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Cuando ser amable en la charcutería te sale caro (o no tanto)

Trabajador de charcutería sirviendo tiras de pollo a un cliente en un supermercado
En esta imagen fotorealista, un amable trabajador de charcutería se prepara para servir deliciosas tiras de pollo, reflejando el esfuerzo adicional que nuestro equipo pone para ofrecer un excelente servicio en medio de los recientes cambios en la propiedad.

¿Alguna vez te han dado “un poquito de más” en tu pedido y, en vez de agradecer, te sentiste incómodo o hasta molesto? Pues la anécdota de hoy viene directo desde el corazón de una charcutería en un supermercado, donde las buenas intenciones, el mal genio y la matemática de los refrescos se dieron un encontronazo digno de telenovela.

Porque sí, pedir exactamente lo que uno quiere es un derecho. Pero, ¿hasta dónde llega la cortesía y qué pasa cuando la amabilidad es respondida con gruñidos? ¡Acompáñame a descubrirlo!

El dilema de los tenders y el vaso generoso

En muchas tiendas de autoservicio en Latinoamérica, la charcutería es ese lugar donde la paciencia es virtud y la clientela puede ser de lo más variopinta. El protagonista de esta historia, empleado de un deli, vive el cambio de dueños en su supermercado, así que todos andan con la sonrisa bien puesta, tratando de quedar bien con los jefes y, de paso, con los clientes.

Un día, una clienta pide unos tenders de pollo y un refresco chico. El empleado, queriendo ser generoso, le da un vaso grande para el refresco, sin cobrarle de más. Algo que, admitámoslo, muchos agradeceríamos (“¡Qué buen muchacho!” pensaría tu abuelita).

Pero la clienta, lejos de agradecer, se le queda viendo feo y suelta: “¿Eres tonto o qué? ¡Yo pedí un refresco chico! ¡Dame el chico!”. El ambiente se pone tenso, como cuando en la fiesta familiar alguien menciona política.

Cuando el tamaño sí importa (pero no para el bolsillo)

Aquí viene lo sabroso: la clienta, al ver el vaso grande, asume que le han cobrado más caro. “Oye, el precio no cambió”, reclama con tono de “no me puedes ver la cara”. El empleado, sin perder la compostura, le explica que el cobro fue por el vaso chico; sólo intentaba ser amable.

En los comentarios del post original, muchos usuarios señalaron este punto. Uno escribió: “Si hubiera pedido con cortesía, hasta le cae un tender extra la próxima vez”. Otro agregó: “A veces la gente quiere un vaso chico porque cuida su consumo, pero andar con mala actitud no ayuda en nada”.

Y es verdad. En muchas cadenas de comida rápida (piensa en tus favoritas: el Oxxo, una pollería local, o incluso la tiendita de la esquina), la diferencia de precio entre vasos suele ser mínima, porque el refresco es uno de los productos con mayor margen de ganancia. Así que pedir un tamaño u otro, salvo casos de salud o preferencia, no cambia tanto el precio final.

¿Amabilidad o compliance malicioso? El arte de cumplir al pie de la letra

Aquí entra el famoso “compliance malicioso” (cumplimiento malicioso) que tanto se discute en redes: hacer exactamente lo que te piden, aunque eso signifique perder la oportunidad de ser amable o flexible. El empleado, al ver la reacción de la clienta, simplemente hizo lo que debía: entregó el vaso pequeño, cobró lo justo, y dejó que la señora se fuera refunfuñando.

Como bien dijo un usuario en los comentarios: “Ninguna buena acción queda sin castigo”. Y es que en muchos trabajos en Latinoamérica, sobre todo en el sector de servicio, uno aprende rápido que hay que medirle el agua a los tamales: si el cliente es amable, la vida es más fácil para todos; si no, mejor apegarse al reglamento.

No faltó quien se identificara con la clienta, diciendo que si uno pide un vaso chico es porque realmente quiere esa cantidad (quizá para quepa en el portavasos del coche, o para no tentarse con litros de azúcar). Pero la mayoría coincidió: el problema no fue el vaso, sino la actitud.

El toque final: sin Dr. Pepper y sin karma

Para acabar de amolar, justo cuando la clienta se va, el empleado le avisa: “Ah, por cierto, ya no tenemos Dr. Pepper”. En ese momento, seguro hasta el pollo le supo amargo.

Y así, entre vasos, tenders y malos modos, queda la lección: pedir lo justo está bien, pero la cortesía nunca está de más. Como decimos en México: “No es lo que pides, sino cómo lo pides”.

¿Tú qué hubieras hecho? ¿Te hubieras quedado con el vaso grande o hubieras exigido el chico? ¿Te ha pasado algo similar en una tienda de tu barrio?


La próxima vez que vayas a la charcutería, recuerda: detrás del mostrador hay alguien que también tiene días buenos y malos. Y, quién sabe, con una sonrisa de tu parte, igual y te cae un tender extra… o al menos, el vaso grande de cortesía.

¡Cuéntanos tu experiencia en los comentarios! ¿Quién fue más “malicioso” en esta historia: el empleado o la clienta? ¿Qué otras anécdotas de compliance malicioso has visto en tu país?


Publicación Original en Reddit: Short and sweet