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Cuando el miedo a los ratones sabotea la ciencia: la historia de Kevina la investigadora

Kevina, investigadora de cáncer, observa ratones de laboratorio en un entorno biológico cinematográfico.
En esta representación cinematográfica, Kevina, la investigadora de cáncer, estudia meticulosamente ratones criados especialmente, destacando la dedicación y complejidad de la investigación médica. Acompáñanos a explorar su trayectoria y el papel vital de las regulaciones en la investigación con animales.

En el mundo de la ciencia, uno pensaría que el sentido común va de la mano con la inteligencia. Pero a veces, la vida nos sorprende con personajes que parecen salidos de una telenovela de las nueve. Hoy les traigo la historia de Kevina, una estudiante de posgrado que decidió enfrentar su terror a los ratones… ¡trabajando en un laboratorio lleno de ellos! Sí, así como lo leen. Si alguna vez pensaste que solo en las oficinas o escuelas existen los “Kevins”, prepárate para conocer a una Kevina digna de estudio.

Un laboratorio de ciencia… y de paciencia

Todo comenzó hace un par de décadas, en un laboratorio de biología enfocado en la investigación del cáncer usando ratones especialmente criados. Para quienes no están familiarizados, trabajar con animales en la ciencia no es cosa fácil: hay regulaciones estrictas, permisos gubernamentales y muchísima capacitación. Tener acceso a estos animalitos es un privilegio que se gana con esfuerzo, no como quien va al mercado por un kilo de tortillas.

El jefe del laboratorio anunció que llegaría una nueva estudiante a colaborar en un proyecto con ratones. Como buen anfitrión, el técnico preparó todo: materiales, protocolos y hasta crió los ratones necesarios. Pero el primer encuentro con Kevina fue, digamos, peculiar. Mientras caminaban hacia el área de los ratones, ella soltó: “Espero estar lista. He meditado sobre esto”. Una frase más digna de un retiro espiritual que de un laboratorio, pero bueno, cada quien su rollo.

Sin embargo, al entrar a la sala de los ratones, la cosa se puso color de hormiga. Kevina empezó a sudar frío, apenas podía mirar las jaulas, y mucho menos tocar a los ratoncitos. El técnico intentó de todo: coaching, apoyo moral, hasta dejarla observar de lejitos. Pero cada vez que un ratón se movía, Kevina saltaba como si hubiera visto al mismísimo Chupacabras. En cuestión de minutos, ella ya estaba a varios metros de la mesa de trabajo. Finalmente, confesó: tenía una fobia brutal a los ratones, y pensó que podría “superarla” lanzándose de lleno al ruedo.

Cuando la inmersión forzada sale mal

Muchos en la comunidad científica y fuera de ella conocen la técnica de “terapia de exposición” para tratar miedos, pero como bien comentó un usuario del foro: “La clave es que la persona pueda controlar el proceso y retirarse si lo necesita. Meterse a un trabajo donde no puedes escapar de lo que temes, ¡es receta para el desastre!”. Y vaya desastre que fue.

No solo Kevina no pudo cumplir el proyecto original, sino que el resto del equipo tuvo que buscarle un nuevo tema de investigación (con todo lo que implica en papeleo y recursos). Además, los permisos y ratones ya adquiridos no se podían desperdiciar, así que el pobre técnico acabó con doble chamba. Como decimos en México, “el que por su gusto muere, hasta la muerte le sabe”. Pero aquí, el gusto fue de todos menos de Kevina.

Para rematar, su “falta de sentido común” se hizo evidente en otros momentos. Cuando sonó la alarma de incendio, en vez de salir corriendo como todos, Kevina preguntó con cara de borrego a medio morir: “¿Debemos salir?”. El técnico, con ganas de soltarle un “No, mejor nos quedamos aquí a ver si nos rostizamos”, tuvo que contenerse para que no lo tomara en serio.

El club de los científicos despistados

La historia de Kevina no es única. Varios usuarios compartieron anécdotas igual de insólitas. Uno contó cómo su hermana no entró a su cuarto por un año porque él tenía ratones para un proyecto escolar y ella le tenía pavor. Otro relató cómo su esposo gritaba cada vez que veía un ratón, pero no soportaba la idea de matarlos, y hasta terminaron en un juicio porque los vecinos los culparon de una plaga, ¡pero el juez los absolvió con el legendario argumento de “los ratones no vuelan”!

También surgieron historias de personas con títulos universitarios que, aunque muy “de libro”, no tienen ni pizca de sentido común. Desde médicas que no son capaces de relacionar síntomas básicos, hasta investigadoras que falsifican pruebas de embarazo para trabajar en laboratorios peligrosos, poniendo en riesgo a todos.

Todo esto nos hace pensar en el clásico refrán: “No por mucho estudiar, se piensa mejor”. En América Latina, todos conocemos al compañero o compañera que saca puro diez, pero fuera del salón… ¡no distingue el mole del pozole!

Reflexión: ¿Vocación o auto-sabotaje?

La historia de Kevina deja muchas lecciones. La principal: conocer tus límites antes de lanzarte a lo desconocido. No todos están hechos para lidiar con ratones, cucarachas o cualquier otra criatura de laboratorio. Y aunque la ciencia necesita valentía, también requiere honestidad y respeto por el trabajo de los demás.

Como bien dijo un usuario: “La exposición funciona, pero no cuando no tienes control y tu trabajo depende de ello”. O como decimos aquí: “Zapatero a tus zapatos”. Si tu miedo a los ratones es más grande que tus ganas de investigar, tal vez sea mejor buscar otro camino.

Y tú, ¿conoces a algún “Kevina” en tu trabajo, escuela o familia? ¿Has vivido situaciones donde el sentido común brilla por su ausencia? Cuéntanos tus anécdotas en los comentarios y hagamos catarsis juntos, porque al final, todos llevamos un pequeño Kevin o Kevina dentro… ¡pero que no se acerquen a los ratones!


Publicación Original en Reddit: Kevina the cancer researcher