El club de los 'jaladores de portón' y el misterio de la tina 'robada': Crónicas de un hotel de aguas termales
¿Alguna vez te has preguntado cómo empieza la mañana en un hotel boutique de aguas termales? No, no es con música zen ni con aroma a esencias relajantes. Más bien, es con el sonido de un Red Bull abriéndose y el espectáculo surrealista de huéspedes jalando desesperadamente el portón, como si la fuerza de sus deseos pudiera romper las leyes del tiempo… o del metal.
Y sí, aunque suene a exageración, esto es el pan de cada día para quienes trabajan en la recepción de estos lugares. Así inicia la historia de hoy: con portones que crujen, tinas "robadas" y mucho, mucho drama matutino.
El ritual de los "jaladores de portón": Crónica de cada semana
Son las 7:40 de la mañana y, como buen latino amante de las rutinas, llego puntual a mi trabajo, café en mano (aunque, admito, a veces cambio por un Red Bull cuando la cosa se pone seria). Y ahí están: dos huéspedes pegados al portón como si fueran niños en dulcería antes de abrir. Lo gracioso es que hay letreros por todos lados: "Abrimos a las 8:00". No a las 7:59 ni "cuando usted llegue". Pero bueno, la esperanza es lo último que muere… o al menos, el sentido común.
Mientras hago mi checklist matutino (abrir cortinas, prender luces, asegurar que las tinas estén limpias), los veo del otro lado del vidrio jalando la puerta como mapaches buscando basura. No exagero. Uno esperaría ver este espectáculo en un mercado popular, no en un hotel boutique con tinas de aguas termales.
Finalmente, se resignan y se sientan en las mesas del patio, probablemente armando su propio club de "afectados por la flojera de la recepcionista". Me imagino los chismes: "Que si la de dentro es una floja", "que si en otros hoteles te atienden mejor", "que aquí no valoran a los clientes". Un show digno de telenovela.
El drama de la tina "robada": Cuando el chisme es más fuerte que el deseo de relajarse
Por fin termino mis pendientes y, como quien no quiere la cosa, dejo la puerta entreabierta. ¿Y qué hacen los protagonistas de nuestra historia? Se quedan sentados, muy entretenidos en su tertulia matutina. Mientras tanto, otro huésped, de esos que conocen la dinámica, entra, firma, elige su tina y se va directo a disfrutar. Fácil, rápido, sin drama.
Y entonces... ¡explota la bomba! Se acerca la "Karen" del grupo, lista para pelear como si estuviera en la fila de las tortillas: "¿Perdón? Hemos estado esperando y no es justo que esa persona eligiera primero la tina". Yo, con mi mejor cara de póker, le explico: "Es por orden de llegada. Si prefieren platicar afuera, ¿cómo voy a saber que no quieren entrar? Todavía hay tres tinas libres."
La amiga, que no puede dejar sola a la protagonista, refuerza el drama: "¡Es que nos brincaron en la fila!". Y aquí, querida audiencia, es cuando uno tiene que aclarar las reglas básicas de la vida: "Aquí no hay fila, hay tinas. El que firma, elige. Se llena la tina, te remojas, te relajas y te vas. Fin."
Se quedan viendo, como si les hubiera dicho que el mole no lleva chocolate. Pero al final, resignadas, eligen su tina y se sientan, ahora sí, esperando su turno en silencio.
Entre tinas, azufre y propinas inesperadas: Lo bello de lo impredecible
El tercer miembro del club, menos intensa y hasta simpática, sale con la joya de la mañana: "Esta tina huele a orines". Y yo por dentro: "¡Ay, por favor!". Pero no, no es falta de limpieza; es el azufre, el alma de las aguas termales. Después de explicarle y cambiarla de tina, termina feliz, se da su buen baño y hasta me deja una propina de 20 dólares. ¡Así sí da gusto!
Mientras tanto, las otras dos, las "Karens", se quedan haciendo pucheros, como cuando te quitan la última pieza de pan dulce en la merienda.
Lo que no se ve tras el mostrador: Reflexiones y confesiones de la comunidad
Lo curioso es que esta historia no es exclusiva de un hotel en México, Argentina o España. Basta ver los comentarios de otros trabajadores de recepción en internet para ver que en todas partes se cuecen habas. Un usuario recordaba: "Yo abría el buffet justo a la hora, nunca antes. La gente se enojaba, preguntaba si era por su color de piel, por su acento… ¡de todo!". Otro, peluquero en una tienda de mascotas, comentaba que las "Karen" también existen en el mundo animal: "¿De verdad esos 10 minutos van a cambiarle la vida a tu perro?"
Y entre bromas y anécdotas, uno se pregunta: ¿por qué la prisa? ¿Por qué esa necesidad de ser los primeros siempre? Tal vez es el espíritu competitivo que llevamos dentro, o tal vez, simplemente, necesitamos aprender a disfrutar el momento… y dejar de jalar portones antes de tiempo.
Epílogo: El placer de ver cómo se desinfla la soberbia
Por eso, cada mañana, disfruto mi Red Bull o mi café como si fuera un ritual sagrado. Porque no hay nada más satisfactorio que ver cómo la impaciencia y el exceso de autoestima se evaporan con el vapor de las aguas termales. Y si el día viene con propina incluida, mejor todavía.
¿Te ha pasado algo similar en tu trabajo? ¿Eres del equipo "jaladores de portón" o del club "mejor espero con paciencia"? Cuéntanos tu anécdota en los comentarios y, si te gustó la historia, compártela con ese amigo que siempre llega antes de que abran las puertas.
¡Hasta la próxima, y que nunca te falte una buena tina (ni paciencia) para empezar el día!
Publicación Original en Reddit: The Gate Yankers and the Case of the Stolen Tub