Cuando las reglas absurdas se topan con el sentido común (y un poco de picardía corporativa)
¿Quién no ha tenido que lidiar con reglas absurdas en el trabajo? De esas que parecen escritas por el enemigo, no por el jefe. Pues hoy te traigo una historia digna de café y carcajada: la de un empleado que decidió cumplir al pie de la letra una política tan ridícula que, al final, la empresa tuvo que tragarse su orgullo y cambiarla.
Imagínate estar en plena tarde, con la presión de una tarea urgente, y darte cuenta que todo depende de un simple código... que sólo puede asignar un equipo en otro país, nueve horas adelante. ¿Te suena a comedia de enredos? Pues sigue leyendo, porque esto se pone mejor.
El origen de la locura: los códigos mágicos y la burocracia internacional
En muchas empresas de Latinoamérica, lidiamos con procesos diseñados para complicarnos la vida. Pero lo de esta compañía era de otro nivel. Resulta que, durante años, todos los documentos internos debían empezar con un código de cuatro dígitos, que únicamente un departamento específico podía asignar. Este equipo estaba en otro país y, obvio, en otro huso horario. Cuando ellos ya estaban soñando con la cena, acá recién arrancábamos la jornada fuerte. Si necesitabas un código fuera de su horario, ni modo: a esperar hasta el día siguiente.
¿Te imaginas la frustración? Y eso que, hasta ahí, la cosa era molesta pero manejable. El verdadero desastre vino cuando la empresa implementó un sistema nuevo: ahora, cada tarea debía registrarse de inmediato. Si no, el sistema la marcaba como incompleta y la cerraba automáticamente. O sea, sin código, no podías avanzar, ni dejar la tarea pendiente. ¡Un clásico de la “tramitología” que tanto nos gusta criticar en la sobremesa!
Un caso urgente, una política inflexible y una “obediencia maliciosa”
El protagonista de esta historia, a quien llamaremos Juan para latinoamericanizar el relato, recibió un encargo de emergencia a las 4 de la tarde: había que entregar un documento en menos de una hora. Sin tiempo que perder, Juan escribió al famoso “equipo de los códigos”. ¿La respuesta? Un mensaje automático: “Estamos fuera de línea, regrese mañana”.
Cualquier latino haría lo que siempre hacemos: improvisar un nombre temporal y arreglarlo después. Pero ahí viene el plot twist: dos meses antes, Juan había hecho exactamente eso y lo sancionaron. Así que, cuando su supervisor le sugirió “ponle el nombre y luego lo arreglas”, Juan, con la calma de quien ya conoce el juego, replicó: “Eso mismo me costó un llamado de atención. No voy a arriesgarme de nuevo”.
¿La solución? Seguir la política al pie de la letra. Juan marcó la tarea como bloqueada, esperando el dichoso código. El sistema, fiel a su absurda lógica, marcó la tarea como fallida al llegar la hora límite. Y como era un cliente VIP, el error llegó directo a la gerencia... ¡Se armó la de San Quintín!
Cuando el sentido común llega gracias al caos (y los comentarios del pueblo)
Al día siguiente, medio mundo estaba llamando al “equipo de los códigos”, reclamando por qué no respondieron. Ellos, con pruebas y todo, mostraron la solicitud de Juan y aclararon lo obvio: “No estábamos en horario laboral”. El círculo de culpas giraba tan rápido que, como decimos aquí, “levantaba polvo”.
Lo más sabroso vino después: sin fanfarrias ni disculpas, la empresa publicó una nueva regla en el manual. Si el equipo de códigos está fuera de línea, los empleados pueden crear un código temporal con un formato simplificado. No pidieron perdón, ni reconocieron el error. Pero la regla cambió. Y todo porque un empleado decidió no “ponerle ganas”, sino hacer exactamente lo que decía la política.
En los comentarios de la comunidad, muchos se sintieron identificados. Como dijo un usuario: “Es increíble cómo una regla es inamovible cuando sólo te hace perder tiempo, pero se vuelve flexible cuando avergüenza a alguien con más salario”. Otro, con el humor ácido que nos caracteriza, preguntó: “¿Y le quitaron la amonestación anterior al pobre Juan?” La mayoría coincidió: “¡Por supuesto que no! Aquí nadie admite errores, porque pedir disculpas es aceptar culpa. Y eso jamás.”
También hubo quien propuso soluciones simples, tan lógicas que parecen ciencia ficción: “¿Por qué no automatizan los códigos o usan sistemas modernos de gestión documental? Así no dependerían de un equipo en otro país para algo tan básico.” Pero ya sabemos que, a veces, en las empresas grandes, el sentido común es el menos común de los sentidos.
Reflexión final: Malicia criolla al servicio del cambio
Esta historia es un recordatorio de que, a veces, la mejor forma de arreglar lo absurdo es dejar que el absurdo haga su trabajo. Como decimos en México, “al que no escucha, el tiempo lo educa”. O como diría tu abuelita: “Si te dicen que te avientes de un puente, ¿te avientas?” Pues aquí, Juan se “aventó”... pero con la política en la mano, y terminó forzando el cambio que todos necesitaban.
¿Tú también has vivido reglas absurdas en tu chamba? ¿Has aplicado la “obediencia maliciosa” para que por fin te escuchen? Cuéntame tu experiencia en los comentarios. ¡Seguro que más de uno se sentirá identificado!
Comparte esta historia si alguna vez te tocó pelear contra la burocracia... y recuerda: a veces, el cambio llega cuando dejamos de ser héroes y nos volvemos expertos en seguir reglas absurdas, exactamente como están escritas.
Publicación Original en Reddit: For years my company had this ultra specific rule about file naming on our internal server.