Cuando tirar los 'sobrantes' de licuados le costó $10,000 a un buffet: la venganza dulce (y sin alcohol) de los empleados
¿Alguna vez has sentido que tu jefe hace reglas tan absurdas que te dan ganas de hacer exactamente lo que pide, aunque sepas que saldrá mal? Pues esta historia es para ti. En el mundo de los buffets, donde los licuados vuelan y los empleados sobreviven a base de fruta y azúcar, a veces una orden mal pensada puede costar miles de dólares… y, de paso, mucha dignidad.
Hoy te traigo la travesura épica de unos trabajadores de buffet que, cansados de malos tratos y reglas sin sentido, decidieron llevar la “obediencia maliciosa” al siguiente nivel: tirando cientos de litros de licuado (sí, ¡sin alcohol!) por la coladera. Prepárate para reír, indignarte y, quizá, pensar dos veces antes de darle una orden absurda a tu equipo.
El “privilegio” de los sobrantes y el jefe con mano dura
En muchos trabajos de cocina en Latinoamérica, compartir lo que sobra es casi sagrado. ¿Quién no ha probado la carnita extra del asador, o ese poquito de arroz que quedó en la olla? En este buffet, los equipos estaban divididos en dos: los que preparaban ingredientes y quienes mezclaban y servían los licuados (sí, aquí los llamaban “cocktails”, pero ojo, ¡sin gota de alcohol!). Los de preparación a veces recibían el privilegio de tomarse los sobrantes del fondo de la licuadora, lo que era casi un “salario emocional” en jornadas larguísimas y mal pagadas.
Pero un día, el gerente se enteró de esta pequeña alegría y explotó: “¡Nada de andar tomando licuados en horario laboral! ¡Tiren TODO lo que sobre por el fregadero! No me importa cuánto sea”. Aquí es donde empieza la historia sabrosa.
Obediencia maliciosa: cuando seguir las reglas sale caro
Como buenos latinos, los empleados no se quedaron de brazos cruzados. Inspirados por esa rebeldía tan nuestra de hacer las cosas “al pie de la letra, pero con jiribilla”, el equipo encargado de mezclar los licuados decidió tomar la orden del jefe al pie de la letra… pero más allá.
Analizando su contrato (sí, solo ellos tenían contrato; los de preparación eran menores y ni a eso llegaban), descubrieron que la política de “proporciones” era mucho más estricta de lo que el jefe pedía. Así que, en vez de dejar un poco de sobra, empezaron a “equivocarse” intencionalmente: ponían la fruta y los ingredientes caros (aguacate, dátiles, higos) solo en la parte de arriba de la licuadora. ¿El resultado? Después de servir dos o tres vasos, la mezcla ya no cumplía los estándares y debían tirar la mitad del contenido. Literalmente, litros y litros de licuado carísimo y azucarado se iban directo al drenaje… como quien tira la sopa del recalentado porque “ya no está buena”.
Uno pensaría que el jefe se daría cuenta rápido, pero el desperdicio siguió por meses. La gerencia superior, al ver que los números no cuadraban y que el gasto en ingredientes se duplicaba respecto a las ventas, entró en pánico. Hicieron auditoría, preguntaron a todos y, como buen mexicano diría, “se armó la de San Quintín”. Al final, la respuesta fue simple: “El jefe nos dijo que tiráramos todo, y eso hicimos”. Como imaginarás, el gerente terminó más fuera que un bolero en la lluvia.
El chisme detrás del chisme: ¿realidad, exageración o pura venganza?
Como en toda buena historia de trabajo, no faltaron los comentarios de incredulidad y chisme. Uno de los usuarios más votados en la discusión decía: “Nada de esto tiene sentido”, a lo que otro respondía que sí, que en cocinas siempre hay un poco de desperdicio, pero que aquí claramente fue plan con maña. Otros, con experiencia de restaurantes, decían que jamás habían visto tanto desperdicio a propósito, y que esto más bien era una “venganza” bien calculada.
Por supuesto, el autor original, en un tono súper relajado y burlón, reconocía que ni entendía bien cómo funcionaban las mezclas, ¡pero que mientras le dieran licuado gratis, él feliz! Y, como buen latino, aclaró que usó la palabra “cocktail” porque en su país significa cualquier bebida mezclada, no necesariamente con alcohol, lo que causó muchas risas y confusiones entre los lectores anglosajones (“¡Pensé que estaban tomando alcohol menores de edad en el trabajo!”).
Incluso hubo quien preguntó: “¿Cómo no sabes la diferencia entre un cóctel y un licuado?” Y la respuesta fue de lo más honesta: “En mi país, la palabra es casi igual y sirve para ambas cosas”.
¿La moraleja? No subestimes el poder colectivo… ni el antojo de un buen licuado
Si algo nos enseña esta historia, es que tratar mal a tus trabajadores puede salirte más caro que el kilo de aguacate en enero. En muchos lugares de Latinoamérica, la comida compartida es símbolo de compañerismo y respeto. Quitar esos pequeños “privilegios” puede encender la chispa de la rebeldía y, como vieron en este buffet, terminar en pérdidas enormes.
Así que la próxima vez que pienses en imponer una regla absurda, mejor tómate un licuado con tu equipo, escucha sus opiniones y evita que tus órdenes terminen literalmente por el drenaje. Porque en Latinoamérica, la unión hace la fuerza… y también puede vaciar la bodega de frutas más rápido de lo que canta un gallo.
¿Te ha pasado algo así en tu trabajo? ¿Alguna vez obedeciste una regla absurda solo para demostrarle algo a tu jefe? ¡Cuéntanos tu historia en los comentarios!
Publicación Original en Reddit: 'Dump all the leftovers'? Fine. Here are 10,000$ in losses.