armé de valor y fui a buscar el producto en los congeladores, rogando que la memoria me ayudara a recordar dónde estaban esos dichosos pierogis.
Aquí, un dato curioso: en muchas tiendas latinas, los empleados se saben de memoria dónde está el arroz, la carne para asado, o el dulce de leche. Pero aquí, con tantos platillos extranjeros y nombres enredados, hasta el más aplicado podía confundirse. Yo, la verdad, era pésimo para eso.
Busqué y busqué, pero nada. Ni rastro de pierogis. Regresé derrotado al mostrador, mientras la fila de clientes me miraba entre divertidos y compasivos, como quien observa a un árbitro a punto de sacar tarjeta roja. La señora, cada vez más molesta, exigió hablar con el gerente, y como buena tienda latinoamericana, el gerente ("Ron") estaba ausente, así que tocó llamarlo al celular.
La Revelación y el Final Inesperado
Al explicarle la situación a Ron, me sorprendió con la verdad más inesperada del día:
—“¿Pierogis? ¡Nuestra tienda no vende pierogis desde hace por lo menos cinco años!”
¿Cinco años? ¿Eso significa que la señora intentaba devolver comida casi tan vieja como la serie original de El Chavo del 8? El asombro me dejó mudo. Ron me pidió pasarle el teléfono a la clienta, y mientras ella gritaba acusaciones de “empleados irrespetuosos” y “pierogis inaceptables”, el resto de los clientes mantenía una calma casi cómplice. Como comentó alguien en la comunidad de Reddit, “cuando todo el mundo te dice que estás mal, para algunos eso solo significa que todos los demás son tontos menos tú”.
Por fin, con ayuda de mi jefe y hasta de los clientes en la fila, logramos que la señora se hiciera a un lado. Al poco rato, terminó su llamada furiosa y desapareció, dejando solo un charquito triste de agua en el mostrador… o eso pensé.
El Misterio de la Bolsa Perdida
Cuando el ambiente por fin se calmó y mi compañero salió del freezer, le pregunté por la bolsa de pierogis. Resulta que, en un descuido digno de película cómica, la señora regresó sigilosamente, recuperó su bolsa de pierogis prehistóricos y se fue, probablemente lista para intentar su reembolso en otra tienda o, como sospechó un usuario, para llevar su “evidencia” hasta las oficinas centrales. Aquí uno se da cuenta de que hay clientes que no se rinden ni aunque les demuestres que están equivocados con pruebas y testigos.
Al final, los clientes en la fila se portaron buenísima onda, riéndose de la situación y solidarizándose conmigo, como suelen hacer en nuestra cultura cuando el absurdo supera la paciencia. Uno hasta bromeó diciendo que ya se imaginaba la escena animada como un episodio de “Bob’s Burgers” (¡sería un gran capítulo, la verdad!).
Reflexión Final: El Cliente No Siempre Tiene la Razón… Pero Siempre Tiene una Historia
Trabajar en ventas en Latinoamérica o en cualquier parte del mundo es enfrentarse a lo inesperado. Hay días que parecen de rutina, y otros en los que una simple devolución se convierte en una leyenda urbana. Lo importante es aprender a reírse de lo absurdo, apoyarse entre compañeros y recordar que, al final del día, cada cliente trae consigo una historia… aunque no siempre esté fresquita.
¿Tienes una anécdota similar en tu trabajo? ¿Algún cliente que se ganó el título de “Rey” o “Reina” en tu local? ¡Cuéntanos en los comentarios! Aquí celebramos esas historias que solo pueden pasar en la vida real… o en una tienda de congelados.
Publicación Original en Reddit: My encounter with the Pierogi Queen