Cuando la venganza se sirve... ¡en bolsa de popó! La batalla de los malos dueños de perros en el condominio
¿Quién no ha tenido ese vecino que parece haber confundido la convivencia con el derecho absoluto de hacer lo que se le pega la gana? Ahora imagina eso… pero con perros. ¡Y popó! Porque sí, en muchas colonias y fraccionamientos de América Latina, la guerra silenciosa no es por la música alta ni los asados de los domingos, sino por la falta de respeto de algunos dueños de mascotas que creen que el césped de todos es el baño privado de su “firulais”.
Esta es la historia de un vecino harto, cansado de ver cómo la poca educación de algunos pone en jaque la paciencia de toda una comunidad. ¿El desenlace? Una venganza chiquita, pero sabrosa, que se volvió viral y generó una ola de comentarios tan ingeniosos como indignados. Si tienes perro, o vecinos con perro, esta historia te va a sonar demasiado familiar.
Dueños de perros: “El reglamento es solo un consejo… ¿verdad?”
En este condominio, las reglas para tener mascota son más suaves que un bolillo recién horneado: sacar al perro con correa y recoger sus necesidades, sobre todo si no usan el área designada para mascotas. Podría sonar lógico, ¿no? Pues, como dice el dicho, “el sentido común es el menos común de los sentidos”, y varios vecinos decidieron que esas reglas eran como un meme de WhatsApp: hay que ignorarlas.
El relato está lleno de ejemplos dignos de telenovela: perros sin correa mordiendo ancianitas (y claro, el dueño se va antes de que lo demanden), dueños que se quejan de que sus “angelitos” no tienen espacio para correr aunque viven en casas pegadas como latas de sardinas, y los clásicos que cruzan todo el fraccionamiento solo para que su perro haga popó en el jardín ajeno, pero nunca en el suyo. Como dijo uno de los comentaristas más populares: “El que no quiere recoger, que entrene a su perro para que haga en el baño… ¡o en su propio jardín, caray!”
La gota que derramó el vaso… (o la bolsa)
Pero la joya de la corona fue un nuevo vecino que decidió que supervisar a su perro era opcional. Lo dejaba suelto, sin correa, y el peludo corría como alma que lleva el diablo directo al patio del narrador para dejarle dos “regalitos” humeantes. Lo peor: el dueño lo veía todo desde la ventana… y ni se inmutaba. Después de varios avisos amables y hasta una nevada que cubrió el desastre, el narrador tuvo que sacar el lado mexicano/frustrado/latino que todos llevamos dentro: “Ya estuvo suave”.
Así que, ni tardo ni perezoso, con bolsa en mano, recogió los montones y se los aventó directo a la puerta trasera del vecino. “Si con flores no entienden, pues con popó sí”, habría dicho cualquier abuelita. Y por supuesto, la bolsa ahí sigue, porque el vecino, como muchos en nuestras colonias, tiene menos conciencia que un tronco.
La comunidad opina: consejos, venganza y hasta arte moderno
Lo más divertido de esta historia es la creatividad de los otros vecinos y comentaristas. Entre las sugerencias más populares, adaptadas a nuestro sabor latino, surgieron joyas como:
- “Olvídate de la bolsa, ¡aviéntalo con pala directo a la puerta!” (como quien le tira el agua de la cubeta al vecino que no respeta la banqueta).
- “Haz una montaña de popó en su patio, total, a ver si así aprende”.
- “Ponlo en una bolsa de papel, préndela fuego, toca el timbre y ¡a correr!” (Sí, como en las comedias gringas, pero con picardía chilanga).
- “¿Y si lo dejas en el parabrisas, o debajo de la manija del coche? Que se lleve el souvenir a donde vaya.”
- Una opción más tecnológica: “En algunos lugares ya analizan el ADN de la popó y multan al dueño… imagínate eso en la CDMX, el negocio del siglo”.
Hubo también quien aportó el lado serio: “No es culpa de los perros, sino de los humanos que no entienden que vivir en comunidad es respetar a los demás. Si no puedes cuidar a tu mascota, mejor compra un peluche”. Y por supuesto, no faltó el que, como buen latino, prefirió la diplomacia: “Sigue reportando, pero sin pasarte de lanza, porque luego la administración te puede echar la culpa a ti”.
¿Solución o venganza? El eterno dilema vecinal
Al final, esta historia es el reflejo de una problemática que conocemos bien en América Latina: la falta de empatía y el “a mí qué me importa”. El narrador no odia a los perros (al contrario, muchos le aplaudieron por ser responsable), pero sí exige el mínimo de respeto que todos merecen. Como bien concluyó: “Ser amable cuesta poco, pero si te pasas de listo, el karma llega… en forma de bolsa de popó”.
Y tú, ¿qué hubieras hecho? ¿Team venganza o Team paciencia? Cuéntanos tus historias de vecinos incómodos, porque al final, la convivencia la hacemos todos. Eso sí, la próxima vez que pises algo raro en el pasto, recuerda: puede ser la venganza de alguien más…
¿Tienes una anécdota parecida? Déjala en los comentarios, porque aquí todos hemos tenido un vecino que merece una “visita” especial.
Publicación Original en Reddit: Tired of bad dog owners in my neighborhood