Saltar a contenido

El día que acepté imprimirle un documento a un huésped... y casi me arrepiento para siempre

¿Alguna vez has pensado que ayudar a un huésped en plena madrugada sería algo sencillo? Yo sí. Pero después de una noche larga de café, papeles y archivos misteriosos, me quedó claro que, en los hoteles, nada es tan fácil como parece. Hoy te comparto esa historia que me hizo reflexionar sobre los límites entre ser buena onda… y ser el “compuñero” de la recepción las 24 horas.

Una madrugada tranquila... hasta que sonó el timbre

Estaba en mi turno nocturno, ese en el que el silencio solo lo rompen las máquinas de café y el sonido de mi serie favorita pausada. De repente, a eso de las 4 de la mañana, suena el timbre en el vestíbulo. Como buen veterano de la recepción (y con ese toque de competencia interna que todos tenemos), me apresuro al ventanuco antes de que el huésped lo encuentre —aunque, siendo honestos, el ventanuco no está nada escondido, pero uno se motiva con poco a esas horas.

Aparece un señor, más o menos de mi edad, que me suelta de golpe: “Necesito usar la impresora”. Le explico que el centro de negocios está cerrado hasta las 6, pero, queriendo ser más servicial que una abuelita en domingo, le ofrezco imprimirle yo los documentos si me los manda por correo. Él acepta, pero… aquí empieza el verdadero desafío.

Tecnología y paciencia: dos cosas que no siempre van de la mano

El huésped, con su celular en alto, me pregunta si puede imprimir desde ahí. Yo, que soy de los que armaban sitios web con HTML y Javascript cuando usar Altavista era lo máximo, le digo que no me siento cómodo usando el teléfono de otro (¡imagínate que se me cae y se rompe!). Le explico que me lo mande por correo. Y ahí vamos: diez minutos de tutorial exprés para enviar archivos, con el señor sentado en la banca, dándole y dándole al celular como si estuviera jugando “Serpiente” en un Nokia viejito.

Después de un rato, veo por la cámara que por fin deja el teléfono. Espero el correo, pero nada. Vuelvo al ventanuco, reviso con él, y me muestra orgulloso su pantalla: “¡Ya lo mandé!” Pero mi bandeja de entrada sigue tan vacía como la sala de juntas un viernes a las seis. Al final, le digo que mejor pase por las impresiones en la mañana y se va, dejándome esperando el dichoso archivo.

Cuando el correo llegó... y la sorpresa que me llevé

Diez minutos después, por fin entra el famoso correo. Pero, ¡oh sorpresa! No era un PDF, ni un Word, ni nada sencillo. ¡Eran seis archivos PNG! Y no, no eran memes ni stickers de WhatsApp. Eran fotos borrosas y chuecas de documentos, algunas sin enfoque y otras con pedazos faltantes. En ese momento pensé “esto seguro es cosa de espías mal entrenados, o mínimo de alguien que nunca usó un escáner”.

Y como si fuera poco, llegaron tres correos más, cada uno con más fotos. ¡Terminé imprimiendo casi 20 páginas de pura basura ilegible! Las acomodé bonito, les puse un clip y una notita, y las dejé listas para el huésped.

Reflexiones de la comunidad: Todos tenemos un “huésped misterioso” en la vida

No soy el único que ha vivido algo así. En la comunidad de Reddit, varios compartieron anécdotas igual de absurdas. Como el usuario que recibió capturas de pantalla hechas en la peor resolución posible, con rayones que parecían hechos por un niño con crayones, o el que tuvo que batallar con oficinas gubernamentales y archivos escaneados, solo para descubrir que la digitalización mal hecha puede ser peor que el papel.

Muchos coincidieron en lo mismo: a veces uno intenta ayudar y termina con horas perdidas y resultados inútiles, pero mejor no pelearse. Como decía un comentario: “Al menos el técnico intentó ayudar, y es mejor agradecerle que regañarlo”. Al final, la paciencia es más valiosa que cualquier impresora funcionando.

Algunos señalaron el clásico comportamiento de los huéspedes que exigen todo para “ya” y luego desaparecen como si nada. Uno contó cómo un huésped pidió un paquete con urgencia y luego regresó por él… ¡24 horas después! La moraleja es clara: a veces la urgencia solo existe en la mente del cliente, y uno termina corriendo para nada.

Y sí, también surgieron teorías de conspiración: “¿No será que andabas imprimiendo documentos secretos de la CIA?” Pero no, en mi caso, el huésped sí existía y solo necesitaba… bueno, no sé exactamente qué necesitaba, porque nunca recogió su “paquete de basura” impresa.

Lo que aprendí (y lo que te recomiendo si trabajas en atención al cliente)

La próxima vez que alguien me pida un favor tecnológico, lo primero será preguntar: “¿De cuántas páginas estamos hablando? ¿En qué formato está el archivo? ¿Sabes usar el correo?” Y, sobre todo, dejar claro qué puedo y qué no puedo hacer. Porque si algo aprendí esa noche es que la buena voluntad tiene límites, y que a veces es mejor decir “no” o poner reglas claras, que terminar imprimiendo 20 páginas de jeroglíficos.

¿Tú también tienes una historia de favores que salieron mal en el trabajo? ¿Cuál ha sido tu peor experiencia con huéspedes o clientes que no entienden la tecnología? ¡Cuéntame en los comentarios! Aquí lloramos, nos reímos y aprendemos juntos.

Y recuerda: ser servicial está bien, pero no dejes que te conviertan en el “chico de las impresiones” del turno noche. ¡Hasta la próxima!


Publicación Original en Reddit: That time I agreed to print a document for a guest