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Cuando las órdenes absurdas te pagan por pedalear: la historia del ciclista municipal

Ilustración 3D en caricatura de un ciclista disfrutando de una ruta escénica junto a un río, simbolizando la libertad del trabajo remoto.
Esta vibrante ilustración en 3D captura la alegría de andar en bicicleta a lo largo de un pintoresco río, reflejando a la perfección la libertad del trabajo remoto. ¡Disfruta la aventura de cambiar las horas de oficina por paseos escénicos!

¿Alguna vez te han dado una orden tan ilógica en el trabajo que solo te queda obedecer… pero al pie de la letra? Hoy les traigo una historia que parece sacada de un episodio de Los Simpson: un empleado público terminó cobrando por andar en bicicleta 100 kilómetros diarios, simplemente por seguir las reglas al pie de la letra. No es broma, en serio le pagaron por pedalear bajo el sol, mientras sus jefes aprendían (por las malas) que a veces, la terquedad institucional puede salir muy cara.

El trabajo ideal… hasta que llegaron los jefes nuevos

Nuestro protagonista, a quien llamaremos “Juan”, trabajaba para el ayuntamiento de su ciudad, haciendo labores técnicas en la zona de influencia de un río. Desde el principio, su contrato era claro: nada de camionetas de la empresa y nada de obligación de tener vehículo propio. Casi todo su trabajo era fuera de la oficina, solo iba de vez en cuando para asuntos administrativos. Y claro, el trayecto en bicicleta era tan bonito que hasta parecía terapia gratis.

Pero como suele pasar, un cambio en la administración trajo consigo la moda de “todos en la oficina porque así se trabaja mejor”. Seguro conoces a alguien que piensa que si no te ven sentado frente a una computadora a las 8:00 am, simplemente no trabajas. Así que, sin tomar en cuenta las particularidades del puesto, le ordenaron a Juan presentarse todos los días al edificio principal, aunque estuviera a 25 kilómetros de donde realmente hacía su chamba.

Juan, muy formal, pidió una reunión para explicar que su trabajo no requería estar en la oficina y que no tenía sentido sin un vehículo oficial. ¿La respuesta? Silencio administrativo y una política que decía: “todo el personal debe iniciar su turno en la base”.

Obediencia maliciosa: cuando seguir las reglas saca chispas

Aquí es donde la historia se pone buena, porque Juan decidió hacer exactamente lo que le pidieron. Todos los días, con el sol veraniego como compañero, se subía a su bici y pedaleaba 16 millas (unos 26 km) hasta la oficina. Llegaba, hacía el papeleo, y luego, otra vez a la bici para ir a los sitios donde realmente se necesitaba su trabajo.

Después de una, dos horas de trabajo efectivo, comía algo y luego… ¡de regreso a la oficina! Eso sí, el regreso en bici ya era pan comido, porque como buen latino, “el que persevera alcanza” y Juan se fue poniendo más fuerte que el café cargado de la abuela.

Algunos días probó el transporte público, pero entre transbordos y rutas eternas que pasaban por todos los pueblitos, tardaba más que en bicicleta. Como diría cualquier chilango atrapado en el tráfico: “mejor me voy en bici”.

Lo que la comunidad opina: de la risa al aprendizaje

Como era de esperarse, este relato encendió los comentarios en internet. Varios usuarios respondieron con humor y resignación, como quien dice “la burrocracia en su máxima expresión”. Uno comentó, “¡Clásico de los jefes que creen saber más y acaban haciendo el ridículo!”, mientras otro soltó una joyita: “Ojalá le hayan pagado viáticos por desgaste de llantas y frenos”.

Otros compartieron historias similares: “Una vez trabajé en una empresa de alimentos para mascotas y contrataban estudiantes para andar en bici olfateando los barrios… ellos felices, les pagaban por rodar bajo el sol”. Este tipo de anécdotas nos muestran que a veces las reglas rígidas solo hacen perder tiempo y dinero, pero también pueden regalarte un verano inolvidable.

Y no faltó quien, con sarcasmo latino, preguntó: “¿Cuántas llantas y cadenas te gastaste en una temporada pedalear 100 km diarios?” La respuesta fue menos dramática de lo esperado: “No muchas, el invierno es el que acaba con todo”.

Moraleja: el sentido común no siempre es común

Eventualmente, los jefes notaron que Juan apenas alcanzaba a cumplir con sus tareas. Lo citaron, le lanzaron acusaciones, pero él tenía todo documentado: había respetado el contrato y seguido las órdenes al pie de la letra. Al final, la administración se dio cuenta de su error y, de manera discreta, le permitieron considerar “su base” los sitios reales donde trabajaba. ¡Victoria para el sentido común!

Como dijo otro usuario en el foro: “Así se hace, aplausos para el que sabe cumplir las órdenes… pero con picardía”. ¿Quién no ha soñado alguna vez con que le paguen por pasear en bicicleta bajo el sol, mientras los jefes se revuelven en su propio laberinto de reglas absurdas?

¿Y tú, qué hubieras hecho?

La historia de Juan nos recuerda que, a veces, la mejor forma de enfrentar decisiones absurdas es cumplirlas exactamente como te las piden. Si encima te pagan por hacer ejercicio y disfrutar del verano, ¡mejor aún! Cuéntanos en los comentarios si alguna vez te tocó seguir una orden así de absurda o si has visto a alguien sacar provecho de las reglas mal diseñadas. ¿Crees que en tu oficina pasaría algo parecido?

¡Anímate a compartir tu experiencia! Porque como decimos en Latinoamérica: “Hecha la ley, hecha la trampa… o la pedaliza”.


Publicación Original en Reddit: Ok, I will cycle around all day instead of working