El arte de la venganza chiquita: Cuando la banqueta se convierte en campo de batalla
¿Alguna vez te has sentido tentado a hacer una pequeña travesura solo para desquitarte de una injusticia cotidiana? En muchos barrios de Latinoamérica, el espacio público es sagrado, y cualquier “invasión” puede desatar miradas fulminantes o chismes de vecindad. Pero, ¿qué pasa cuando la molestia es tan constante que no queda más que responder con una venganza tan pequeña como deliciosa?
Hoy te traigo una historia que podría suceder en cualquier colonia de nuestras ciudades: la épica batalla entre el peatón y los botes de basura, y cómo un simple bastón puede ser más peligroso que una pala de jardinero.
Cuando la banqueta deja de ser de todos
En muchos países latinos, la banqueta es casi un territorio neutral: el lugar donde los niños juegan, las tías platican, y los vendedores ambulantes ofrecen desde tamales hasta tamarindos. Pero, en esta historia inspirada en el relato de un usuario estadounidense, la banqueta se convierte en un obstáculo gracias a la manía de los vecinos de dejar sus botes de basura justo en medio del paso.
La situación es sencilla: cada vecino contrata su propia empresa de recolección, y los días de basura se multiplican como los tacos al pastor en la esquina. El problema surge cuando nadie se preocupa por dejar los botes en la orilla, ¡sino que los plantan justo en el centro de la banqueta! Ahora imagínate tener que esquivar esos obstáculos con una pierna lastimada y un bastón… Ya no es paseo, es maratón con obstáculos.
El césped, ese orgullo intocable
Aquí viene lo bueno. En este vecindario, como en muchos de clase media en América Latina, el pasto de enfrente es motivo de orgullo y vigilancia constante. “¡No te metas en mi jardín!”, gritaría cualquier doña que ve a un niño pisar su pasto recién cortado. Pero cuando la banqueta está bloqueada, ¿qué opción queda? Nuestro protagonista, harto de rodear los botes bajando a la calle y arriesgando el físico, decidió tomar el sendero menos recorrido: pisar el césped ajeno. Nada de destruir, solo un par de pasos, lo justo para esquivar el obstáculo.
Lo divertido es que, aunque nadie le ha reclamado (todavía), se siente una satisfacción casi infantil con cada pisada. Como diría un usuario en los comentarios: “Seguro caminas con tijeras en la mano, todo un rebelde”. ¡Y es que a veces el placer más grande es el que nadie reconoce, pero todos sienten!
La creatividad de la venganza vecinal
La comunidad en línea no tardó en aportar ideas más creativas (y descabelladas) para responder a los vecinos desconsiderados. Desde cambiar los enanitos de jardín por flamencos de plástico (“un verdadero peligro suburbano”, bromea otro), hasta proponer tachuelas en los zapatos para airear el pasto y dejar huella. Un usuario sugirió imprimir leyes de accesibilidad y pegarlas en los botes, una mezcla entre activismo y venganza pasivo-agresiva que bien podríamos ver en algún grupo de WhatsApp de vecinos.
No faltó quien recordó lo difícil que es para personas con discapacidad, cochecitos de bebé o incluso perros guía tener que cruzar la calle cada vez que se topan con un bote. Aquí, más de uno recordará ver a la abuela luchando por pasar o al niño en bici haciendo malabares para no caerse.
Y, por supuesto, hasta surgió la clásica discusión sobre los servicios públicos: “¿Cómo que cada quien contrata su basura? ¡Eso es cosa del gobierno!” En Latinoamérica, nos suena rarísimo eso de tener que buscar tu propia empresa de basura. Aquí, uno paga el predial y, con suerte, pasa el camión con la campana, el silbato o la canción de “La Cucaracha”.
¿Venganza o justicia poética?
Al final, lo que queda es la satisfacción de haber respondido, aunque sea de forma mínima, a una molestia constante. Porque en nuestros barrios, el respeto a los espacios comunes es ley no escrita, y el que rompe las reglas se arriesga a la mirada de la vecina chismosa o, peor aún, a una mini-venganza digna de anécdota.
Así que la próxima vez que te topes con un obstáculo en la banqueta, recuerda: un pequeño acto de rebeldía puede alegrarte el día, y tal vez inspirar a otros a defender lo que es de todos… aunque sea con pasos suaves sobre el pasto bien cuidado de tu vecino.
¿Y tú, qué harías en esta situación? ¿Te animarías a pisar el césped o prefieres el camino del diálogo? Cuéntanos tu mejor historia de venganza chiquita en los comentarios. ¡La guerra de la banqueta sigue, y cualquier táctica es válida mientras se mantenga el buen humor!
Publicación Original en Reddit: Don’t want me walking on your lawn? Don’t leave your garbage can blocking the sidewalk.