El compañero de oficina que odiaba el ramen (y no podía dejar de decirlo)
En cada oficina de Latinoamérica hay personajes únicos, pero siempre hay uno que se lleva la corona de lo más insoportable. Hoy les traigo la historia de “Kevin”, ese compañero que no puede ver a otros disfrutar de algo sin meterse… aunque ni le afecte. Todo comenzó con algo tan inocente como un tazón de ramen en invierno, ¡y terminó siendo el chisme del año en la oficina! ¿Quién diría que unos simples fideos instantáneos desatarían tanta polémica?
Vamos a sumergirnos en este relato lleno de risas, drama de oficina y una buena dosis de “¿a quién le importa?” que seguro te recordará a algún personaje con el que has trabajado.
El drama de los fideos: cuando comer en paz es un lujo
La historia, compartida originalmente por u/Dragon_Crystal en Reddit, nos cuenta cómo Kevin, un compañero de trabajo, literalmente no podía soportar ver a alguien comer ramen. No porque el olor fuera fuerte o invadiera la oficina (¡no era pescado recalentado ni durian, tranquilos!), sino simplemente porque… ¡no le gustaba el ramen! El colmo de la intolerancia gastronómica.
Imagina el típico invierno en la oficina, todos buscando qué comer durante el break. Nuestra protagonista decide prepararse un ramen, ese clásico salvavidas para días fríos y de poco tiempo. Pero ahí está Kevin, el protagonista de la “novela”, lanzando su clásico:
—“¿Por qué siempre comes ramen?”
—“Porque es rápido, barato y me calienta, ¿algún problema?”
Hasta un compañero metió su cuchara (pero no en el ramen):
—“¿Y a ti qué te importa? ¡Ella es la que se lo come, no tú!”
Pero Kevin insistía, como si la vida de todos dependiera de que nadie más volviera a comer ramen jamás.
—“El ramen es asqueroso.”
—“Pues entonces deja de mirar y vete al lobby”, le respondieron.
Cuando el verdadero problema no era el ramen
Aquí viene lo bueno: no era solo el ramen. Los comentarios de la comunidad de Reddit lo pintan clarito. Según u/Lumpy_Marsupial_1559, Kevin era de esos que no entienden que cada quien tiene gustos distintos: “No puede comprender que tienes una experiencia diferente a la suya”. Y es que, ¿quién no ha conocido a alguien así? El típico que cree tener la verdad absoluta, ya sea con la comida, la música, la política o hasta el fútbol. ¡Como el clásico tío que no te deja disfrutar tu mate porque él solo toma café!
Y para colmo, como aclara [OP], Kevin no era precisamente ejemplo de buenos modales. Era de los que mastican como monstruo de galletas, atragantándose pizza o cualquier cosa que encontraba en la sala de descanso, y encima con la boca abierta. ¡Nadie quería verlo comer! Incluso algunos pensaban que lo hacía a propósito para llamar la atención, como esos niños que hacen ruiditos solo para fastidiar a los hermanos.
Uno de los mejores comentarios lo resume perfecto: “Kevin solo quería ser el centro de atención y odiaba que todos dijeran ‘ese ramen huele rico’”. Seguro conoces a ese tipo de persona que, si no brilla, prefiere apagar la luz de los demás.
Cuando la paciencia se agota: “¡A Recursos Humanos te vas!”
En Latinoamérica, todos tenemos límites. Una cosa es bromear y otra querer controlar lo que otros comen. Algunos comentaristas hasta sugirieron llevar el asunto a Recursos Humanos, al puro estilo de “¿Me molestas por mi comida? ¡Te vas derechito con el jefe!”. Aunque en la vida real, la mayoría preferimos ignorar o responder con sarcasmo.
Pero la cosa no quedó ahí. Resulta que Kevin no solo molestaba por el ramen; también hacía comentarios inapropiados, se burlaba de los gustos de otros y hasta tuvo problemas con clientes. Como contó la autora de la historia, finalmente fue despedido, para alivio de toda la oficina (sobre todo de una colega llamada Brendy, quien ya no soportaba sus sonrisas y obsesiones).
Y ojo, que no faltó el típico comentario latino: “¿Por qué no llevaste algo verdaderamente apestoso, como pescado frito, para que viera lo que es sufrir?” Pero la autora, educada ante todo, prefirió no ser esa persona y mantener la paz… dentro de lo posible.
El aprendizaje: vive y deja comer
Este tipo de historias son más comunes de lo que parecen, y en cualquier país de Latinoamérica seguro hay una versión local: el que odia el olor de la sopaipilla en la oficina, el que critica el tamal en la lonchera, o el que no soporta el aroma a milanesa en el microondas. Pero la lección es clara: ¡cada quien come lo que le gusta y punto! Si el olor no invade todo el piso, nadie tiene derecho a meterse.
Además, todos sabemos que en el trabajo hay que aguantar mil cosas: jefes intensos, WhatsApps del grupo de la oficina, y hasta el compañero que pone reggaetón a todo volumen. ¿De verdad nos vamos a pelear por un tazón de ramen?
Así que la próxima vez que alguien critique tu almuerzo, recuerda: mientras no molestes a nadie, tu comida es solo asunto tuyo. Y si tienes a tu propio “Kevin” cerca, mejor reírse y seguir disfrutando tus fideos.
¿Te ha pasado algo parecido en la oficina? ¿Tienes un compañero que siempre critica lo que comes? Cuéntanos tu historia en los comentarios, que seguro todos tenemos un “Kevin” en la vida… ¡o varios!
Publicación Original en Reddit: Kevin's hate for ramen noodle