Cuando la política corporativa de horas extra termina saboteando a la empresa (y a sus empleados)
¿Te imaginas estar en tu casa, a punto de sentarte a ver tu novela favorita o justo a punto de servirte una arepa calientita, cuando de repente suena el teléfono de la empresa? La llamada no es para preguntar si todo está bien, sino para ver si puedes cubrir un turno extra que ni ganas tienes de hacer. Ahora imagina que contestar —aunque digas que no puedes— ¡te juega en contra para las próximas oportunidades de ganar horas extra! Sí, aunque suene a chisme de oficina, esto pasa y mucho más seguido de lo que crees.
Esta es la historia de una política de horas extra que, en vez de motivar a los empleados, los llevó a aplicarse la de “si no veo el teléfono, no existe la llamada”. Y como en muchas empresas de Latinoamérica, la creatividad de los empleados para sobrevivir a las reglas absurdas no tiene límites.
El origen del enredo: “¡Contesta, pero mejor no contestes!”
En esta compañía (que podría ser cualquier banco, aseguradora o multinacional que todos conocemos), existe un sistema supuestamente justo para repartir las horas extra. La idea era que los empleados con menos “horas ofrecidas” fueran los primeros en recibir la llamada cuando hay un turno disponible, y así todos tuvieran chance de ganar un dinerito extra. Pero aquí viene la trampa: si contestas la llamada y dices que no puedes (porque, no sé, tu abuelita cumple años o tienes que ir al súper), igual te suman esas horas como si hubieras aceptado el turno. Así, la próxima vez, ya no eres la prioridad.
¿La solución latinoamericana? Pues fácil: nadie contesta. De repente, medio departamento dejó de responder el teléfono en emergencias. Como dijo un usuario en el foro, “es como cuando te haces el dormido para que no te pidan que barras la casa”. Y claro, la empresa, en lugar de preguntar directamente a los empleados qué pasa, decide armar comités, llamar consultores y hacer reuniones interminables para descubrir por qué “de pronto el infierno se congeló dos veces”.
El ingenio del trabajador latino: “Si la ley es tonta, la trampa es grande”
Aquí es donde la cultura del “malicia indígena” (o la picardía criolla, según el país) brilla. Al darse cuenta de que decir “no” los penalizaba, los trabajadores optaron por silenciar el teléfono, dejarlo en modo avión o simplemente ignorar la llamada. Así, no pierden su lugar en la lista para cuando realmente sí quieran (o necesiten) el turno extra.
Un comentario del foro lo explica con toda claridad: “Si no contestas, no se te marca como ofrecida la hora extra. Así que puedes seguir siendo el primero en la lista para cuando sí te convenga.” Es el clásico “no es no, pero si no escucho, no hay problema”. Otro usuario compara esto con la típica junta de condominio donde todos miran al techo para no ser elegidos como tesorero.
Y ojo, que esto no solo es cosa de flojera. Muchos quieren ganar horas extra, pero también quieren decidir cuándo. Como bien dijo otro forista: “A veces los que menos horas tienen son los que menos quieren; están tranquilos con su sueldo y su tiempo, y prefieren estar con la familia o descansando.”
Políticas absurdas y la desconexión de la realidad corporativa
Lo más curioso es cómo las empresas —no solo en Norteamérica, sino también en toda Latinoamérica— suelen crear políticas “geniales” en papel, pero que en la práctica no consideran la realidad humana. Como mencionó un usuario, los que diseñan estas reglas suelen pensar en números, no en personas. Así terminan con sistemas tan enredados que ni el propio gerente de recursos humanos los entiende.
¿Y qué hacen ante estos problemas? Lo de siempre: llaman a consultores, arman comités, hacen encuestas internas... y nadie le pregunta directamente a los empleados. Si acaso, terminan culpando a “la falta de compromiso” o a “la cultura organizacional”, sin ver que el sistema mismo incentiva a que la gente se desconecte. Es el mismo cuento de siempre: políticas que parecen hechas para que nadie gane.
¿Y si cambiamos el sistema?
Varios comentaristas propusieron soluciones bastante sensatas y muy aplicables a nuestras tierras. Por ejemplo, mandar un mensaje de WhatsApp grupal donde el primero que responde se lleva el turno. Pero claro, como dijo otro, eso sería injusto porque “el que está pegado al celular todo el día se lleva todo, mientras el que está jugando fútbol con el hijo nunca se entera”. La idea original era repartir las oportunidades de manera equitativa, pero la trampa de la “no respuesta” lo arruinó todo.
Otros foristas recordaron cómo en sus sindicatos, la oportunidad se reparte solo si realmente llega tu turno y no puedes esquivar la llamada. Si no respondes, igual te cuentan la oportunidad, y así nadie puede estar “jugando vivo” eternamente.
¿Moraleja? Donde hay reglas, hay mañas
Al final, lo que queda claro es que, sea en México, Colombia, Argentina o Perú, los empleados siempre encontrarán la forma de sortear las políticas tontas. Y las empresas, por más reuniones y PowerPoints que hagan, rara vez entienden que la clave está en escuchar a la gente, no en inventar reglas cada vez más complicadas.
Así que la próxima vez que tu jefe se queje de que “nadie quiere ayudar”, tal vez sea buen momento para mirar si la política de la empresa no está haciendo que todos prefieran “no escuchar el teléfono” antes que perder una oportunidad futura.
¿Te ha pasado algo similar en tu trabajo? ¿Qué otras mañas has visto para sobrevivir a las reglas absurdas de la oficina? ¡Cuéntanos tu historia en los comentarios y comparte este blog con ese compañero que siempre tiene el teléfono en modo “no molestar”!
Publicación Original en Reddit: Corporate overtime policy leads to less coverage