El check-in automático en hoteles: ¿eficiencia o caos disfrazado de modernidad?
Imaginen llegar a un hotel boutique, de esos que prometen experiencias únicas y modernas. Te bajas del taxi, maleta en mano, listo para relajarte, y lo primero que ves es… ¡una máquina de check-in que parece más complicada que sacar cita en el IMSS! ¿Dónde quedó la calidez, el trato amable y ese “bienvenido, señor(a)” que tanto nos gusta en Latinoamérica? Aquí te comparte una historia real que podría pasarle a cualquiera que busque alojamiento en un hotel que cambió la sonrisa por una pantalla táctil.
Cuando la tecnología complica más de lo que ayuda
La historia viene de un hotel boutique pequeño, de esos que antes gastaban de más y ahora, para ahorrar, no gastan ni en lo básico. Su gran apuesta para diferenciarse: el check-in automático. Todo suena fácil en el papel: llegas, pones tu nombre y fecha de salida, eliges extras, pagas y tú mismo te haces tu llave. Parece moderno, ¿no? Pero aquí en Latinoamérica sabemos que cuando algo suena demasiado fácil… seguro es porque nadie lo ha probado con una tía, un grupo de amigos, o con el primo que nunca tiene los datos a la mano.
Ahora imaginen la escena: llegan cinco grupos al hotel, ¡cada uno con al menos tres habitaciones! Todos con la esperanza de que el proceso sea rápido, pero como cada habitación está bajo el mismo nombre, ya no basta con poner el nombre y la fecha: ahora necesitan el número de reserva. ¿Quién carga con ese dato? ¡Nadie! Y por supuesto, nadie revisó el correo del hotel antes de llegar, porque "eso lo ve el de la agencia".
El caos en la recepción: ni la Rosa de Guadalupe lo arregla
El resultado: una recepción abierta, sin escritorios, todos apretados frente a la máquina, tratando de adivinar cómo avanzar. De fondo se oyen frases que todos hemos escuchado en reuniones familiares: “¿Dónde está el número?”, “¡Yo pensé que tú lo tenías!” y “¿Por qué no podemos hacer esto todos juntos?”. El personal, mientras tanto, intentando ayudar a todos a la vez, como si fueran pulpos con mil brazos.
Y como si fuera poco, surgen los típicos problemas de último minuto: “Oye, ¿cuál es el cuarto doble?” (¡No hay ninguno porque nunca avisaron!), “¿Puedo meter a mi perrito?” (¡Claro, pero nadie lo notificó antes!) y la cereza del pastel: “¿Ya pagué, verdad?” (No, el que pagó es tu tocayo, que vive en otro país).
Un comentario de otro trabajador hotelero lo resumía perfecto: “Te pusieron a trabajar en modo ‘perder desde el inicio’”. Aquí en Latinoamérica, eso es como cuando te dan la alineación de la selección pero sin portero y te piden que ganes el partido.
La atención personalizada: lo que la tecnología no puede reemplazar
En nuestra cultura, el trato cálido del recepcionista es parte fundamental de la experiencia. Nos gusta preguntar, que nos expliquen, que nos digan dónde comer rico o qué taxi es seguro. La automatización puede ser útil para algunos viajeros, pero para la abuela que viaja con las nietas, el grupo de amigos que viene de boda, o la familia con mil maletas, solo añade estrés.
Además, ¿quién resuelve el típico “es que mi hijo no tiene dónde dormir” mientras otro huésped grita que necesita estacionamiento? La tecnología no tiene paciencia ni ese “aguántame tantito, joven” que tanto ayuda cuando hay problemas. Y ni hablar de los sistemas de pago: si no hay pre-autorización y el huésped se va sin pagar, ¡adiós a la ganancia!
¿Modernidad o moda pasajera?
No se trata de estar en contra de la tecnología. Los kioscos automáticos pueden funcionar en hoteles de aeropuerto o grandes cadenas, donde todo es rápido y sin emociones. Pero en un hotel boutique, donde lo especial es el trato humano, cambiar la sonrisa del recepcionista por una pantalla fría puede ser un error garrafal.
Como bien respondió el autor original de la historia: “Así es esto.” En otras palabras, a veces toca aguantarse y sacar adelante el trabajo lo mejor posible, aunque el sistema no ayude. Pero si de algo estamos orgullosos en Latinoamérica es de nuestra capacidad para encontrarle el lado divertido a cualquier lío, reírnos de la situación y, al final, contar la anécdota en la próxima carne asada.
Conclusión: ¿Y tú, qué prefieres?
La próxima vez que reserves hotel, piensa: ¿quieres ser recibido por una máquina o por una persona que te llame por tu nombre y te recomiende los mejores tacos de la ciudad? ¿Has tenido alguna experiencia parecida con el check-in automático? Cuéntanos tu historia en los comentarios y sigamos riéndonos juntos de las maravillas (y pesadillas) de la modernidad hotelera. ¡Nos leemos!
Publicación Original en Reddit: Self Service Check-in Can Rot