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Cuando el miedo a los perros te cuesta: la venganza olfativa en el edificio

Ilustración estilo anime de un condominio alto con un perro esperando el ascensor, destacando los retos urbanos para mascotas.
En esta vibrante escena de anime, se refleja la lucha por esperar el ascensor en un condominio de 35 pisos, junto a los desafíos de ser dueño de un perro en la ciudad. ¿Cómo manejas el cuidado de tu mascota en un edificio alto?

Vivir en un edificio alto en la ciudad suena glamoroso… hasta que te toca compartir elevador en hora pico y tienes un vecino (o vecina) complicado. Ahora, imagina sumar a esa mezcla a un perro enfermo, un elevador eternamente demorado y una vecina con más odio que miedo a los perros. Así nació una de las venganzas más apestosas que he leído en internet… ¡y sí, involucra muchas bolsas de popó!

La vida en el piso 34: entre elevadores y paseos de emergencia

Para quienes han vivido en un edificio de muchas plantas, saben que el elevador puede convertirse en el ring de la WWE en hora pico. En este caso, nuestro protagonista vivía en el piso 34 de un condominio de 35 pisos, con solo tres elevadores y tiempos de espera de hasta 20 minutos a las 7 de la mañana o a las 5 de la tarde. O sea, como formarse en el banco en quincena, pero con más desesperación.

Ahora, súmale a la ecuación a Bubba, un labrador bien portado que necesitaba salir casi cada hora por un problemilla de salud. El dueño, aprovechando sus días libres, se dedicó por cuatro días a pasear y limpiar tras su lomito, mientras se enfrentaba al suplicio de los elevadores y a la impaciencia de otros vecinos.

Y ahí entra la antagonista: la vecina que no solo decía tenerle miedo a los perros, sino que además ¡los pateaba para sacarlos del elevador! Esa actitud hizo que muchos en la comunidad digital levantaran la ceja. Como comentó una usuaria: “Si realmente le tienes miedo a los perros, los evitas, no los pateas ni los agarras. Eso es buscar problemas”.

¿Fobia o simple odio? El debate de la comunidad

La historia sacudió a los internautas, que rápidamente se dividieron en dos bandos: los que empatizaban con el miedo a los perros y los que, al igual que muchos latinoamericanos, defendían a capa y espada a los “lomitos”.

Un comentario que destacó fue: “Yo también le tengo miedo a los perros desde que me mordió uno de niña, pero ni en mis peores días se me ocurriría acercarme a uno, mucho menos patearlo. Eso es buscar que te muerdan”. En Latinoamérica, donde los perros son parte de la familia (y hasta les celebramos cumpleaños), esa actitud de la vecina resultó incomprensible para la mayoría.

Otros, más directos, dijeron: “No es miedo, es odio puro. Y si sigue pateando perros, un día uno le va a enseñar lo que es el karma”.

Algunos pocos también criticaron al dueño de Bubba por tener un perro grande en un departamento tan alto, aunque otro usuario aclaró: “No importa el tamaño de la casa, sino cuánto ejercicio y cariño le das al perro. ¡En mi depa tuve dos huskies y eran felices!”

La venganza: bolsas de popó como mensaje contundente

Después de un encontronazo en el elevador —donde la vecina intentó agarrar a Bubba y el dueño le puso un alto—, la paciencia se agotó. Y aquí es donde la historia toma un giro digno de novela mexicana: el dueño decidió dejar varias bolsas de popó (bien selladas, eso sí) en la puerta de la vecina cada vez que paseaba a su perro. Al día siguiente, ya había acumulado ¡10 bolsas “calientitas” en su felpudo! Y para despistar a la administración del edificio, después cambió las bolsas blancas por negras.

¿Exagerado? Tal vez. ¿Satisfactorio? Según muchos del foro, sí. Una persona resumió el sentir popular: “Si pateas a un perro, mereces una cucharada de tu propia medicina. Al menos las bolsas estaban selladas”.

Claro, también hubo quien señaló que la venganza podría afectar a otros vecinos con el olor, y que lo mejor habría sido reportar a la vecina con la administración. Pero en un país donde a veces la justicia tarda o nunca llega, la justicia por mano propia (aunque sea con popó) tiene su encanto para muchos.

¿Quién fue peor? Reflexión y risas comunitarias

La historia generó risas, memes y hasta debates filosóficos. Algunos decían que ambos personajes eran terribles —uno por patear perros y el otro por llenar el pasillo de olor a caca—, mientras otros defendieron al dueño de Bubba por proteger a su fiel amigo de las agresiones.

Un usuario lo dijo así: “En la vida y en el elevador, quien patea perros se gana enemistades. Pero quien deja bolsas de popó en la puerta, se gana el respeto (y el miedo) de todo el edificio”.

Y tú, ¿qué hubieras hecho? ¿Te unes al escuadrón de la “justicia apestosa” o eres más de escribir una queja formal al administrador? En cualquier caso, la moraleja es clara: no subestimes la venganza de un dueño de perro… ni el poder del popó en bolsa.

Conclusión: De perros, vecinos y pequeñas venganzas

En Latinoamérica, donde el chisme y la solidaridad perruna son parte de la vida urbana, esta historia nos recuerda dos cosas: primero, nunca patees a un perro (¡ni a ninguna mascota!); y segundo, a veces, la venganza más pequeña es la que más huele.

Cuéntanos en los comentarios, ¿tienes alguna anécdota de vecinos intensos y mascotas? ¿Alguna vez te tocó recurrir a una “venganza chiquita pero matona”? ¡Nos leemos abajo!


Publicación Original en Reddit: Want to demand an elevator for yourself because you are afraid of dogs? Hope you like the smell of poo in a bag.