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Cuando la venganza es tan fría como el parque al amanecer: una historia de perros, reglas y 'Karens

Hay mañanas en las que el aire fresco y el silencio de la ciudad invitan a romper un poco las reglas. Sobre todo si tienes un perro con alma de atleta y solo cinco minutos para darle libertad antes de que el mundo despierte. Pero, ¿qué pasa cuando esa pequeña rebeldía choca con la persona más estricta del barrio? Esta es la historia de cómo una simple caminata matutina se convirtió en una batalla de orgullo, hipocresía y, sobre todo, venganza chiquita pero sabrosa.

El primer round: Husky suelto vs. la guardiana del reglamento

Imagina el escenario: un parque urbano cercado, seis y media de la mañana, ni un alma en la calle. Nuestro protagonista (llamémosle Juan para ponerle un poco de sabor local) suelta a su husky para que corra como si no hubiera un mañana. En ese momento, aparece la vecina perfecta para estos relatos: la infame "Karen" (que en Latinoamérica podría ser la clásica doña que sale a regar el chisme y a vigilar que nadie se estacione frente a su cochera).

Desde el otro lado de la reja, la Karen le suelta: "Pues qué bonito, ¿no? A ti no te aplican las reglas". Y Juan, entre dormido y picado, le responde con todo el descaro: "Sí, la verdad que sí está bonito". Ahí quedó la cosa. Pero Juan, como muchos, después se quedó pensando en respuestas más filosas, de esas que uno solo se le ocurren después, cuando ya es tarde.

Curiosamente, en la colonia, muchos hacen lo mismo: si nadie ve, sueltan a los perros unos minutos y, si llega alguien que prefiere perros amarrados, pues se amarran las correas y no pasa nada. Pero claro, siempre hay alguien que quiere poner el orden por encima del sentido común.

Un año después: la hipocresía da la vuelta

El tiempo pasó y Karen siguió caminando por la zona, evitando a Juan como si tuviera lepra. Hasta que un día, como si el destino quisiera añadirle drama al asunto, se vuelven a encontrar. Esta vez, en otro parque y camino a la escuela cercana, justo cuando el reglamento dice: "Prohibido perros en la escuela de 7 a.m. a 7 p.m." Son las 7:09, Karen cruza hacia el estacionamiento con su perro y Juan no puede resistirse: "Prohibido perros en la escuela de 7 a.m. a 7 p.m. Qué bonito, ¿no? Las reglas no aplican para ti".

Karen, con una risa nerviosa (esa que todos conocemos, cuando te cachan pero no quieres aceptarlo), responde: "Ay, hace años que ya ni les importa eso". Juan remata: "No, lo que pasa es que solo te importan las reglas que te convienen. Así funciona la hipocresía". Otra risa incómoda y cada quien siguió su camino, pero Juan salió saboreando su pequeño triunfo.

¿Quién es peor: el que rompe la regla o el que la señala?

Lo interesante de esta historia es cómo la comunidad de internet reaccionó. Algunos, con el humor que nos caracteriza en Latinoamérica, dijeron: "Aquí la sartén le dice a la olla que está tiznada". Otros fueron más filosóficos: "Todos escogemos qué reglas seguir, pero luego no nos gusta que nos lo recuerden".

Un usuario comentó algo que muchos pensamos: "Es que hay gente que cree que solo sus perros son perfectos y que las reglas solo aplican para los demás". Otra persona contó una historia parecida, pero con una "Karen" tan metiche que hasta terminó con una visita de Parques y Jardines tras sus quejas.

Y claro, no faltó quien dijera: "En el fondo, todos somos un poco Karen cuando nos conviene". Porque seamos honestos, ¿quién no ha cruzado la calle por donde no debe o ha estacionado el coche en doble fila porque 'solo son cinco minutos'?

El trasfondo cultural: reglas, convivencia y doble moral

En muchos barrios de Latinoamérica, las reglas están para cumplirse… hasta cierto punto. Hay una especie de código no escrito: "Si no molestas a nadie, haz lo tuyo y ya". Pero también tenemos esa vecina (o vecino) que siente que debe ser la policía de la cuadra, repartiendo regaños y sintiéndose la autoridad moral del lugar.

Lo que aprendemos de esta historia es que todos, en algún momento, caemos en la doble moral. A veces nos indignamos por lo que hacen otros, pero justificamos nuestras propias faltas. Y aunque la venganza de Juan fue pequeña, puso el dedo en la llaga: nadie es perfecto y, si vas a señalar, asegúrate de no tener techo de vidrio.

Reflexión final: ¿vale la pena la venganza chiquita?

Al final, ¿qué nos deja esta historia? Quizás solo un momento de satisfacción personal, una pequeña victoria en la interminable guerra de la convivencia urbana. Pero también nos invita a pensar: tal vez es mejor aplicar el famoso dicho de barrio: "Ojos que no ven, corazón que no siente". O como dirían en el post original: "Si no dices nada, no pasa nada".

¿Y tú? ¿Eres de los que sueltan al perro en el parque o de los que cuidan que todos cumplan el reglamento? Cuéntanos tu anécdota en los comentarios y comparte este relato con ese amigo que siempre tiene la última palabra, aunque no siempre tenga la razón.


Publicación Original en Reddit: Rescold Served Cold