Cuando las preferencias del huésped se topan con la realidad del hotel
¿Alguna vez has trabajado en atención al cliente? Si la respuesta es sí, seguro sabrás que hay dos tipos de personas: las que hay que sonsacarles las palabras con cuchara y las que, sin filtro, llegan con una lista interminable de exigencias como si estuvieran pidiendo deseos a la lámpara mágica. Hoy te traigo la crónica de uno de esos huéspedes “fabulosos”, al estilo chilango, que llegó a recepción con más expectativas que una telenovela de las nueve.
El huésped de los mil deseos
Imagina que estás en recepción, saludando con la mejor sonrisa y la clásica frase: “¡Buenas noches, bienvenidos! ¿En qué le puedo ayudar?” Cuando de repente aparece un señor –lo llamaremos Don Quisiera– que va directo al grano: ni “buenas noches”, ni “¿cómo está?”, nada. Lo suyo era la eficiencia… o la impaciencia.
—¿Está Pine aquí? —suelta de inmediato.
Pine, para quien no lo sepa, es el típico compañero al que le hacen ojitos los clientes porque una vez les consiguió una cobija extra o les recomendó el mejor lugar para comer tacos al pastor. Pero hoy, Pine no estaba y, honestamente, ni el recepcionista sabía si vendría al día siguiente, ni le correspondía andar ventilando la agenda del colega.
Pero Don Quisiera no venía solo a preguntar por Pine. Apenas le dijeron que no estaba, sacó la lista de mandados:
—Quiero un cuarto en piso alto, sin puerta comunicante, y si puede ser el 5353, mejor, porque la última vez ahí me fue re-bien.
Y aquí entre nos, todos los que hemos trabajado en hoteles sabemos que cuando un cliente empieza a mencionar el número de cuarto como si fuera su placa de taxi, es porque cree que le van a conceder todos los caprichos del mundo. Pero la realidad es otra, especialmente si llegas justo en hora pico y el hotel está más lleno que el Metro en hora punta.
Las preferencias versus la cruda realidad
Mientras el recepcionista buscaba un cuarto que cumpliera con el sueño de Don Quisiera (sin puertas conectadas, en piso alto, con vista “a algo”), solo encontró uno… en el segundo piso. Nada de alturas vertiginosas ni vistas de película. Cuando se lo comunicó, el rostro del señor se transformó: ojos como platos, boca abierta, puro drama de novela.
—¿Eso es todo? ¿No puede ser? ¿Y el check-in no era a las tres? —intentando torcer el brazo como buen mexicano buscando “una ayudadita”.
El recepcionista, curtido en estas batallas, le explicó que aunque el check-in es a las tres, no todos los cuartos mágicamente están listos a esa hora; no es como pedir tamales por WhatsApp. Y ante la insistencia de Don Quisiera sobre cuándo estarían listos otros cuartos, la respuesta fue igual de firme: “No tengo rastreadores en cada cuarto, lamentablemente”.
Pero ahí no terminó el show: Don Quisiera todavía preguntó por la “vista”. El hotel está junto a una autopista, así que la decisión era sencilla: ¿prefiere ver coches pasar o el estacionamiento? Como buen latino, el recepcionista lo dijo claro: “Aquí, o ves carros o ves llantas”.
Al final, Don Quisiera, después de mirar a su esposa con cara de “a ver cómo le explico”, aceptó el cuarto. Eso sí, no sin antes recibir la típica advertencia: “No se puede andar cambiando de cuarto como si fueran tacos de canasta”.
¿Por qué la obsesión con el piso alto (y otras manías)?
Aquí viene lo bueno: ¿Por qué tanto rollo con los pisos altos? Entre los comentarios de otros recepcionistas y huéspedes en la comunidad, hay teorías para todos los gustos. Un usuario bromeó: “Mientras más alto, menos chinches suben” (una de esas bromas que sólo entiendes si alguna vez te tocó un hotel dudoso). Otros decían que buscan pisos altos para evitar el ruido de la calle o de los vecinos de arriba, esos que caminan como si estuvieran en competencia de marcha olímpica o tienen niños brincando como si fueran piñatas.
Pero también hubo quien compartió historias más surrealistas: “Una vez me tocó que en la habitación contigua hicieron una filmación… de cine para adultos. Desde entonces, siempre pido que no haya puerta comunicante”. Y no falta el que, como buen chilango, prefiere estar lejos del elevador y del hielo, porque el ruido no perdona ni a los más dormilones.
Al final, como bien comentaba uno de los recepcionistas, pedir está bien, pero hay formas y, sobre todo, hay que entender que las preferencias no siempre se pueden cumplir, especialmente si llegas con la maleta llena de expectativas y cero paciencia.
¿Nos volvemos todos Don Quisiera alguna vez?
Reconozcámoslo: todos hemos sido Don Quisiera en algún momento de la vida. Tal vez no en un hotel, pero sí en la fila del banco, pidiendo la “ventanilla rápida”, o en la fonda, rogando por la mesa junto a la ventana aunque esté reservada. Pero hay una diferencia enorme entre pedir con amabilidad y exigir como si el mundo girara a nuestro antojo.
La próxima vez que viajes y llegues a un hotel, recuerda que el personal hace lo mejor que puede con lo que tiene. Y que, a veces, toca “hacerle al mexicano” y adaptarse, porque la vida no siempre es suite presidencial ni piso 20 con vista al mar… ¡pero igual se disfruta la aventura!
¿Te ha tocado un huésped así de exigente, o tú mismo has pedido algo que parecía imposible? Cuéntanos tu anécdota en los comentarios. ¡Aquí le entramos a las buenas historias y a las carcajadas!
Publicación Original en Reddit: Preferences, meet Circumstances