Cuando los grupos deportivos se adueñan del hotel: una pesadilla digna de telenovela
¿Alguna vez te has preguntado qué pasa realmente cuando un grupo deportivo llega a un hotel? No, no es como en las películas donde todo es compañerismo y alegría. La realidad puede ser una telenovela de esas que te dejan pegado al sillón, llena de drama, gritos, padres “responsables” que se creen de pueblo mágico y niños que piensan que cualquier lugar es una cancha. Y si no me crees, tienes que leer lo que le pasó a “N.A.”, el héroe anónimo de la recepción nocturna, quien vivió en carne propia el infierno de atender a un grupo deportivo un fin de semana cualquiera.
El hotel no es una cancha, pero a nadie le avisaron
Imagínate esto: eres el encargado del turno de la noche en un hotel, ese donde todos esperan encontrar el desayuno listo y el lobby reluciente al amanecer. Pero tu trabajo no es solo poner café; eres como el “todero” latinoamericano, ese que hace de todo: limpia, lleva la contabilidad, recoge basura, organiza espacios, y hasta hace de psicólogo cuando los huéspedes se ponen intensos.
Todo iba bien hasta que llegó el “grupo deportivo”. ¡Ay, Diosito! Resulta que estos padres modernos decidieron convertir el salón de reuniones en una mini arena de hockey. ¿Y qué crees? No solo llevaron porterías y palos para los niños, sino que después, como si fuera parque público, salieron los chamacos con ¡palos de golf! El pobre N.A. escuchaba golpes en la pared de la oficina trasera y pensaba que era el fantasma de la tía Toñita, pero no, eran niños desatados.
Cuando por fin se fueron y N.A. revisó el salón, se encontró con la sorpresa: paredes dañadas, columnas con la pintura saltada, rayones, golpes… ¡Un cuadro digno de pesadilla! Y claro, la pregunta del millón: ¿quién en su sano juicio deja que sus hijos hagan eso con propiedad ajena?
Padres de campeonato… para el olvido
Lo más absurdo es que los papás estaban ahí, bien “responsables”, viendo cómo sus hijos destruían todo mientras ellos se “cargaban” (entiéndase: se ponían alegres con unas copitas). Es como cuando en las fiestas familiares los adultos están tan entretenidos platicando que ni ven que los niños ya se treparon a la mesa o están dibujando en las paredes.
La comunidad de Reddit no se quedó callada. Un usuario lo resumió perfecto: “¡Mándales la cuenta!” Otro fue más drástico: “Expúlsalos del hotel y prohíbe la entrada del equipo de por vida.” ¿Exagerados? Para nada. Aquí en Latinoamérica, si un grupo hace desmán en una fiesta de pueblo, seguro no los invitan el año siguiente. Pero en un hotel, además de mala fama, ¡hay que pagar los platos rotos!
Uno de los comentarios que más se repitió, y que aquí adoptamos con gusto, fue: “Avísale a los organizadores del torneo”. ¿Por qué? Porque así como cuando un grupo de amigos arma desastre en una fiesta y la mamá va a llamar a la mamá del líder, aquí es fundamental que los organizadores sepan el relajo que hace su gente.
El arte de ser todólogo: la realidad del recepcionista nocturno
En Latinoamérica, ser recepcionista de noche es como ser el “Juanito Soluciones” del hotel. No solo es cuestión de entregar llaves y dar los buenos días. Hay que ser el que apaga incendios (a veces literalmente), el que calma a los huéspedes quejumbrosos y el que pone orden cuando los grupos se sienten en vacaciones eternas.
Como bien comentó otro usuario: “NA es como Ginger Rogers, hace todo lo que los demás hacen, pero de espaldas y en tacones”. Y sí, porque mientras tienes que estar pendiente de la auditoría, también debes vigilar que no haya una revolución en el salón de eventos. Pero claro, uno no puede estar en todas partes, y los papás muchas veces ni ayudan.
Un caso similar lo contó otro usuario: “Este fin de semana nos pasó igualito: niños jugando futbol en los pasillos, papás tomando, y hasta uno arrancó el barandal del elevador. ¿Quién deja que sus hijos hagan eso?” En el fondo, todos sabemos la respuesta: los que piensan que mientras paguen, pueden hacer lo que quieran.
¿Quién paga los platos rotos? (Y la lección para todos)
Aquí la moraleja es clara: el hotel no es sala de juegos y los daños se pagan. En muchos países latinoamericanos, si un niño rompe algo en casa ajena, la mamá no descansa hasta que le piden disculpas al dueño y ofrecen reponerlo. En los hoteles debería ser igual. Como bien dijo uno de los comentarios más sensatos: “Inspeccioné la sala antes y después, aquí están las fotos del desastre. ¡A pagar toca!”
Y para los hoteleros que lean esto: no tengan miedo de decir “no” cuando vean que la cosa se está saliendo de control. Mejor prevenir que lamentar. Y si hay cámaras, ¡aprovechen! Así nadie puede decir “yo no fui”.
Conclusión: Entre la anécdota y la reflexión
La próxima vez que veas a un grupo deportivo llegando al hotel, tómalo como señal de prepararte para todo. Porque si algo hemos aprendido es que la combinación de niños con energía infinita y papás distraídos puede ser más peligrosa que una final de fútbol en el barrio.
Ahora cuéntame tú, ¿te ha tocado lidiar con grupos así de intensos? ¿Cuál ha sido tu peor experiencia en hoteles, ya sea como huésped o trabajador? ¡Déjalo en los comentarios y armemos el club de los sobrevivientes de grupos deportivos!
Nos leemos en la próxima, con otra historia que seguro hará que te lo pienses dos veces antes de organizar el viaje del equipo de tu hijo.
Publicación Original en Reddit: Sports groups (I hate them)