Cuando los ricos borrachos se creen dueños del hotel: una noche en la recepción
¿Alguna vez te ha tocado lidiar con gente que, por tener la cartera llena y una copa de más, creen que las reglas no aplican para ellos? Si trabajas en atención al cliente, sabes que la noche puede volverse larga cuando llegan los “fifís” borrachos, esos que creen que pueden comprarlo todo, incluso el sentido común. Hoy te traigo una historia digna de película mexicana, contada desde el ojo del huracán: la recepción de un hotel de lujo, donde el dinero no compra clase, ni mucho menos educación.
El show empieza: la barra cierra, pero los ricos no entienden de horarios
Todo comenzó como cualquier otro turno nocturno en el hotel: un pequeño grupo de una empresa llegó al bar y, como buenos vividores, pidieron más tragos de los que sus hígados tolerarían, sabiendo perfectamente que la barra estaba por cerrar. La estrategia era clara: aprovechar los últimos minutos para quedarse en el lobby, bebiendo “tranquilamente”. Hasta ahí, nada fuera de lo común. Al fin y al cabo, quien trabaja en la noche aprende a ser flexible… mientras no hagan escándalo.
Pero, como sucede en las mejores familias, apenas cerró el bar, uno se acercó a la recepción con cara de niño regañado:
—¿Me vendes unas cervezas más?
La respuesta fue sencilla y firme: “Solo vendo agua en el turno nocturno; el bar ya cerró, y cerrado significa cerrado”.
No pasaron ni cinco minutos cuando apareció otro, con la misma petición y la misma cara de decepción, como si le hubieran quitado el postre antes de cenar. Y no faltó el que, con voz de “¿sabes quién soy yo?”, intentó negociar bajo la mesa, como compartió un usuario en Reddit: “Algunos hasta ofrecen pagar una millonada por una chela fuera de horario, pero cuando les dices que el precio es 500 millones de dólares, se les borra la sonrisa”. ¡Así o más descarados!
El niño rico perdido… ¡en la cocina!
Y aquí es donde la cosa se pone buena. En un momento de calma, el recepcionista notó que faltaba uno del grupo, justo el que más “berrinche” había hecho. Instinto de supervivencia activado: “Esto no pinta bien”, pensó. Y no se equivocaba. Al voltear, vio movimiento en el restaurante; una puerta que nadie suele abrir porque está clarísimo que es solo para empleados. Pero, claro, cuando el ego va más alto que el BAC, todo se vale.
Ahí estaba el sujeto, explorando la cocina como si fuera su casa, directo al refrigerador industrial. El recepcionista, maglite en mano y cara de pocos amigos, lo siguió y le pegó un grito digno de estadio Azteca. “¡Casi me asusto yo mismo de lo fuerte que grité!”, confesó el autor original. El susto fue tal que el explorador salió huyendo, y mientras lo escoltaban de regreso le quedó clarísimo: “Si vuelves a hacer una estupidez así, te saco del hotel y agradece que no lo hago ahorita”.
La moraleja, como bien dijo un comentarista: “Tratar con borrachos ricos y engreídos es como cuidar niños chiquitos que no entienden el ‘no’”.
¿Por qué los ricos borrachos creen que todo se puede comprar?
Aquí va el meollo: muchos piensan que por tener dinero pueden romper las reglas. Otro usuario lo resumió con mucha gracia: “Para los ricos, los problemas son como un ‘impuesto de diversión’ que pueden pagar sin preocupaciones”. En cambio, como bien dijeron varios, la gente sin tanto dinero suele cuidar más sus actos porque saben que no pueden “arreglarlo con un cheque”.
Y así, entre intentos de soborno, excusas y caritas de “no me regañes”, la noche se fue. Hasta hubo quien sugirió en los comentarios que deberían haber reportado el incidente a la empresa del grupo, o incluso llamar a la policía por intento de robo. Pero, como dijo el propio recepcionista, ya tiene callo: “Después de 7 años y medio en el turno de noche, esto no es lo peor que me ha pasado. Más bien fue una historia light”.
El arte de poner límites… y las joyas del turno nocturno
Lidiar con este tipo de huéspedes es todo un arte. “Tratar con borrachos es como arrear gatos: nunca obedece ninguno”, compartió un lector, y no le falta razón. La clave, según los expertos de la comunidad, es no dar opciones: “O se van a sus habitaciones ya, o los saco a todos”. Y si alguno empieza con dramas de “me empujaron”, lo mejor es señalar la cámara de seguridad. Mano firme, pero sin perder el humor (ni la paciencia).
Eso sí, hay que reconocerle al recepcionista la templanza: no solo controló la situación, sino que supo cuándo cortar la fiesta y mandar a dormir a los “niños grandes”. Porque, como decimos en México, “el que no escucha consejos, no llega a viejo”, y en este caso, tampoco a la siguiente ronda de tragos.
Conclusión: ¿Te ha tocado lidiar con “fifís” borrachos?
La próxima vez que escuches a alguien decir que el dinero lo compra todo, recuérdale esta historia. Ni la mejor tarjeta platino te salva del ridículo cuando te portas como chiquillo caprichoso. Y si trabajas en atención al cliente, cuéntanos: ¿qué anécdota guardas de una noche con huéspedes pasados de copas? ¿Cómo pondrías límites sin perder la calma (ni la chamba)? ¡Comparte tu historia en los comentarios y hagamos catarsis juntos!
Porque al final, en el mundo de la hospitalidad, todos tenemos una buena historia que contar… y a veces, la mejor forma de sobrevivir es reírse de los tragos amargos.
Publicación Original en Reddit: I hate drunk rich people