¡Cuidado con lo que robas del refri de la oficina! La venganza se sirve frita
En todas las oficinas de Latinoamérica hay una leyenda urbana: la persona misteriosa que roba comida del refrigerador. Si alguna vez te ha desaparecido tu tupper con guiso, tu empanada o tu postre favorito, sabes la rabia y la impotencia que esto genera. Pero, ¿qué pasaría si alguien decidiera darles una cucharada de su propio chocolate a estos ladronzuelos? Hoy te traigo una historia digna de telenovela, ocurrida en Estados Unidos pero que podría haber pasado en cualquier oficina de Monterrey, Lima, Buenos Aires o Bogotá.
El origen de la receta infame: De Hooters a la oficina
Nuestra historia empieza en los años 2000, cuando el protagonista trabajaba como gerente en un restaurante Hooters (sí, ese lugar famoso por sus alitas y meseras con uniformes diminutos). Resulta que en ese restaurante había un compañero bromista que un día decidió hacer una travesura épica. Usó la harina frita que quedaba al filtrar el aceite de las alitas para hacer unos “blondies” falsos, o sea, unos cuadraditos que parecían postre pero sabían a rayos. Cada vez que alguien caía en la trampa, mordía y escupía el pedazo con cara de asco, causando carcajadas entre el equipo.
Años después, nuestro protagonista cambió de rumbo y empezó a trabajar en una empresa de cable e internet, en un turno nocturno con unos 50 empleados. Aquí empieza el verdadero drama: cada noche, alguien le robaba la comida. ¡Toda la semana cocinando para que un(a) descarado(a) se la volara en segundos! ¿A quién no le ha pasado?
Pensó en preparar brownies con laxantes, pero sus amigos lo frenaron: “¿Y si el ladrón termina en el hospital y te despiden? Mejor busca otra forma”, le dijeron. Fue entonces que recordó la receta infame de Hooters y decidió ponerla en práctica.
El gran día del “postre trampa”
Con la astucia de un detective y la paciencia de una abuelita cocinando tamales, nuestro protagonista preparó unas 40 alitas en su freidora casera. Al filtrar el aceite, recogió toda esa harina frita y la compactó en cuadritos que parecían deliciosos blondies de mantequilla de maní. Nadie sospecharía nada.
Al día siguiente, los llevó a la oficina y los dejó cerca del refrigerador, donde siempre desaparecía su comida. Dos horas después, se escuchó el escándalo: una de las supervisoras de calidad, famosa por su actitud de “yo soy la jefa”, empezó a toser y escupir por todo el piso, gritando que alguien la había intentado envenenar. El protagonista no aguantó la risa y la escena parecía sacada de un capítulo de “La Rosa de Guadalupe”.
La supervisora fue corriendo con el gerente, exigiendo justicia. Nuestro protagonista fue llamado a la oficina, y al explicar la broma, el jefe apenas pudo contener la risa. Como no se trataba de veneno ni de laxantes, y la supervisora fue la que metió la pata por robar comida ajena, terminó con un llamado de atención por escrito. Pero lo mejor de todo: nadie volvió a tocar la comida del protagonista jamás. Y, como dicen en los comentarios del post original, “el karma no falla”.
Reacciones de internet: De risas a consejos legales
La historia se viralizó y, como era de esperarse, los comentarios no se hicieron esperar. Muchos usuarios aplaudieron la creatividad y la justicia poética: “¡Qué descaro robar comida y encima quejarse de que ‘la intentaron envenenar’!”, comentó alguien, mientras otro apuntó: “En mi familia hacíamos galletas con chile para espantar a los antojadizos”.
Sin embargo, otros advirtieron sobre los riesgos legales: en Estados Unidos, si le pones laxantes o algo dañino a tu comida y el ladrón se enferma, ¡tú podrías terminar en problemas! Por eso, la opción de la harina frita fue tan brillante: inofensiva, pero lo suficientemente desagradable como para que el ladrón lo piense dos veces.
Un comentario que me hizo reír mucho decía: “La próxima vez, ponles colorante para que se les quede la boca pintada y no puedan negarlo”. Otro usuario compartió su experiencia en una fábrica, donde alguien se tomó por error una bebida médica de un compañero y terminó corriendo al baño toda la noche. ¡Hay cada historia en las oficinas!
El eterno dilema: ¿Por qué hay gente que roba comida en el trabajo?
Más allá de la anécdota graciosa, esto nos invita a reflexionar sobre la cultura laboral. ¿Por qué hay personas que, teniendo un buen sueldo o incluso un carro mejor que el tuyo (como le pasó al protagonista), sienten que pueden agarrar lo que no es suyo? En Latinoamérica, solemos decir: “El que es tranza en lo chico, es tranza en lo grande”. Y la confianza en la oficina se construye con detalles como respetar la comida ajena.
Esta historia nos recuerda que, aunque la venganza no siempre es la solución, a veces una dosis de creatividad y humor puede ponerle fin a esos pequeños abusos cotidianos. Y si te toca ser víctima, ¡que no te gane la rabia! Mejor piensa en una solución que, como la de nuestro protagonista, deje una lección… y de paso, un buen chisme para la hora del café.
Conclusión: El sabor de la justicia (y del aceite usado)
La próxima vez que te falte tu almuerzo o tu postre favorito en la oficina, recuerda esta historia. Tal vez no puedas preparar blondies de harina frita, pero siempre hay una forma creativa y divertida de defender lo tuyo. Y si eres de los que “pican” del refri ajeno, ¡aguas! Porque nunca sabes si el próximo bocado será una lección inolvidable.
¿Y tú, has vivido algo parecido en tu trabajo? ¿Cuál ha sido la venganza más creativa que has visto? ¡Cuéntanos tu historia en los comentarios y comparte este post con tus colegas para que nadie se haga el vivo en la oficina!
Publicación Original en Reddit: Careful on what food you steal!