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Cuando la “cara de pocos amigos” llega a la recepción: Crónica de un check-in inolvidable

Mujer con expresión confundida en un pasillo cinematográfico, reflejando un momento de 'cara loca en reposo'.
En esta impactante imagen cinematográfica, una mujer se encuentra en un pasillo, con una expresión que mezcla confusión e intriga. Este momento captura la esencia del fenómeno de 'cara loca en reposo', invitando a los espectadores a reflexionar sobre los pensamientos o emociones que pueden estar cruzando por su mente.

Todos los que hemos trabajado de cara al público sabemos que la recepción de un hotel es como la sala de emergencias de la paciencia: nunca sabes quién va a entrar ni con qué ánimo. Y aunque uno intenta poner su mejor sonrisa, hay días en que la vida te regala personajes dignos de una telenovela… o de una lucha libre. Hoy les traigo una historia que no solo me sacó canas verdes, sino que me dejó reflexionando sobre lo que es tener “cara de pocos amigos” y cómo sobrevivir cuando el check-in parece ring de box.

“¿En qué puedo ayudarle?”: Cuando ser amable sale caro

Todo empezó una tarde soleada, de esas en que hasta los pajaritos parecen saludar. Una pareja entra al hotel, camina de largo por la recepción y se asoma por el pasillo como buscando el tesoro perdido. La señora, honestamente, parecía una luchadora profesional: grandota, imponente, y unos ojos que parecían al borde de salirse de la órbita (no puedo asegurar si era efecto de alguna sustancia, pero la sospecha estaba en el aire).

Como buen recepcionista latino, me acerqué con mi tono más cordial:
—“¡Buenas tardes! ¿Les ayudo a ubicar algo o buscan a alguien?”

Y ahí fue cuando sentí el primer “golpe”. La señora se voltea con una cara de “¿cómo te atreves a preguntarme eso?” y una mirada de odio puro que, les juro, me bajó la presión. Es ese tipo de reacción que uno solo espera de la suegra cuando llegas tarde a la comida familiar. Entre dientes, y con un tono más frío que el aire acondicionado de la oficina, respondió casi sin palabras, pero dejando claro que estaba ahí para hacer check-in y que mi pregunta era poco menos que una ofensa personal.

Por dentro pensé: “¡Dios mío, señora, váyase a tomar un café y respire hondo, que la vida es bella!”. Pero, como buen profesional, seguí con el protocolo, sonriendo como si nada.

“Cara de resting… lo que sea”: El arte de sobrevivir al mal genio ajeno

La escena no terminó ahí. Después de mi discurso habitual sobre las amenidades del hotel (que si el desayuno, que si la alberca, que si no se aceptan piñatas en la habitación), le entrego las llaves con mi mejor cara de perrito abandonado y le suelto:
—“Disculpe si la ofendí preguntando si necesitaba ayuda cuando llegó. Solo quería asegurarme de que estuvieran bien.”

Y entonces, como si el guión de la novela cambiara de repente, la señora da marcha atrás: —“¡Ay no, para nada! Es que yo soy muy expresiva y todo se me nota en la cara.”

Por dentro pensé: “Pues sí, se le nota y bastante…”, pero solo atiné a contestar con un “Ajá…”, ese “ajá” que en Latinoamérica significa desde “sí, te entiendo” hasta “no te creo ni tantito”.

La sabiduría del público: Todos tenemos un mal día (o una mala cara)

Leyendo los comentarios de otros recepcionistas, me di cuenta que no soy el único que ha vivido este tipo de situaciones. Uno de ellos decía algo que me pareció muy cierto: a veces la gente trae broncas de otro lado, quizás una pelea con la pareja, un viaje pesado o simplemente un mal día, y su cara de ogro no tiene nada que ver contigo. Es como cuando llegas a casa después de un día en el tráfico de la Ciudad de México: si te preguntan cómo estás, probablemente tu cara diga todo… y no precisamente cosas bonitas.

Otro colega contó que una señora llegó y, sin decir “agua va”, aventó todas sus tarjetas sobre el mostrador como si estuviera jugando lotería. Cuando le preguntó si estaba molesta, solo respondió: “Es que fue un día largo manejando”. Al final, como bien decía otro comentario, mejor que desquiten su enojo con la mesa y no con uno, que bastante tenemos con sobrevivir al turno.

En Latinoamérica, estamos acostumbrados al trato cálido, al “¿qué se le ofrece, jefe?” o al “pásele, joven”. Pero también sabemos que no todos los días son de fiesta y que a veces, la única venganza posible es la sonrisa y la buena onda, aunque por dentro estés pensando en escribir una crónica como esta.

¿Y tú, también tienes “cara de resting crazy face”?

La moraleja de esta historia es simple: no juzgues al recepcionista ni al huésped por la cara que trae. Detrás de cada mal gesto puede haber una historia, un tráfico interminable, una discusión de pareja… o simplemente un mal día. Y si te toca alguien con “cara de pocos amigos”, respira profundo y recuérdale —con tu mejor tono latino— que aquí estamos para ayudar, aunque a veces parezca que estamos en el cuadrilátero.

¿Te ha pasado algo similar? ¿Cuál es tu anécdota más divertida o desesperante atendiendo clientes? Cuéntanos en los comentarios, porque si algo nos une en este lado del mundo, es saber reírnos hasta de lo peor… ¡y sobrevivir para contarlo!


Publicación Original en Reddit: Resting crazy face