Cuando los ciclistas sí respetaron las leyes de tránsito… y el caos llegó a las calles
Imagina la escena: atardecer en una ciudad bulliciosa, cientos de ciclistas rodando en fila india, frenando religiosamente en cada señal de alto. No es película, ni un sueño surrealista. Sucedió en San Francisco, donde los ciclistas decidieron acatar al pie de la letra las normas de tránsito como protesta. Lo que parecía una lección de civismo, terminó siendo una bomba de tiempo: bocinazos, embotellamientos y choques de paciencia. ¿Quién diría que seguir las reglas podría ser tan… disruptivo?
Acompáñame en este viaje sobre ruedas, donde el respeto por la ley sacudió la ciudad y encendió un debate que seguro reconocerás si alguna vez has compartido la calle con ciclistas, automovilistas o peatones en cualquier ciudad de Latinoamérica.
El experimento: cuando los ciclistas "se portaron bien"
Todo comenzó por el llamado de un jefe de policía local que exigía mano dura contra los ciclistas que se pasaban las señales de alto "como si nada". Ante esto, cientos de ciclistas se organizaron y dijeron: “¿Así que quieren que paremos en todas las esquinas? ¡Va! Pero prepárense para ver lo que pasa”.
La protesta fue simple y contundente: en vez de ir en grupo, cada ciclista se detuvo uno por uno en cada alto, esperando su turno como si fueran coches. Resultado inmediato: un caos digno de lunes lluvioso en el Periférico. El tráfico se detuvo, los automovilistas tocaron la bocina como si no hubiera mañana y la paciencia se evaporó antes del primer semáforo.
Como dijo uno de los organizadores, Morgan Fitzgibbons, “Lo que piden —que todos los ciclistas paren en cada alto— en realidad no lo quieren. Eso destruiría el tráfico en cada colonia donde hay muchos ciclistas”. ¿Te suena familiar? En la CDMX, Bogotá o Buenos Aires, basta con que un ciclista se cruce para que el tráfico tiemble. Ahora imagina cientos haciendo fila para cruzar correctamente. ¡Un verdadero viacrucis!
Opiniones divididas: ¿Civismo o tontería?
La comunidad de internet no tardó en encenderse. Algunos aplaudieron la protesta por poner en evidencia el absurdo de ciertas normas cuando se aplican sin contexto. Como bien comentó un usuario, “Esto solo demuestra que cuando un grupo grande actúa de una forma que nadie espera, se arma el relajo. No es que todos los días haya doscientos ciclistas en una esquina”.
Otros, como quien lleva años manejando en las calles de Monterrey o Lima, dijeron que el verdadero problema es que ni ciclistas ni automovilistas respetan las reglas, pero a los ciclistas los ven como “automovilistas disfrazados de peatón”. Un comentario muy popular recalcó: “Solo quiero que todos sean predecibles, por favor. No sean amables, sean predecibles”. Porque sí, en Latinoamérica lo que más desespera es la falta de lógica: el coche que frena para ceder el paso cuando no debe, el ciclista que se atraviesa sin mirar, el peatón que cruza con el “no pase” en rojo. Al final, todos queremos llegar a casa en una sola pieza.
No faltó quien dijera que la verdadera solución está en adaptar las reglas. En Estados Unidos, por ejemplo, ya existe la “Idaho Stop”, que permite a los ciclistas pasar los altos si no viene nadie, como si fuera un “ceda el paso”. En varios estados la han adoptado porque, sorpresa, ¡es más seguro para todos! Aquí, sería como pedir que los ciclistas puedan “hacer la vista gorda” en los topes… pero con responsabilidad.
Datos duros y realidades incómodas
Entre la avalancha de opiniones, algunos pusieron los puntos sobre las íes: los coches matan a miles cada año, mientras que los ciclistas rara vez provocan tragedias similares. Un estudio citado por la comunidad recordaba: “Los automovilistas son mortales. Los ciclistas, no tanto. El desequilibrio del riesgo es demasiado grande para exigirles que se comporten igual en un sistema hecho para coches”.
¿Y en Latinoamérica? La cosa es similar o peor: ciudades diseñadas para coches, ciclovías simbólicas y una batalla diaria por el espacio. Los que pedalean lo hacen jugándose el pellejo y, aunque a veces desesperan, el peligro real sigue siendo el exceso de velocidad, la falta de respeto y la poca infraestructura.
Eso sí, muchos reclamaron que la protesta no era realista: “Eso pasa solo porque se juntaron cientos de ciclistas. Si fueran coches, el embotellamiento sería igual o peor”. Y otros no se guardaron nada: “Odio a los ciclistas que quieren todos los privilegios del coche y del peatón, pero ninguna de las responsabilidades”. Seguro más de uno en Puebla, Guadalajara o Medellín se sintió identificado.
¿Qué aprendimos de este “experimento”?
Al final, la lección no es que los ciclistas deban saltarse las reglas ni que los automovilistas sean siempre los villanos. La moraleja es más simple: todos en la vía pública —ya sea sobre dos ruedas, cuatro, o a pie— deberían ser predecibles y responsables. Como dijo otro usuario, “No seas amable, sé predecible; eso salva vidas”.
Quizá lo que más nos falta en nuestras ciudades es empatía y sentido común. En vez de pelearnos por quién tiene razón, podríamos exigir mejores reglas, infraestructura y, sobre todo, que todos —sin importar el medio de transporte— pensemos en los demás.
¿Y tú? ¿Eres de los que se desesperan cuando un ciclista se atraviesa, o de los que se avienta el alto “porque así es más rápido”? ¿Has vivido alguna situación parecida en tu ciudad? Cuéntanos tu experiencia en los comentarios. ¡Nos leemos en la próxima vuelta!
Publicación Original en Reddit: This Is What Happened When Bicyclists Obeyed Traffic Laws