Cuando la queja se sale de control: “¡Eso debió pasarle a tu madre!” en la recepción de un hotel
Trabajar en la recepción de un hotel es como estar en medio de una novela de Gabriel García Márquez: nunca sabes qué personaje va a aparecer ni qué historia surrealista te va a contar. Pero ni en mis sueños más locos me habría imaginado el episodio que viví cuando una señora, indignada, me gritó: “¡Eso debió pasarle a tu madre!” por un tema de… ¡baños públicos! Sí, así como lo lees. ¿Quieres saber cómo terminó este melodrama digno de telenovela? Acomódate, que aquí va el chisme completo.
El arte de quejarse (y de perder la compostura)
Eran esas horas tranquilas en las que la recepción del hotel se convierte en un remanso de paz. De pronto, una señora mayor, con cara de pocos amigos, se acercó con paso firme y voz de mando: “¡Acabo de tener un problema y te lo quiero contar!”. Como buen anfitrión, dejé lo que estaba haciendo y la atendí.
La señora relató, con aspavientos dignos de abuela regañona, que al usar uno de los baños públicos del hotel se sintió incómoda porque dos hombres —empleados nuestros— estaban “a centímetros de la entrada” y “platicando como si estuvieran en la sala de su casa”. Además, se indignó porque la puerta del baño estaba trabada para mantenerse abierta, algo que aquí es tan común como el pan dulce en el desayuno. Traté de explicarle que así se mantenían siempre, sobre todo para facilitar el acceso a personas con discapacidad, pero no hubo argumento que la calmara.
“¡No hay necesidad de eso! ¡Ni huele mal ni nada! ¡Es muy incómodo!”, exclamó, y remató, medio en broma y medio en serio: “Si quisiera un hombre cerca, mejor me meto al baño de caballeros. ¡Con lo cerca que estaban, hasta les pude haber hecho en el zapato!”. Te juro que tuve que contener la risa.
Entre baños públicos y dramas personales
Intenté empatizar, reconociendo que hay situaciones incómodas y que la privacidad es importante, sobre todo en espacios públicos. Pero la señora no buscaba consuelo ni soluciones reales: quería acción inmediata, como si yo fuera el gerente general y el arquitecto del hotel al mismo tiempo.
“¿No tienes supervisor? ¡Entonces claro que puedes hacer algo! ¡Pon mis sentimientos por escrito! Siempre hay una solución, solo falta que alguien quiera hacerla”, insistió. ¿Qué podía hacer? Le prometí transmitir su queja y le agradecí su sinceridad. Pero la señora seguía furiosa. Y cuando ya se iba, detiene el paso, me mira directo a los ojos y suelta la frase más inesperada y agresiva que he escuchado tras un reclamo: “¡Eso debió pasarle a tu madre!”. ¿Qué? ¿Mi mamá? ¿Ahora el baño abierto es culpa de mi pobre madre? Solo atiné a responderle con la voz más monótona y resignada: “Que tenga buen día, señora”.
En ese momento, me sentí como en una de esas telenovelas mexicanas cuando la villana lanza su última amenaza y sale dando portazo. ¿Quién necesita Netflix teniendo clientes así?
Opiniones del pueblo: ¿Quién está exagerando aquí?
No fui el único que pensó que la señora llevó su queja al extremo. En la comunidad de Reddit, las reacciones no se hicieron esperar. Un usuario comentó, en esencia: “Señora, si no quiere encontrarse a nadie afuera del baño, use el de su habitación”. ¡Plot twist! Resulta que ni siquiera era huésped, solo venía a un evento. O sea, ni pagó habitación y ya quería cambiar la logística de todo el hotel.
Otro internauta, con el humor que caracteriza a nuestra gente, sugirió que la mejor respuesta habría sido: “Mi mamá es más sensata que usted”. Y otro más propuso: “Para saber qué haría mi madre, tendríamos que hacerle una sesión espiritista”. ¡Es que la creatividad latina no tiene límites!
Algunos, desde la empatía, señalaron que tal vez la señora se sentía vulnerable o avergonzada, quizás por alguna situación personal en el baño (un clásico ataque de “vejiga tímida”, como decimos), y simplemente necesitaba ser escuchada. Pero también recordaron que, si algo no te gusta de un baño público, a veces solo hay que cerrar la puerta y ya. “Si me molesta la puerta abierta, la cierro. Punto. Después que venga quien la quiera abrir de nuevo”, contó una usuaria.
Entre derechos, realidades y el afán de quejarse
Aquí en Latinoamérica, todos hemos vivido alguna situación incómoda en baños públicos: desde el papel que nunca hay, hasta la fila eterna o el grifo que gotea. Pero también sabemos que un baño público es, bueno… público. Te puedes topar con quien sea, como en la vida misma. Como decía un comentario, “usar un baño público conlleva la posibilidad de cruzarte con otras personas, eso lo sabe cualquiera que tenga dos dedos de frente”.
Lo cierto es que la señora no buscaba tanto una solución como desahogarse y, de paso, hacerse sentir importante. A veces, como personal de atención al cliente, solo nos queda escuchar, respirar profundo y recordar que, al final del día, no somos psicólogos ni magos. Solo humanos con mucha paciencia y buenas anécdotas para contar.
Conclusión: ¿Y tú, qué harías?
Amigos lectores, la próxima vez que vayan a un baño público y algo no les guste, piénsenlo dos veces antes de desquitarse con el pobre recepcionista de turno. Y si un día reciben una queja de este calibre, respiren hondo, respondan con respeto y, si pueden, anoten la historia. ¡Siempre es buen material para la sobremesa o para compartir en redes!
¿Alguna vez les ha pasado una situación similar? ¿Cuál ha sido el reclamo más insólito que les han hecho en su trabajo? ¡Cuéntenme en los comentarios y armemos juntos el anecdotario más divertido de Latinoamérica!
Publicación Original en Reddit: 'It should've happened to your mother!'