El chantaje emocional en la recepción: cuando el hockey convierte el hotel en un manicomio
Trabajar en la recepción de un hotel puede sonar glamuroso, pero quienes estamos al pie del cañón sabemos que hay temporadas que parecen una verdadera pesadilla. Si además le sumas equipos de hockey, huéspedes con más energía que niños en piñata y falta de personal… ¡agárrate que vienen curvas! Hoy te cuento cómo sobreviví (o más bien, cómo sigo sobreviviendo) a los temidos fines de semana de hockey y el chantaje emocional de una compañera que bien podría ser la protagonista de un culebrón.
El infierno del hockey: cuando tu hotel parece cancha de batalla
Imagínate esto: tercer invierno consecutivo trabajando en un hotel de tres estrellas, independiente, con más historias que una telenovela mexicana. Ya había aguantado dos inviernos infernales, donde los equipos de hockey llegaban como estampida, transformando el lobby en un campo de batalla. Después de cada temporada, yo quedaba más agotado que el portero de fútbol después de tanda de penales: sin ganas, sin energía, y con pesadillas de padres gritones y desorden hasta en los elevadores.
El colmo fue el último fin de semana de hockey: ¡terminamos con siete patrullas de la policía en la puerta! Hasta los oficiales se sorprendieron al verme solo manejando el caos. Me miraron como quien ve a un cuate vendiendo tacos en la final del Mundial: “¿Cómo que estás solo aquí?”. Así que decidí que este año no me iba a sacrificar más. Hablé con mi jefe y le dije: “Ya no más viernes y sábados de hockey para mí”. Al final, logré quedarme con los sábados libres, aunque los viernes seguían siendo míos… pero al menos con algo de ayuda extra.
La compañera "Godínez" nivel leyenda y su misión de hacerte sentir mal
Justo cuando pensaba que iba a respirar un poco, entró en escena mi compañera de turno diurno. Esa que llega media hora antes y trabaja “por amor al arte” sin que le paguen, que compra bolígrafos de su propio bolsillo y hasta se lleva tarjetas de registro a casa para resaltar con marcador amarillo los campos importantes. Un día hasta consideró comprar un bote de basura para ponerlo en la entrada y que los huéspedes dejaran de dejar sus desechos en la recepción. ¿Te suena a alguien? Todos hemos tenido un compañero así: el que confunde dedicación con martirio.
Pero la cosa no queda ahí. Cuando le comenté que me daría los sábados de hockey para cuidar mi salud mental, me recibió con cara de “te voy a rezar un rosario” y me soltó: “¡¿No vas a trabajar el sábado?! Eso va a obligar al jefe a cubrir tu turno”. Le respondí que había estudiantes que podían cubrir, como cuando me fui de viaje a Europa el año pasado y todo salió bien. Pero ella, con esa actitud de mártir de novela, insistió: “No quiero estudiantes aquí cuando haya hockey. ¡Yo le voy a proponer al jefe cubrir el turno! Todos hemos aguantado las noches de hockey, ¡hasta don Roberto que tiene 70 años!”. Le dije que qué bueno por Roberto, pero yo necesitaba un respiro. Y como buena protagonista de drama, agarró sus cosas y salió indignada, como si yo hubiera robado el Niño Dios de la rosca.
Gente que trabaja de más... ¿héroes o mártires?
En los foros y redes, muchos se preguntan: ¿por qué hay personas que se desviven tanto por el trabajo, incluso a costa de su propio bienestar? Un comentario que me encantó decía: “No tomes ningún consejo de esa persona que regala horas al patrón y encima hace trabajo en casa. ¡Eso es una receta para el burnout!”. Y tiene razón, porque aquí en Latinoamérica, aunque nos enorgullecemos de ser trabajadores, también sabemos que el trabajo no debe quitarnos la salud ni la alegría.
Otros opinan que la jefa debería ponerle un alto a este tipo de actitudes, porque terminan generando más presión y culpa entre los demás. Y es que, como bien dice un dicho muy nuestro: “El que mucho abarca, poco aprieta”. Si cada quien hace lo suyo, el trabajo fluye mejor, sin que nadie tenga que cargar con la cruz de todos.
Cuando el jefe debe dar la cara (y aprende lo que es el hockey)
Uno de los comentarios más celebrados decía algo así: “A mí me encanta la idea de que el jefe tenga que cubrir el turno. A lo mejor así entiende el verdadero problema y cambia las reglas del juego”. En muchos hoteles y negocios en Latinoamérica, los jefes rara vez bajan al campo de batalla, pero cuando les toca… ¡se llevan una sorpresa! Tal vez, después de vivir un sábado de hockey en carne propia, hasta proponga nuevos protocolos o, mínimo, valore más el trabajo de la recepción.
Y aquí entre nos, si el jefe sobrevive a un sábado de hockey, a lo mejor para la próxima temporada se anima a contratar más personal, o hasta se anima a pagar horas extra. ¡Soñar no cuesta nada!
Conclusión: ¡No dejes que el chantaje emocional te robe la paz!
Si algo aprendí de esta experiencia es que nadie debe cargar con más de lo que puede, aunque haya compañeros que quieran hacerte sentir culpable. Como bien dijo otro usuario en el foro: “No te sientas culpable, disfruta tus sábados libres con la conciencia tranquila. ¡Te los ganaste a pulso!”. Aquí en nuestra tierra, valoramos el esfuerzo, pero también sabemos que la vida es para disfrutarla, no para vivirla estresado.
Así que la próxima vez que un compañero te quiera dar el “viaje de culpa”, respira profundo, pon tu mejor sonrisa y recuerda: primero tu salud mental, después el trabajo. Y si el jefe tiene que cubrir un turno de vez en cuando… pues que también sude la gota gorda, ¿a poco no?
¿Tú qué opinas? ¿Te ha tocado lidiar con compañeros mártires o jefes que solo entienden el trabajo desde la oficina? ¡Cuéntame tu historia en los comentarios!
Publicación Original en Reddit: The guilt trip