Cuando la experiencia pesa más que el heno (y casi te aplasta)
Hay trabajos que parecen sencillos hasta que te toca ensuciarte las manos… o la espalda. Y si alguna vez has ayudado a cargar pacas de heno bajo el sol, sabes que no es un paseo por el parque. Pero, ¿qué pasa cuando te topas con alguien que “sabe más que tú” solo porque lleva más años en la vida? Hoy te cuento una historia de terquedad, heno y un poco de justicia poética, rural y sudorosa.
El arte (y ciencia) de apilar heno… y las tías testarudas
En un rincón rural, donde el olor a pasto seco y el zumbido de las cigarras acompañan el trabajo duro, nuestro protagonista era encargado de una tienda de alimento para ganado, de esas que abastecen a los ranchitos y granjas familiares. Un día de esos en que el calor se pega a la piel (33°C, ni una nube y el sudor resbalando como si estuvieras bajo una regadera), recibió un pedido: 60 pacas de heno para la señora Janice, una clienta con carácter de “tía brava” que bien podría competir con la tía que todos tenemos y que siempre tiene la razón… aunque no la tenga.
Janice, ya en sus sesentas y con esa actitud de “yo llevo haciendo esto desde que tú ni gateabas”, insistió que el heno debía apilarse a su modo: todas las pacas alineadas igual, como si fueran ladrillos puestos sin entrelazar. Nuestro amigo, que no era ningún novato y ya tenía callos en las manos, prefería el método “entrelazado”, parecido al tejido de un petate o como cuando pones los ladrillos para que no se caiga la barda: una capa así |==| y la siguiente así =||=, para que las pacas se sostengan entre sí y no terminen en el piso (o peor, encima de alguien).
Pero Janice no quería escuchar razones. “¡Estás apilando mal! Nunca va a caber todo en el cobertizo”, le gritó mientras deshacía su trabajo, refunfuñando sobre “los jovencitos que creen saberlo todo”.
Justicia poética bajo el sol: cuando la terquedad pesa… y cae
Aquí es donde entra el famoso “cumplimiento malicioso”: hacer exactamente lo que te piden, aunque sepas que es una pésima idea. Nuestro protagonista, resignado, apiló el heno como Janice quería. Y como dice el dicho, “el que por su gusto muere, hasta la muerte le sabe”.
Cuando la última paca estaba por colocarse, Janice dijo: “esa la uso hoy en la noche”. Él se despidió, subió al camión y… de repente, desde el cobertizo se escuchó un “¡Ay, carajo!”. Y sí, ahí estaba la pobre Janice, sepultada bajo diez pacas caídas como si hubiera perdido en una partida de Jenga tamaño gigante.
Por suerte, nuestro héroe la desenterró rápido y, tras llamar a su jefe, recibió la frase que muchos hemos pensado al lidiar con gente terca: “Esa señora nunca aprenderá la lección…”.
Sabiduría popular y aprendizajes (a golpes)
Al volver a apilar el heno, ahora sí como Dios manda, Janice —adolorida y sobándose el hombro— admitió entre dientes: “Por lo menos uno de nosotros sabe lo que hace”. Hay que reconocerle el valor, porque como comentó un usuario: “¡Mis respetos para ella por admitir su error!”. No todos lo hacen; muchos prefieren justificar lo injustificable, como el típico “es que así me enseñó mi abuelo”.
Más de un comentarista recordó historias similares: desde cabreros en California que no vivieron para contarlo, hasta quienes aprendieron en la infancia que si no entrelazas, acabas recogiendo el heno del suelo… o peor, de encima tuyo. En el campo, la experiencia no solo se mide en años, sino en golpes (literalmente).
Otro usuario lo dijo con humor: “Por lo menos no te ‘baleaste’ y la dejaste enterrada ahí”. Y es que, aunque la situación tiene su lado chusco, no deja de ser peligrosa. El heno pesa, y diez pacas pueden dejarte más que un moretón en el ego.
También hubo quienes resaltaron que, a veces, la terquedad no tiene edad: “He visto gente lista hacer cosas tontas solo porque ‘así siempre se ha hecho’”. Y aunque Janice admitió su error, otros clientes, según el protagonista, han reincidido una y otra vez, culpando a los demás de su propia terquedad.
Lecciones del campo (y para la vida): Escucha antes de opinar
Esta historia rural nos deja varias moralejas que aplican tanto en el rancho como en la oficina o la familia. La primera: nunca subestimes la experiencia, pero tampoco creas que la antigüedad es garantía de tener la razón. Como decimos en México, “no por mucho madrugar amanece más temprano”.
La segunda: si alguien te explica el porqué de hacer las cosas diferente, por lo menos escucha. Puede que te evite un buen susto… o un buen costalazo. Y la tercera: el orgullo es pesado, pero nada pesa más que diez pacas de heno cayéndote encima.
Como bien resumió alguien en los comentarios: “En el campo, la física no perdona. Si apilas mal, tarde o temprano la gravedad cobrará la factura”.
¿Y tú? ¿Tienes alguna anécdota de esas en que la terquedad salió cara? ¿O alguna vez tuviste que hacerle caso a alguien “nomás para que vea lo que pasa”? Cuéntanos en los comentarios: aquí, como en el rancho, todos aprendemos de los golpes… y de las buenas carcajadas.
¿Quién dijo que el campo no tiene sus historias épicas? Si quieres más relatos de terquedad, trabajo duro y uno que otro “zas, en toda la boca”, síguenos y comparte con esa tía (o tío) que siempre cree saberlo todo.
¡Nos leemos en la próxima, banda!
Publicación Original en Reddit: You will stack the hay how I want it stacked!