Cuando la recepcionista se creyó la reina… y se quedó sin dulces ni corona
En todas las oficinas hay personajes inolvidables: el que siempre llega tarde, la que nunca comparte el mate, el que pone cumbia a todo volumen… Pero ninguna oficina está completa sin esa persona que cree que el mundo gira a su alrededor. En esta historia, que parece sacada de una telenovela, conoceremos a Karen, la recepcionista que, creyéndose la reina del lugar, terminó probando el sabor amargo de la justicia. Prepárate para reír, indignarte y, sobre todo, antojarte de un chocolate.
La reina del escritorio: Karen y su reinado de terror (y dulces)
La historia comienza en una pequeña empresa, de esas que uno imagina con el aroma a café y el sonido de teclados viejitos. Ahí, nuestro protagonista era el encargado de Contabilidad y Nómina, supervisando a un par de personas, y reportando directamente al dueño. Todo marchaba más o menos bien… excepto por la temida Karen.
Karen tenía, como decimos en Latinoamérica, “aires de grandeza”. Como llevaba años trabajando con el dueño, se sentía con derecho a mandar, regañar y hasta mirar feo a quien se atreviera a llegar dos minutos tarde. Los que no estaban en su “lista de favoritos” sufrían doble: si necesitabas que mandara un paquete, agendar una cita o pedir insumos, prepárate para esperar… y esperar.
Pero lo más curioso era su relación con los dulces. El dueño, con ese gesto típico de jefe buena onda, traía cajas de barras de chocolate o granola del súper para compartir. Pero apenas llegaban, Karen corría como si regalaran boletos para Bad Bunny, agarraba una montaña de dulces y los escondía en su cajón. Nadie decía nada, pero todos lo notaban. Incluso Kevin, uno de los muchachos del taller, bromeaba: “Si Karen ya se enteró, olvídate, no queda ni una.”
El día que el dulce se volvió amargo
Todo seguía igual hasta que, un día, Karen cruzó una línea invisible: abrió correspondencia que no le correspondía, encontró una notificación fiscal y fue corriendo con el dueño para intentar dejar mal a nuestro protagonista. Menuda jugada. Pero como dice el dicho: “El que ríe al último, ríe mejor.”
Resulta que todo era un error burocrático del Estado – nada grave. Pero el incidente dejó una espinita clavada. Así que, cuando el dueño no encontraba clips y se puso a revisar el escritorio de Karen, nuestro protagonista no dudó en ayudar. Y ¡bam!, descubrieron el tesoro: más de 35 barras de chocolate escondidas en el cajón, cual botín de pirata moderno.
La reacción fue legendaria. El dueño, en silencio digno de novela, sacó todos los chocolates y los puso en su escritorio, juntitos, como prueba irrefutable del “crimen”. Cuando Karen regresó y vio su cajón vacío, primero se quedó helada, luego pálida, y finalmente fue llamada a la oficina del jefe.
Justicia divina y dulces compartidos: lo que opina la comunidad
En Reddit, la historia causó furor. Muchos lectores, como u/ITsunayoshiI, no podían creer que Karen no fuera despedida por abrir la correspondencia ajena (“Eso aquí sería motivo de despido inmediato”). Otros señalaban que cada oficina tiene su propio manual interno, y que en algunos lugares la recepcionista sí puede abrir cierto tipo de cartas, pero nunca las personales o las que ya están en el escritorio de otro.
Pero lo que más divirtió a todos fue la forma en que la venganza se sirvió: fría y envuelta en chocolate. Varios comentaron con humor “La venganza es dulce… y crujiente”, o “Nada más satisfactorio que ver a la acaparadora quedarse con las manos vacías”.
Uno de los toques más sabrosos fue cuando el dueño, para rematar, llevó todas las barras incautadas al taller y las repartió entre los chicos que, por lo general, eran los últimos en enterarse de los “beneficios de oficina”. Kevin, el personaje folclórico de la historia, llegó al día siguiente diciendo que ese Snickers fue el chocolate más dulce que había probado en su vida. ¿Quién no ha sentido ese gustito cuando la justicia se sirve en forma de postre?
Es interesante cómo esta anécdota sacó a relucir experiencias similares: desde el que llena el termo de café y no vuelve a hacerlo, hasta el que se lleva todos los alfajores de la mesa común. Como comentó alguien: “En cada empresa hay un Karen que se cree dueña de lo ajeno. Por suerte, de vez en cuando, la vida le da una cucharada de su propia medicina.”
Reflexión final: Compartir es vivir (y evitar el escarnio público)
Al final, Karen recibió un amonestación formal y la nueva regla quedó clarísima: cuando llegara una nueva caja de dulces, tendría que esperar un día para que todos pudieran tomar uno antes de que ella tocara siquiera un chocolate. Dicen que nunca más volvió a ser la misma, y que durante años, cada vez que llegaba un paquete de dulces, la pobre Karen ponía cara de perrito regañado.
Esta historia nos deja una lección muy latina: en la oficina, como en la vida, el que no comparte queda mal visto, y el abuso siempre termina saliendo a la luz. ¿Tienes alguna anécdota parecida? ¿Algún “acaparador de galletas” en tu trabajo? ¡Cuéntanos en los comentarios! Porque, al final, todos hemos trabajado con una Karen… o hemos sido testigos de la dulce venganza del break room.
¿Y tú? ¿A quién le darías el último chocolate de la caja?
Publicación Original en Reddit: Power-tripping receptionist gets no candy